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por mikel recalde - Jueves, 1 de Noviembre de 2012 - Actualizado a las 05:26h
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No hay nada imposible y el destino te puede sorprender con la gloria en el momento en el que menos te lo esperas
sABÍA que este día iba a llegar. La temporada pasada, tras el casi innombrable 6-1 de la Copa, un aficionado realista me escribió en Twitter que tenía verdadera curiosidad por leer lo que escribiría este año cuando la Real volviese a disputar el campeonato. Lo dijo porque en la previa del primer duelo ante el Granada publiqué un artículo en el que reconocía que me había rendido con los más de 20 años de maldición en el torneo del KO y que los jugadores podían hacer lo que quisieran, ya que iba a ser peor para ellos desperdiciar una competición tan excitante e impredecible. La cuestión es que yo, que soy facilón con el tema Real y pese a rozar la catástrofe en la vuelta en Granada, me volví a ilusionar con una eliminatoria en cuartos con el Athletic y con un posterior camino llano, sin adversarios superiores, a priori, hasta la final.
Pues bien, este año, la rueda de la fortuna nos ha situado en el lado temible del cuadro, con los dos gigantes acechándonos a la vuelta de la esquina. Mi planteamiento para este año es el siguiente. Cuando trabajaba en el diario As tenía un compañero que no atravesaba su mejor momento y que, además, había cogido afición a salir solo. Recuerdo que un martes, en el que aparentemente no había nada especial en Madrid, mientras trabajábamos me comentó que se iba a dar una vuelta por la noche y que no quería que le acompañara nadie. Como no tenía coche me pidió que le llevara al centro y, como me dio pena, le dije que me quedaba a cenar con él. Al terminar, y después de un rato de sobremesa, le comenté que me parecía fatal dejarle solo y marcharme a casa, por lo que haciendo un gran esfuerzo había decidido acompañarle a tomar una copa. Una solo. Según íbamos caminando por cerca de Malasaña, con las calles desiertas y los bares vacíos, nos topamos con un pub en el que había una bandera albiceleste en la puerta. Decidimos entrar y cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos que era un local gigante y que estaba abarrotado de argentinos. Ni que decir que no salimos de ahí hasta que cerraron bien entrada la madrugada y que lo pasamos increíble. El momento cumbre llegó con la apoteósica canción del malogrado Potro Rodrigo, La Mano de Dios, que bailamos con el mismo fervor que si hubiéramos nacido en el centro de Buenos Aires. De una noche que no prometía nada sacamos un recuerdo imborrable y transmitimos nuestro entusiasmo de tal manera que el martes siguiente se apuntaron más de quince compañeros del periódico, que tampoco necesitaban demasiado para liarse, a la fiesta argentina.
Moraleja: nunca se sabe dónde te esperan las emociones fuertes y la gloria (esto no significa que triunfáramos aquella noche, porque no nos comimos un colín). La semana pasada compartí tertulia con dos veinteañeros pertenecientes a la Generación Perdida de la Copa. Cuando hablamos del mejor recuerdo que tenían de la Real en este torneo eran incapaces de decirme uno solo, lo cual simplemente me parece vergonzoso para un club legendario como el nuestro. Pero ahora les voy a recordar una cosa para que afronten con otra cara la edición de este año. No pienso hablar de imposibles. Si la Real elimina al Córdoba se enfrentará en octavos al Barcelona, al que la última vez que le tuvo enfrente le puso contra las cuerdas tras perder 0-1 y empatar 3-3, después de ir dos veces ganando en el Camp Nou. En cuartos, probablemente, el Athletic, al que se le eliminó en semifinales la anterior vez que se jugó después de empatar 0-0 en Donostia y ganar 0-1 en San Mamés, con un gol de Bakero. Y si acceden a semifinales, el Madrid, que fue el último en sentir la olla a presión de Atocha en el último choque de Copa que se disputó allí, cuando la Real se quedó a las puertas de una remontada heroica de un 4-0 al golearle 4-1.
No pienso decir los años que fueron, pero aquellos equipos realistas tenían un denominador común: no temían a nadie ni a nada. No hay nada imposible y nunca sabes lo que te deparará el destino. La gloria puede aguardarte en el camino de espinas más peligroso. ¡Que somos la Real Sociedad, hombre!
Gracias por su comentario
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