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Peligrosos aparatos

Probablemente, ya no podemos vivir sin ellas, pero deberíamos conseguir que fuéramos nosotros quienes manejáramos las nuevas tecnologías y no al revés. ¿Es eso posible? Cuestión de aplicarse

Sábado, 6 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:25h

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Los sábados de cabeza

(ng)

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Imanol Querejeta y

Javier vizcaíno

J. V.- ¿Crees que somos conscientes de lo que suponen en nuestra vida todos esos maravillosos aparatitos que tenemos al alcance de la mano?

I. Q.- No, yo creo que hemos picado en el anzuelo de lo que tienen de lúdico y no nos damos cuenta de que son elementos que nos van aislando cada vez más de los demás, haciendo cada vez más grande el espacio del individualismo y más estrecho el de la simpatía. No son malos en sí mismos, pero sí lo es el uso que se les da, que en el caso de los muy jóvenes tiene consecuencias muy negativas.

J. V.- Que a muchos les provocan una dependencia similar a la de ciertas sustancias está claro. Sin embargo, no lo perciben como tal. Dicen que las usan porque son necesarias.

I. Q.- Ya, eso dicen todos los que están enganchados a algo. No son necesarios las 24 horas del día y en cualquier escenario. Me suele dar mucha pena tener necesidad de preguntar algo a alguien en la calle y no poder hacerlo porque le interrumpo el concierto. De verdad que transmite que importa muy poco lo que pasa alrededor.

J. V.- ¿Acabarán cambiando nuestra forma de pensar y de sentir? ¿Lo están haciendo?

I. Q.- Sí. No sé si es el objetivo oculto, pero eso creo yo. En el reciente congreso nacional de psiquiatría de Bilbao se ha planteado que el exceso de utilización de las nuevas tecnologías puede impulsar la aparición de desórdenes psiquiátricos

J. V.- Me pareció escucharte una vez que algunos neurólogos habían empezado a detectar modificaciones cerebrales derivadas de algunos de los dispositivos de los que hablamos.

I. Q.- Sí, no solo los neurólogos, sino todas aquellas personas que se dedican a la neurociencia saben que hay estudios en los que se ve que las generaciones actuales tienen más desarrollada la parte del cerebro responsable de la expresión del movimiento de los dos pulgares sobre la pantalla del móvil. Esto nos permite abrir una vía de estudio nueva porque antes se pensaba que la función hacía el órgano y hoy parece que puede ser que también el órgano haga la función.

J. V.- Como sabes, este servidor utiliza alguno de esos aparatos maravillosos y visita con cierta frecuencia las redes sociales. No me gustaría caer en el discurso apocalíptico que sostiene que son intrínsecamente perversas y malvadas. No lo son, ¿verdad?

I. Q.- Te lo decía unos párrafos más arriba: los objetos son más o menos peligrosos según para lo que se usen. Un bolígrafo es muy útil cuando se usa para escribir, pero muy peligroso cuando se juega con él delante de los ojos. Con esto creo que ocurre lo mismo. En nuestro trabajo, hoy en día me pregunto cómo podíamos desarrollarlo sin las herramientas que hoy en día tenemos, pero al mismo tiempo, me obligo a mirar a la cara al paciente antes de escribir, porque hay algunos que se quejan de que el médico casi ni les mira por atender a la pantalla del ordenador. Aplica esto a las calculadoras a la hora de hacer cuentas, o a los textos, que antes no se podían corregir más que con las cintas del famoso Tippex.

J. V.- ¿Cómo podemos ser nosotros y no esas tecnologías y sus vendedores quienes llevemos la manija y marquemos el ritmo?

I. Q.- Pues sabiendo para lo que sirven con claridad y no suplantando aquello que es impagable (el guiño, la inflexión de la voz, un concierto en directo, la complicidad) por la comodidad y agilidad que ofrecen estos aparatos. También se pierde el lenguaje tirando de abreviaturas que se usan para simplificar la comunicación. Hace no mucho en el metro de Bilbao oía a un grupo de jóvenes que habían contado el número de mensajes que habían enviado esa mañana y el que menos escribió 826. Eran ocho, con lo que multiplica y luego divide por unidad de tiempo y saca la cuenta de cuánto tiempo dedicado a este menester.

J. V.- Vayamos, por un momento, al extremo opuesto. Hay quien no quiere saber nada pero absolutamente nada de esos artilugios. Tener móvil, aunque sea el más básico, les parece un contradiós. Ni tanto ni tan calvo, ¿no?

I. Q.- Hombre, yo respeto a los unos y a los otros, pero no me cabe duda de que hay muchas gestiones que estos aparatos nos facilitan. Si hay quien piensa que no y que vive mejor sin ellos, me parece estupendo. Llegado aquí, digo que a todos alguna vez se nos ha perdido el móvil o quedado sin batería y nos hemos arreglado para sobrevivir sin problemas.

J. V.- Hay también un grupo de personas que, sin llegar a los extremos de los anteriores, simplemente se han quedado descolgadas. Piensan que ya se les ha pasado ese tren. ¿Se están perdiendo algo?

I. Q.- El saber no ocupa lugar y nunca sabes cuándo saber manejar uno de estos aparatos te puede facilitar algo o inclusive sacarte de un apuro. Yo digo que esto es como nadar y conducir, que todo el mundo, y lo digo literalmente, debería saber ambas cosas.

J. V.- Hasta ahora, en casi todas las preguntas estaba pensando en los que tenemos una cierta edad y hemos ido descubriendo estas cosas según llegaban. ¿Qué pasa con esa generación llamada "nativa digital"? No tienen con qué comparar. Para ellos un smartphone es tan natural como para nosotros lo era un boli bic...

I. Q.- Seguramente, pero nosotros empleábamos el boli, y los de ahora se mueven fatal si solo usan esta herramientas. Además, las generaciones de hoy se quedan al margen del grupo si no disponen de estos medios electrónicos que son individualistas al cien por ciento.

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