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Desde Dahla

Los olvidados

Jokin Bildarratz - Sábado, 9 de Julio de 2016 - Actualizado a las 06:09h

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Dahla no es solo el nombre del campamento en el que nos encontramos en tierras argelinas, de hecho, se le llamó así en homenaje a una ciudad del mismo nombre en el Sahara Occidental a la que los saharauis recuerdan desde un millar de kilómetros de distancia; al igual que ocurre con El Aaiun, Smara y Auserd, además de la quinta wilaya del campamento de Tinduf llamada 27 de Febrero (día en el que se proclamó la República Árabe Saharaui Democrática). Un desierto los separa en más de 40 horas de viaje, al igual que los obstáculos diplomáticos lo separan más de 40 años de lejanía. Nada más llegar, sin embargo, nuestros anfitriones se han preocupado por nuestro duro viaje de fin de semana en verano hasta Tinduf. ¿Qué vamos a pensar nosotros entonces de su duro y largo padecimiento?

Bajando de las escaleras del avión que nos trajo de Argel a Tinduf me venían a la cabeza las imágenes de Felipe González en estos mismos campamentos antes de ser presidente del Gobierno de España durante 14 años. ¡Catorce años! Entonces decía: “Sabemos que vuestra experiencia es la de haber recibido muchas promesas nunca cumplidas. No voy a prometeros algo sino a comprometerme con la historia. Nuestro partido estará con vosotros hasta la victoria final”.

Cuatro décadas más tarde el pueblo saharaui es el mayor de los olvidados, y Felipe González ya no dice lo que decía entonces. El Sahara es un vacío; es la consecuencia de una horrible política malamente gestionada por un gobierno franquista español. Antidemocrático y antediluviano, pero español. Es decir, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el conflicto del Sahara es una responsabilidad también española, y que cuando se habla de la modélica transición, el conflicto del Sahara, que es parte de ese ensalzado periodo, es un ejemplo más de que no fue lo ejemplar que se nos quiere hacer ver.

Bajo el liderazgo de Brahim Gali, una vez que sea elegido, tendrán que escribir la historia

Han pasado cuatro décadas y siguen siendo los grandes olvidados. Como escribía ayer: “Las palabras de la noche las borra el día”. Se aprobarán mociones en los ayuntamientos, se les enviará dinero, se llevarán adelante hermanamientos que únicamente sirven para acallar las malas conciencias de esos gobiernos que niegan la responsabilidad que existe en la situación actual del Sahara Occidental, pero su travesía en el desierto de los olvidados se perpetúa.

En el XV Congreso del Frente Polisario se ha destacado ese error del Gobierno español que, en su opinión, debe reparar. Una asamblea a la que asisten 2.343 congresistas y en cuyo caluroso ambiente reina la presencia del principal ausente. Mohamed Abdelaziz está enterrado pero su figura permanece a través de su mensaje. Todos han recordado su legado político, de unidad de la causa saharaui; de lucha contra la ignorancia, el extremismo y el terrorismo; de la creación de sus instituciones bajo su liderazgo. Tres de sus hijos han reconocido en el acto que en muchas ocasiones comunicaron a su padre que no querían que fuera presidente pero el pueblo le eligió. “Fue un hijo del pueblo, nos ha enseñado que no hay otro hijo que el pueblo saharaui”, han asumido.

43 años y 15 congresos después, es la primera vez que Abdelaziz falta a esta cita; su salud se lo ha impedido para siempre, aunque no pudo impedir que el pasado mes de marzo estuviera en la visita histórica del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon. “La Historia no escribirá que él no estuvo allí”, se han felicitado sus seguidores. Y precisamente ellos y ellas deberán ser quienes la escriban de hoy en adelante, bajo el liderazgo de Brahim Gali, primer secretario del Frente, una vez sea elegido. Actualmente, la causa saharaui está en las instituciones, pero la descolonización de Marruecos solo se conseguirá a través de referéndum.

El pueblo saharaui es gente que llega al corazón con facilidad. Lo he podido comprobar a través de la familia Dayah, con la que nos han alojado en una jaima. Allí, como en todos los hogares saharauis, siempre hay sitio para un té; una costumbre que supone todo un ritual. Lo hierven tres veces, porque con el primer hervor el té es muy amargo, y se desecha, pero se va endulzando en el proceso. Ellos dicen que el primer té es amargo cómo la vida; el segundo es dulce como el amor; y el tercero es suave como la muerte. El pueblo saharaui ya lleva demasiado tiempo de tragos amargos y es de justicia que pronto puedan disfrutar de la dulzura y la suavidad de su tierra; un lugar que varias generaciones no han conocido, otras lo añoran y demasiadas personas, como Mohamed Abdelaziz, no la volverán a ver.

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