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Períodico de Diario de Noticias de Gipuzkoa

El discurso del miedo

PSE y PP aprovechan el debate independentista de Catalunya para convertirlo en su 'raca-raca' electoral

e. iribarren - Lunes, 8 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:24h

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Clamor masivo en el Camp Nou por la independencia

El Camp Nou fue un clamor en favor de la independencia de Catalunya. (afp)

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donostia. De nada parecen haber servido los casi cuatro años de gobierno socialista en Ajuria Enea. Da la impresión de que el ejecutivo del cambio que desplazó al nacionalismo para, por fin, ocuparse de las prioridades de todos, frente a las obsesiones particulares de algunos, ha sido un tiempo perdido. Es llamativa la coincidencia en los mensajes de los líderes del PSE y el PP aventando la amenaza de toda suerte de males para España y los ciudadanos vascos que también se sienten españoles si no ganan ellos las elecciones. Aunque la música pueda sonar diferente en boca de uno u otro, el fondo siempre es el mismo: cuidado con los nacionalistas. La verdad es que este mensaje del miedo que están tratando de propagar entre la ciudadanía vasca es anterior al comienzo de la campaña y habría que situarlo en la resaca de la histórica manifestación de la Diada, cuando, a tenor de las histéricas reacciones que se escuchan, parece que comenzó la cuenta atrás de España tal y como lo conocemos ahora. El debate independentista abierto en Catalunya se ha convertido en maná caído del cielo para socialistas y populares, que se han apropiado de este manjar milagroso y convertido en receta única para tratar de parar una marea nacionalista que, por ahora, solo es segura en las encuestas firmadas en los aledaños del Gobierno español.

En el caso del PP, la elección de este guion tiene su lógica en la medida en que sirve para distraer al público de la gestión de la crisis que está llevando a cabo el Gobierno de Mariano Rajoy. Imposibilitados para vender los recortes sociales, las inyecciones de dinero a los bancos o la sumisión a los dictados de Bruselas, Antonio Basagoiti y sus compañeros han renunciado a cualquier pretensión de ofrecerse como alternativa de gobierno y se contentan con disputarle al PSE esa bolsa electoral que fluctúa entre ambas formaciones elección tras elección. El PP, sin complejos, pide el voto a los "vascoespañoles" para que España siga estando unida.

Más chocante es ver a un PSE incapaz de vender gestión, con su candidato y todavía lehendakari en funciones, Patxi López, desempolvando viejos discursos que hablan de convertir en "extranjeros en nuestro propio país" a los que tienen "apellidos diferentes".

Su discurso no suena muy distinto del pronunciado por el presidente de Extremadura, José Antonio Monago, del PP, tras la manifestación de la Diada cuando reclamó el regreso a su tierra de origen de los 150.000 extremeños que emigraron a Catalunya en los años sesenta. Con el recurso a este argumento, implícitamente, López asume la derrota en la principal misión que tenía asignada el gobierno constitucionalista: frenar al nacionalismo. Pero cuando opta por el caduco discurso de la maleta, aquel que vaticinaba la expulsión de los que vinieron a Euskadi a trabajar desde distintas tierras de España, reconoce sin decirlo que no encuentra en la mochila de estos casi cuatro años de mandato nada rentable que ofrecer a los electores vascos.

En estos primeros compases de la campaña, socialistas y populares han emprendido un viaje al pasado, al tiempo en el que unieron sus fuerzas para desplazar al PNV de la lehendakaritza. Urkullu sería Ibarretxe disfrazado y en su programa se ha descubierto una veta soberanista que confirma la apuesta independentista del PNV, una apuesta convergente con la de EH Bildu.

El problema es que la campaña, al contrario de lo que está ocurriendo en todos aquello asuntos que afectan directamente a los ciudadanos, ha quedado libre de recortes y falta todavía un mundo hasta alcanzar la meta del 21-O. Mucho tiempo para este 'raca-raca'.

En el fondo, les guste o no al PSE y al PP, le guste o no al rey, le guste o no a la Conferencia Episcopal, el debate de la independencia, de la soberanía, del autogobierno sin límites ha irrumpido para quedarse en medio de un Estado español resquebrajado por la crisis y aferrado al texto constitucional como un náufrago a un salvavidas.

Cuando en plena canícula estival se conoció el calendario de la Liga de Primera División nadie podía imaginar el contexto político que iba a envolver el partido de fútbol que más espectadores concita ante el televisor en todo el mundo. El sorteo, caprichoso como siempre, determinó que el primero de los dos duelos se iba a jugar a medio camino entre la manifestación de la Diada y las elecciones anticipadas del 25 de noviembre, y además en el Nou Camp. Qué mejor plataforma para propagar a los cuatro vientos la reivindicación soberanista e identitaria de Catalunya. El melón independentista abierto en dos mitades ante el mundo, justo cuando el Gobierno español trata de poner en el escaparate global la marca España. Una marca a la que este país opone su propia alternativa para, en primer lugar, encarar la crisis.

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