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por gabriel mª otalora - Miércoles, 6 de Marzo de 2013 - Actualizado a las 05:22h
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cUANDO alguien afirma que el debate "izquierda-derecha" está superado, son muchas las voces que se levantan afirmando que eso es precisamente lo que quiere la derecha: que se eliminen los perfiles diferenciadores para que ganen los de siempre a costa de debilitar a los movimientos que defienden los derechos de los más necesitados. Yo creo que son verdad ambas cosas: el afán por anular cualquier movimiento legal que haga sombra a la codicia que devasta los derechos laborales más elementales; y lo anacrónico que resulta la dicotomía "izquierda-derecha" en pleno siglo XXI.
Resumiendo muchísimo, el antecedente lejano lo tenemos en las diferentes utopías que surgieron de plumas renacentistas tan preclaras como Campanella, Bacon o Moro, por nombrar a las más conocidas. El más directo, la Revolución Francesa y las bancadas a la izquierda (burgueses, artesanos e intelectuales) y a la derecha (terratenientes y nobles) del Primer Ministro, aunque entonces faltaban los obreros y el estamento más numeroso: el campesinado. Y el antecedente más cercano, la Revolución rusa que incorporó un nuevo dogmatismo plagado de ramas ideológicas totalitarias, a partir de los excesos ocurridos en la Revolución industrial y las consiguientes teorías de Marx aplicadas contra la terrible política de los zares. En la actualidad, bajo el paraguas de la izquierda, se arropa desde la llamada izquierda democrática a movimientos como el feminismo. Y por otra, la izquierda clásica heredera del comunismo, que no cejan en su intento de arrogarse la capitalización de la izquierda. Sin olvidarnos de China, que aglutina lo peor de ambos sistemas, al mantener la estructura maoísta en el poder al tiempo que da vía libre al capitalismo más agresivo y salvaje.
Casi nadie dice que es de derechas, pero no hay tantos reparos en apuntarse al paraguas de la izquierda, seguramente porque a los comprometidos ahora les acompañan quienes no tienen un compromiso ideológico concreto, e incluso me atrevería a decir que casi ningún compromiso; en cambio, es cómodo navegar en la ola de críticas al sistema capitalista cuando este aprieta, sin necesidad de cuestionar la raíz de su esencia: materialismo, deshumanización, codicia, ausencia de valores, consumismo... Por ejemplo, todavía es posible afirmar que se es de izquierdas siendo socialdemócrata, y esgrimir el término de "progresismo" que nadie sabe lo que ahora quiere expresar, excepto Rosa Díez, mientras se aceptan mansamente los postulados básicos del modelo de mercado desde el cual el capital financiero y especulativo marca las directrices del mundo. Anthony Giddens, como ideólogo de aquella socialdemocracia que apuntaba a una esperanzadora tercera vía, ha naufragado en la práctica.
Es preciso reinventar la realidad cuestionando los viejos esquemas ante esta crisis poliédrica que vivimos
El consumismo ha logrado desmontar todas las barreras mientras la izquierda sigue rígida en sus señas de identidad
La otra izquierda es la de algunos partidos herederos del marxismo leninismo y del maoísmo. También los tenemos cerca. Ellos mantienen el discurso de la lucha de clases y la apuesta por la "clase trabajadora" en la que caben todos excepto los capitalistas: ¿También los asalariados que tienen acciones?, ¿y si son jubilados los que las tienen? ¿Y quienes trabajan a sueldo en las corporaciones bancarias? ¿Dónde encasillamos a los autónomos? ¿Cuál es la frontera de dicha clase trabajadora? Parece imprescindible repensar las clases sociales incluso como concepto. En lo sindical, vemos como la representación reducida de su militancia no se corresponde con "el amplio colectivo de masas" al que se ofrecen ni con las necesidades de las víctimas de esta crisis inmisericorde e injusta; muchos de ellos no ven el actual modelo sindical con la misma óptica de los sindicalistas. Sin duda que una de las razones es que la defensa de derechos se realiza con criterios y esquemas socio-políticos del siglo XX. Otra de las razones es la inveterada división de la izquierda a pesar de su bandera unitaria, sin olvidarnos del emperramiento por no desmarcarse de las ideologías totalitarias de principios del siglo XX.
La derecha, en cambio, hace tiempo que se ha reinventado y ha logrado desdibujar los linderos de las clases sociales atrayendo al modelo neoliberal a muchas personas que deberían estar en contra de sus políticas, pero es que el consumismo ha logrado desmontar todas las barreras mientras que la izquierda se mantiene rígida en sus señas de identidad. Hace tiempo que no es políticamente correcto que alguien diga que es de derechas. El mérito de esto es de la propia derecha, que ha sabido atraer a muchas personas de claro perfil de izquierdas. Ahora, los intereses están mezclados y el interclasismo es una realidad. Lo dijo con lucidez Francisco Umbral: "Ya no hay nadie de derechas ni de izquierdas. Ahora somos todos de El Corte Inglés".
Creo que el camino correcto lo está marcando esa gran cantidad de movimientos heterodoxos, como el pacifismo, el ecologismo, además de los herederos de la teología de la liberación y otros movimientos cristianos, los indignados de Hessel, etc., que no se mueven necesariamente por el binomio izquierda-derecha aunque tengan un nexo en común: luchar desde la indignación pacífica y solidaria en contra de la injusticia estructural de un capitalismo financiero que lo está arrasando todo en su decadencia poniendo en peligro no solo los derechos laborales y sociales, sino la dignidad misma de la persona humana y hasta la supervivencia del planeta. La izquierda política actual no tiene la capacidad de renovar sola la sociedad y sus políticas para ajustarlas a lo que los ciudadanos requieren en la redistribución de la riqueza y en la protección social.
Es preciso reinventar la realidad cuestionando los viejos esquemas ante esta crisis poliédrica en la que nos encontramos si queremos conseguir una vida más justa y solidaria. Ya no es suficiente el concepto izquierda-derecha; ni siquiera el de demócratas y autoritarios si no impera la ética frente a quienes están arrinconando a la humanidad entera, ya que un modelo trasnochado no hace mella en el objetivo de mantener las estructuras injustas que tanta rentabilidad produce.
Gracias por su comentario
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