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La crisis y la situación de Euskadi aconsejan que el voto se sustancie en algo más que un pantallazo
igor camaño - Viernes, 19 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:24h
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Solo tres de los seis candidatos repitieron debate ayer en Euskal Telebista. Patxi López, Antonio Basagoiti y José Navas no participaron en el debate en euskera. (Foto: eitb)
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donostia. Sostiene una maldad que el Día de la Madre lo crearon e impulsan unos grandes almacenes. El negocio es el negocio, y sea cual sea el origen, quien más quien menos pica y compra un detalle a la madre que le parió. Lo contrario parece que queda feo. Idéntico paralelismo podría seguirse con los debates televisados. Resulta complicado situar su origen. ¿Podría colocarse el germen en La Clave de Balbín, al menos en el Estado? Algún experto en la materia resolverá el entuerto. Lo que sí parece claro es que los debates actuales son a la televisión lo que el Día de la Madre a esos grandes almacenes: una forma de hacer caja que también ha venido para quedarse.
El formato resulta barato, no exige alardes, y la contraprestación en público, anuncios y autopromoción suele ser generosa. Negocio redondo. Solo es una impresión, pero aun a riesgo de ser tomado por rojo, marxista o perroflauta, el personal recela cada vez más del anzuelo consumista y zanja que días de la madre son todos. Y que dos buenos musus, muac, muac, valen más que ese regalo comprado por comprar a última hora y que casi siempre acaba en el socorrido fular.
La sensación particular es que con los debates televisados pasa cuarto y mitad de lo mismo. El punto de vista empresarial de los medios es lógico. A lo suyo, que para eso están. Y el de los políticos, también a lo suyo. ¿Qué es lo suyo? Lo suyo es interpretar el papel del bueno e intentar rozar la perfección hora y media para cautivar a ese gran desconocido que llaman indeciso. Los formatos de los debates y las calculadoras de precisión que forman los equipos de los candidatos impiden grandes desequilibrios, tanto para bien como para mal. Como en la primera semana del Tour de Francia, se trata de no perder la carrera, no de ganarla.
En este punto surge la contradicción, al menos la particular. El país, la situación, requiere de un lehendakari, un equipo y un programa que den la talla toda la legislatura, no durante 90 minutos de prime time. El rescate a España es inminente, y sus consecuencias para Euskadi, también. Una de las principales agencias de calificación ha rebajado la calidad de la deuda vasca de forma preocupante. La recesión advierte por tercer trimestre que esto va muy mal. Miles de jóvenes carecen de vivienda. Euskadi registra ocho desahucios diarios desde que estalló la crisis. Hay 160.000 vascos en paro. 89.000 compatriotas que viven en la pobreza. 320.000 seriamente amenazados de dar el fatal paso muy a su pesar. El Gobierno Vasco tiene una deuda y unas obligaciones que lastran su operatividad durante los próximos años. Si con todo esto, que es solo una aproximación al tomate, lo que importa y lo que decide el voto es solo una pose, la dicción, la comunicación no verbal, la corbata, los milímetros de maquillaje, la sonrisa o lo bien que gesticula el candidato, es que el país está más malito de lo que indica el termómetro. Si es así, si -con todos los respetos- alguien decide su voto únicamente por una impresión y no en base al programa, la experiencia, y al debe y al haber de la mochila del candidato y su formación, el último que cierre. Si se trata de decidir el destino del país y la forma de salir de la crisis por quién hace mejor de artista, si eso es así, entonces Paco Martínez Soria, lehendakari. Qué se le va a hacer. Cada uno tiene sus gustos en materia de galanes de cine. Ahí va la de arena: todo es bueno para el convento; todo ayuda a decidir. Estos debates contribuyen a percibir las debilidades y fortalezas de los aspirantes, la confianza o desconfianza que irradian, quién finge mejor o quién no. Ayudan a formar el puzle del voto.
la influencia de EEUU La sospecha, también particular, guía hasta el otro lado del charco. Basta que en Estados Unidos hagan el pino para el resto del mundo les imite boquiabierto, oh my God. Los debates entre los presidenciables norteamericanos han alcanzado la categoría de western. Ese Walter y esa Linda que se sientan con sus hamburguesas, sus patatas fritas y su cola de litro y medio a ver quién muere primero. Inmediatamente después, suena el teléfono y una empresa de encuestas pregunta quién ha ganado el debate. Nadie cuestiona qué les parece no disfrutar de una sanidad universal -como la que sí disfrutan los vascos- o cómo ven que cualquier hijo de las barras y estrellas porte un arma y pueda montar una pajarraca de las que montan en sus institutos.
Da la impresión, siempre particular, de que los americanos también han conseguido colarla con los debates espectáculo. La duda que surge es si debajo de tanto foco, pose y sobredimensión queda sitio para la política real, para la que saca adelante un país. Euskadi se juega mucho el domingo y la opción del voto debería tener más planos que el televisivo, que también. Es como lo de comprar un perro. Muy de moda. Una cosa es llevárselo de la tienda de cachorrito, como un peluche, y otra sacarle a mear todas las noches y todas las mañanas. Algunas decisiones exigen una pensada generosa.
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