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por alonso escalada - Sábado, 9 de Marzo de 2013 - Actualizado a las 05:22h
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Autor de un panfleto o de un manifiesto del siglo XXI, según se piense, titulado Indignaos!, de apenas 32 páginas pero que ha dado la vuelta al mundo y ha tenido la fuerza o la virtud de provocar numerosos actos o concentraciones de protesta en el mundo como el movimiento español 15-M o los motines griegos y hasta las manifestaciones frente a Wall Street, este joven nonagenario ha seguido y tal vez superado los intentos de cambiar el mundo de parte de aquellos dos revolucionarios famosos, Marx y Engels, con su manifiesto comunista allá en el lejano 1848.
¿Quién era Stephane Hessel? ¿Un loco a sus 90 años? ¿Un ángel o un demonio? Ni una cosa ni otra. Ha sido y seguirá siendo un paradigma de las rebeldías con causa, "un referente moral que inspiró el último gran movimiento de descontento social en Europa". La biografía de este viejo rebelde está marcada por sus condenas a los campos de concentración de Buchenwald y de Berger-Belsen, de donde escapó antes de entrar en aquel infierno tirándose del tren. Su padre, el escritor Franz Hessel y su madre, la pintora sin vocación Helen Grund, vivieron un trío amoroso con el escritor francés Henri-Pierre Roché, y esa convivencia provocaría una de las películas más afortunadas del cine francés Jules et Jim, dirigida por Françoise Truffaut. Roché contó la historia real de esta novela y Truffaut le dio un giro al terminar la película con un suicidio homicidio, aunque en la vida el trío acabó en una simple separación.
El hijo, Stephane Hessel, sería un personaje destacado en los años de la Resistencia francesa, a las órdenes del general De Gaulle, un activista decidido, lleno de fervor patrio y de rechazo al nazismo. Había nacido no para una vida normal, de bon vivant, sino para estar inquieto e inquietar a otros muchos. Si había conocido y crecido en su juventud al lado de "los dos seres que más amaba en el mundo", decidió que lo mejor que podía hacer era ser "el preferido de cada uno de los tres". Y salió de aquel hogar de dicha y de amor para convertirse en un evangelista de los indignados y maltratados del mundo.
Antes de conmocionar al mundo con su panfleto Indignaos, coordinó la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se hizo ciudadano francés ya que había nacido en Alemania, y se convirtió en un activista precoz siguiendo los cursos de Maurice Merleau Ponti y leyendo a Sartre. Hessel, por aquellos años de la Resistencia y de la posguerra, era un joven brillante, que hablaba con fluidez alemán, inglés y francés y que formaba con su mujer, Vitia, "una pareja encantadora, muy integrada en la vida social de la Francia libre de Londres, llena de esperanza y de coraje", según contaba su amigo Jean-Louis Cremieux-Brilhac.
Pero, ¿cuál ha sido su timbre de gloria? ¿O su marca más reconocida? Sin duda alguna, el panfleto que escribió a los 92 años y cuyo título era más un empujón a la rebeldía que a la contemplación o la reflexión, Indignaos, hoy considerado el otro manifiesto, después del de Marx y Engels, pero extendido con mayor rapidez y actuando como la fuerza de un átomo en el mundo actual, el de los recortes y la crisis, el de los descontentos y de los desahuciados.
Un escritor, Vicente Verdú, opina de este texto de 32 páginas que "la gran diferencia con el manifiesto de Marx y Engels es, sin duda, que tanto Marx como Engels, sus autores, no habían cumplido aún 30 años, 60 menos que Hessel y que, no por casualidad, mientras las palabras de este se proponen la destrucción de lo existente sin una clara alternativa futura, el Manifiesto, más romántico, expone un programa para el porvenir tras haber aniquilado la maldición capitalista".
¿Hasta dónde va a llegar o va a hacer cambiar el mundo de las desigualdades, el de los atropellados por los neoliberalismos sin entrañas, el de los poderosos de siempre que miran con desprecio hacia los de abajo, este grito del viejo joven Hessel, grito casi universal, y que no da síntomas de detenerse o de apagarse a pesar de la sucesión de escándalos y de corrupción? Este alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica tendrá la gloria o la satisfacción de haber cambiado un mundo tan injusto. ¿Se podría parangonar este texto tan breve y tan perturbador a un evangelio de la santa indignación? ¿O todo este griterío y estas reclamaciones callejeras de otros indignados con aquellas pancartas Democracia real, ya y No nos representáis volverán a las páginas de El Gatopardo y a la irónica sentencia del conde Salina: "¿Es preciso que todo cambie para que todo siga igual"? No lo sé, pero la ciudadanía sigue, como el mundo, moviéndose.
Gracias por su comentario
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