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Tribuna Abierta:

Modelos opuestos de solidaridad

por iosu perales - Lunes, 14 de Enero de 2013 - Actualizado a las 05:22h

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EL ataque al estado del bienestar supone el adelgazamiento de las políticas sociales y su sustitución por el ejercicio de la caridad por personas e instituciones privadas. Es lo más próximo a la ética protestante y el espíritu del capitalismo. De triunfar este enfoque regresaríamos a la práctica de las mesas petitorias presididas por damas con visón, a las monjitas de la gota de leche y, en general, a una sociedad de medio siglo atrás con grandes bolsas de pobres asistidas por organizaciones paternalistas. No hay más que ver los cantos de satisfacción de la derecha tertuliana hacia gestos de solidaridad compasiva de magníficos ciudadanos anónimos que dan asistencia a familias en situación extrema. El regreso de una solidaridad trasnochada, anclada en sentimientos que sin cuestionar las causas de la marginación social se limita a dar de comer el hambriento, es lo más parecido a una sociedad profundamente clasista que se niega reconocer todos los derechos para todas las personas.

Frente a este planteamiento propio de la derecha española creo que hemos de enfocar la solidaridad en una dirección opuesta: como complementaria a la justicia. Esta última, por cierto, es el valor central de la ética y plantea la igualdad de derechos y oportunidades entre los seres humanos. La realización de la justicia está íntimamente vinculada a lo público, es una virtud política. Para llevarla a cabo hace falta un soporte institucional adecuado, políticas de gobierno de marcado carácter social y una fuerte vigilancia ciudadana. Así, los poderes públicos han de velar porque el interés general no sea lesionado por los intereses particulares.

La justicia requiere de cambios estructurales y poderes democráticos. La democracia también debe modificar la economía. De tal modo la solidaridad ha de formar parte de una aspiración, de un horizonte político presido por la justicia; es nada más y nada menos que una compañera imprescindible de esta última. En coherencia con una concepción de la solidaridad que se apoya en el modelo causal (hay que actuar sobre las causas) no podemos limitarnos a la asistencia social, a la compasión siempre necesaria como valor humanista, sino que hemos ser actores vivos y activos en el cambio de un modelo social que genera injusticias. No es para nada apropiado el enfoque de ONG que únicamente actúan para paliar los graves daños que produce el modelo económico dominante a escala mundial; en realidad, al hacerlo así, juegan un papel consciente y subordinado de defensa de dicho modelo.

¿Qué es lo que está en juego? Algo esencial que representa el pilar irrenunciable de nuestra propia concepción de la humanidad: la idea de que el derecho a vivir dignamente es un derecho de toda persona desde el momento que nace. Y, como dijo Martín Buber, el afán por lo justo no puede realizarse en el individuo, sino sólo en la comunidad humana. De ello se deriva la necesidad de movilizarnos ante cada desahucio, ante cada despido, ante cada ataque a la dignidad de las personas. Hoy, en el Estado español hay familias que pasan literalmente hambre; que lo han perdido todo. En este sentido cabe destacar la lucidez y coherencia de otras ONG que prestando ayuda a la gente necesitada, al mismo tiempo, denuncian la barbarie neoliberal y luchan por cambiarla. Recientemente escuché un discurso de Cáritas Diocesana de Gipuzkoa que me sorprendió gratamente por su claridad en la crítica al modelo económico-social bajo el cual vivimos y por su apuesta en favor de otro mundo posible

Es cierto que es saludable respetar y aceptar una pluralidad de prácticas solidarias cuando de verdad salen del corazón. Sin embargo, la solidaridad, como la libertad, la democracia y otros muchos valores pueden y deben estar sujetas a la reflexión crítica y al debate, pues no todo vale. En este sentido no es lo mismo el asistencialismo que con buena voluntad hacen personas bien intencionadas, que la responsabilidad de quienes desde el poder construyen una sociedad basada en la desigualdad y el no reconocimiento de todos los derechos para todas las personas. Estos poderes son portadores de una Idea de civilización y de una mirada sobre la humanidad profundamente sectaria y excluyente.

Lo que si podemos decir a las personas concretas que actúan con buena voluntad que, por favor, reparen en las causas de las desgracias de millones de personas en el Estado español y de cientos de millones en el mundo. Es cierto que hay una receptividad ciudadana para una solidaridad primaria que no analiza la naturaleza injusta del modelo económico que soportamos, pero es hora que la educación, la buena información y la reflexión crítica, vayan sustituyendo las ofertas fáciles de compra de solidaridad como si fuera un producto tranquilizador de conciencias, por otra solidaridad comprometida con los cambios. Asunto distinto es la reacción solidaria ante emergencias y desastres naturales o a consecuencia de guerras, pues en estos casos lo primero y más urgente es salvar la vida de las víctimas.

Es importante que poco a poco la ciudadanía vaya entendiendo que nos debemos a una solidaridad que ha se superar miradas compasivas puntuales y atraídas por actos mediáticos, para abrazar una compasión del compromiso con la justicia. Y para esto último hay muchas vías abiertas.

De todos modos y para ser sincero, nuestro grave y principal problema no es la solidaridad equivocada que debe ser superada. Lo decisivo es que una gran mayoría social no se siente aún concernida en términos de compromiso, no siente que la dramática realidad de muchas personas le obliga a posicionarse. Por eso es bueno recordar que nos constituimos en personas morales cuando nos reconocemos como parte de un entramado de vinculaciones que nos comprometen con otras personas, y de ese vínculo nace y crece una solidaridad innegociable que defiende y exige todos los derechos para todas las personas. ¿Qué clase de vida nos parece la mejor para todas las personas? Esa es la gran pregunta que debe estar en la base de la vida política y de la política de la vida. A la hora de responderla no olvidemos el consejo de Mario Benedetti: "Todo es según el dolor con que se mire".

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