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Borja Ventura Periodista y autor del libro ‘guztiak’

“Buscar un único relato dejaría tantas cosas al margen que no sería representativo”

‘Guztiak’ recoge 17 entrevistas sobre el final de ETA realizadas por el periodista valenciano Borja Ventura, que reconoce que es imposible contar “toda esta historia”

Jurdan Arretxe Gorka Estrada - Sábado, 14 de Noviembre de 2015 - Actualizado a las 06:12h

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donostia - Acompañado por el que fuera portavoz de Lokarri, Paul Ríos, Ventura presentó el lunes en la librería Garoa de Donostia su libro “coral” Guztiak, cita a la que asistieron varios entrevistados como Joseba Permach, Rafa Larreina e Iñaki Egaña, además del propio Ríos, y otros políticos, como el portavoz jeltzale en el Senado, Jokin Bildarratz.

¿Por qué escribir este libro?

-Una forma un poco tonta de responder sería: ¿por qué no? Soy de Valencia y recuerdo un bombazo que me tiró de la cama cuando tenía 4-5 años. ETA ha condicionado la vida política, social y mediática de todos durante mucho tiempo y como sociedad nos hemos concedido el derecho a celebrar algo objetivamente bueno, como es el final de la violencia de ETA. Se han pretendido silenciar muchas cosas antes y después del cese, y era necesario intentar hablar con gente de diferentes ámbitos más o menos representativa para intentar pulsar cómo están las cosas, porque de fuera parece que nada se mueve, pero cuando vienes, ves que hay cosas que sí.

Con esta temática, ¿costó conseguir el dinero necesario para editar el libro mediante ‘crowdfunding’?

-La editorial siempre trabaja así y cuando me lo propuso me pareció un ejercicio interesante, porque uno de los problemas es que muchos medios, cuando vas a contarles este tema, te dicen que la historia es curiosa pero que no interesa porque ETA ya no vende. Me parecía una forma interesante de medirlo.

¿Y?

-Que sí. La campaña, con los requisitos de apoyos más altos que la editorial ha tenido, salió de manera holgada. El feedback es de momento bueno, pero también es más fácil decirlo cuando te gusta. Sé que hay gente a la que no le está gustando, no por el trabajo, sino por la dureza de algunas cosas.

¿Qué ha sido lo más complicado a la hora de escribir el libro?

-Siempre suele ser acceder a la gente a la que quieres. Para cada hay muchos noes. Antaño era más por miedo a significarse, como las víctimas, o por desconocimiento, como podía pasar con la izquierda abertzale ante un periodista que viene de Madrid. Hoy es más por hastío.

¿Están todos los que quería que estuvieran?

-No, claro que no. Hay gente que me ha faltado, pienso en ámbitos como el mundo judicial, el policial y el oficial. Gente del PNV, por ejemplo, no fueron muy fáciles: no es lo mismo cuando gobiernas que cuando no. Suele pasar. Estoy satisfecho, porque el libro es honesto en el planteamiento. Ahora, es imposible contar toda esta historia con 17 voces. Hay mucho matiz en medio.

¿Cómo se le ocurre que Edurne Brouard le haga una pregunta a Borja Sémper o Eduardo Madina a Joseba Permach?

-Al ser entrevistas de gente distinta e incluso separada, me daba miedo que todo quedara deslavazado. Se me ocurrió esta idea como forma de relacionarles y evidenciar si era posible el diálogo aunque fuera por carta postal entre gente diversa. Fue el azar en muchos casos quién preguntaba a quién. Hubo cruces llamativos como que un exmiembro de ETA envíe una pregunta a Eduardo Madina, este a Joseba Permach... Fue bastante mejor de lo que hubiese esperado, participaron 16 de los 17. Hay preguntas comprometidas, con respuesta a veces inocuas y otras veces, muy, muy duras.

¿Puede haber diálogo?

-Hay más posibilidad y más tolerancia al otro, más posibilidades que hace unos años. También hay barreras insalvables. El cruce entre Borja Sémper y Galder González es terriblemente duro. Borja le pregunta por qué si la violencia no tiene justificación ahora, la tenía hace cuatro años, y Galder le contesta que cualquier cosa tiene justificación política. Habla en términos generales, no que él lo diga, sino que es muy fácil jutificar políticamente hasta el Holocausto. Hay preguntas y respuestas a veces complicadas, que evidencian que hay vía de comunicación, un mínimo, pero no por el hecho de que haya esa vía hay entendimiento. Hay muchos muros.

¿Qué es lo que más le ha sorprendido al hacer el libro?

-Tengo cierta sensación, entendiendo que lo 17 no son 100% representantivos, de que hay cierta capacidad de aceptar la existencia del diferente. Cada vez que venía a Euskadi a este tipo de trabajos, los otros eran otros totalmente alejados. Ahora hay una visión de sociedad, aun con gente que piensa abiertamente distinto a mí.

¿Con qué relato o frase se queda?

-Es complicado... Me quedo con dos, de la primera y última entrevista. Txema Urkijo enumera situaciones que se han vivido en Euskadi y dice que los derechos humanos no se pueden mirar con ojos de pirata, a unas vulneraciones sí y no a otras, algo que se ha hecho. Y otra de Paul Ríos, cuando dice que quien busque un relato único se va a dar contra un muro. No hay un relato, sino tres millones, tantos como personas. Es verdad y creo que no es malo. Buscar un único relato dejaría tantas cosas al margen que no sería representativo.

¿Qué ha sido lo más duro?

-Soy valenciano y vivo en Madrid, llevo mucho tiempo en contacto con estos temas y, más que por mi ideología, por oírlo en Madrid me puede resultar más familiar escuchar un discurso del PP o del PSOE que de la izquierda abertzale. Hablo de lo hecho que tengo el oído. Duro ha sido ir a una entrevista a por una cosa y encontrarme otra totalmente diferente. Cuando percibes cierto discurso de conciliación y de repente suena una nota muy aguda, dices, “buf, esto todavía aquí...”.

Tras las forales de 2011 hizo un reportaje en localidades vascas. ¿Qué percibió y qué percibe ahora?

-En general había y hay mucha más normalidad de lo que los medios y los políticos muchas veces representamos. Hay una primera capa de discurso hecho, pero rascas y... Hace cuatro años estuve en Elorrio. Eran fiestas y pasé tres veces por la puerta de un local. Dudé si entrar no por miedo sino por lo violento de la situación. Había tres adolescentes. Su estética y discurso eran muy duros, pero si te tomabas la molestia de estar hablando con ellos hora y pico, decían cosas muy coherentes.

¿Por ejemplo?

-No entendían por qué un tío de fuera del pueblo iba a impedir que la farmacéutica fuera alcaldesa por ser de Bildu. Pocas veces se hace el ejercicio de acercarse a la gente normal a hablar. Esta vez he entrevistado a una chica que es gallega pero vive en Bilbao. Llegó dos días después de que mataran a Miguel Ángel Blanco y recuerda cómo le decía con horror a su madre cómo irían a ese sitio a vivir. Ahora se define como una vizcaina más. Cuando sales de las fuentes institucionales y te acercas a las personas, hay un discurso mucho más normalizado y tranquilo de lo que solemos contar los medios, que muchas veces nos interesa más el conflicto.

En lo mediático, salvo algún chispazo como el ‘caso Quiroga’, en Madrid se habla de Euskadi cada vez menos.

-De la misma forma que la sociedad se acostumbra a vivir con la violencia, se ha acostumbrado brutalmente rápido a vivir sin ella. Hay cierta sensación de que todo esto es algo viejísimo. Bien porque la presencia constante en los medios hastió, bien porque hay otros dramas cotidianos como la crisis y derivados. Aun así, de repente hay sorpresas.

¿A qué se refiere?

-El sábado pasado estuve en Valencia, que es una ciudad particularmente difícil para esto, y se representó la obra La mirada del otro, sobre encuentros entre presos y víctimas. Había 350-400 personas viéndola el sábado a la noche, y luego tuvimos un coloquio de otra hora y media con Maixabel Lasa, Txema Urkijo... De repente te encuentras con pequeñas sorpresas.

¿Qué reto cree que queda?

-La normalidad, que no la normalización como proceso. Una vez terminada la violencia de ETA, durante estos cuatro años -y vosotros lo habréis vivido mejor- hay una progresión hacia la normalidad, a hablar de todo sin bajar la voz, poder hablar con cualquiera sea la que sea su ideología sin temer por ello. El principal reto es asentar lo conseguido, recuperar el lazo social y que las polémicas se diriman como se dirimen, desde tertulias televisivas a las urnas. Si se consigue eso, todo lo demás es una cuestión de juego político.

¿Por ejemplo?

-¿Que quieres una declaración de independencia? Pues suma la mayoría suficiente, y salvando los obvios peros de que la legalidad no recoge fórmulas realistas para embarcar un proceso de independencia, puedes empezar a hacer presiones en ese sentido. Que desde el lado contrario no se perciba la anomalía de que PP y PSOE pacten para quitar al PNV con la izquierda abertzale ilegalizada. Que no se perciban estas rarezas será la grasa que hará que todo lo demás funcione porque queda circunscrito al debate político normal. Cuando en la sociedad no existe ese recelo por la vida de cada uno, todo se normaliza. En cuatro años lo ha hecho mucho, mucho. Es el reto, porque a partir de ahí viene todo lo demás.

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