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por ANJEL LERTXUNDI - Domingo, 30 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:27h
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EL nuevo curso escolar no se presenta propicio al optimismo. La crisis se ha convertido en la excusa perfecta para que la derecha española desembarque en un territorio que, en los últimos cien años, solo ha podido monopolizar y acaudillar a su antojo en tiempos de dictadura. Pero la mayoría absoluta lograda en las últimas elecciones generales ha dado al PP pábulo para la arrogancia más absoluta. Y el encargado de llevarla a la práctica es el ministro Wert, con el desparpajo cínico al que últimamente la derecha española es tan proclive. El ministro está empeñado en promulgar una ley que, por no ser fruto del consenso, cambiará en cuanto los tiempos políticos cambien. Es igual. La mayoría absoluta le ampara y el ministro aprovecha la crisis para abordar una reforma que, sin la excusa de la escasez de recursos económicos, difícilmente hubiera podido justificar. La crisis ha sido la excusa, no la causa.
Wert aprovecha la crisis para abordar una reforma que difícilmente hubiera podido justificar; la crisis es la excusa, no la causa
Para el ministro Wert, impulsor de la nueva Ley de Mejora de la Enseñanza, el futuro está en el pasado, y busca con el ya famoso proyecto desmantelar algunas de las conquistas más importantes que desde las postrimerías del franquismo se han logrado en España en materia de educación. La ratio profesor-alumno se eleva, lo que nos retrotraerá a una época en la que el número de alumnos por aula hacía imposible una educación personalizada y de calidad. El jacobinismo estatal volverá a intervenir en los currículos escolares en cuestiones ideológicamente sensibles, con la consecuencia más que previsible de que las distintas percepciones que sobre el hecho cultural o histórico hay en España no sean contempladas más que desde un prisma único y monolítico. La educación mixta, instaurada tras décadas de desatinos anti natura, en lugar de ser considerada como un valor, se presenta a la sociedad como una rémora en materia de competitividad y un obstáculo para el éxito escolar, que es tanto como premiar a las escuelas segregacionistas, que, por regla general, coinciden con las más clasistas. El universo próximo y conocido deja de ser la atalaya desde la que se mira al mundo, bajo el argumento de que vivimos en una realidad global (el ministro Wert lanzó esta semana en Bilbao uno de esos dardos envenenados a los que tan acostumbrados nos tiene la droit cynique: "Nuestros jóvenes no van a competir con el de la aldea de al lado; van a competir en un mercado global"). La crisis será la excusa para desmantelar muchas aulas de apoyo, se resentirán las iniciativas de integración de los emigrantes, las políticas lingüísticas retrocederán con la excusa de competir en el mercado global y las políticas educativas de igualdad y solidaridad carecerán de apoyo político suficiente.
El panorama es sombrío. Todos los indicios apuntan a que se ensombrecerá aún más.
La generación de maestros que protagonizó en las postrimerías del franquismo y en los primeros años de la transición un profundo cambio pedagógico y estructural en nuestro sistema educativo, acaba de jubilarse o está a punto de hacerlo. Es fácil de imaginar la tristeza que los embargará al dejar atrás la escuela y despedirse de ella: una ley, que pronto será reemplazada por otra en una escalada de despropósitos que se ceba siempre en la enseñanza, busca arruinar los logros más importantes que aquella generación nos legó en su ejemplar empeño por renovar la escuela.
Gracias por su comentario
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