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Los Yébenes

por mikel recalde - Domingo, 16 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:26h

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Imanol Agirretxe, De la Bella e Iñigo Martínez celebran un gol ante el Zaragoza la pasada temporada en Anoeta.

Imanol Agirretxe, De la Bella e Iñigo Martínez celebran un gol ante el Zaragoza la pasada temporada en Anoeta. (ruben plaza)

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CUANDO sucede una noticia que conmociona un país, todos tratamos de relacionar el suceso con nosotros mismos. Yo le conocía, un amigo le vio un día, yo pasé por allí…. Lo típico. Por eso me ha hecho gracia la noticia sucedida en Los Yébenes. Yo, de verdad, estuve allí. Fue al poco tiempo de volver a Madrid desde Donostia para trabajar en el diario AS. Un compañero me explicó que la selección sub'21 entrenaba al día siguiente en una localidad que se llamaba Los Yébenes y que tenía que ir a cubrir el evento porque él libraba. No había oído jamás el nombre, como la gran mayoría de los vascos la semana pasada antes de conocer a la concejala a la que, desde aquí, le mando mi más sincera solidaridad por haber hecho lo que le ha dado la gana con su cuerpo y no con las pertenencias ajenas, algo que, desgraciadamente, se lleva demasiado en estos días. Ilusionado, porque acababa de llegar a la capital con ganas de comerme el mundo y me encantaba el cometido encargado, me subí a mi Ford Fiesta de quinta mano y recorrí los 116 kilómetros que separaban la localidad toledana de Madrid y que, por cierto, se me hicieron eternos. Al llegar no tardé en encontrar el campo, pero allí no estaba mas que el jardinero. Uno solo. Le pregunté que cuándo empezaba la sesión y me contestó que se había celebrado la víspera. Soy una persona tranquila, por lo que tampoco me volví demasiado loco. 116 kilómetros después, ya en la redacción, le pedí explicaciones al supuesto despistado compañero y la cosa no pasó a mayores.

El problema es que solo unos días después, el mismo jabato me pidió acudir a una rueda de prensa que se celebraba en el Pirulí. Al llegar, un poco justo de tiempo, los de seguridad no sabían de lo que les estaba hablando, y cuando por fin uno se enteró de lo que iba la historia me dijo que la comparecencia era en Prado del Rey. No sé cómo les sonará, pero se lo explico. El citado lugar se encuentra proporcionalmente a 180 grados de donde yo estaba con respecto a la gran urbe. Recorrí la M-30 a más velocidad de la que hubiese podido emplear el propio Fernando Alonso con mi modesto vehículo. El caso es que llegué tarde, cubrí el expediente como pude, y regresé más enfadado que Lasarte el famoso día de la movida con el banquillo del Levante. Soy cero violento, pero llegué con la vena del cuello hinchada y justo cuando entraba en la redacción me lo encontré en el baño. Notaba que habían pisoteado mi espacio y que necesitaba marcar territorio para demostrar el carácter suficiente como para responder a una afrenta directa. Le canté las cuarenta a grito pelado, hasta que me separaron y no volví a sufrir un episodio de ese tipo.

La moraleja de esta historia, que supongo que a la gran mayoría no les importa ni lo más mínimo, sobre todo si la comparas con la de Doña Olvido, es que cuando tienes delante una gran oportunidad no debes permitir jamás que nadie te pisotee. No tengo ni idea de si lo hizo aposta, pero provocó que sacara todo mi carácter, justo el que no demostró el equipo realista en el amistoso de Pamplona. Me pareció inadmisible que Montanier saliera en rueda de prensa quejándose de la dureza de los locales como si se tratara de un colegio. Si de verdad estaba tan enfadado debería haber pasado al vestuario local y decírselo a la cara a Mendilibar. No se me ocurre una prueba mejor para medir y ensayar el genio de la Real que disputar un amistoso en Pamplona, frente a un Osasuna con cero puntos tras tres jornadas, y con entrada gratuita. Es decir, con 10.000 personas en la grada. El resultado fue un partido oficial disfrazado de amistoso en el que si te pegan no vale poner la otra mejilla, sino reaccionar con personalidad y amenazar al que sea por si lo vuelve a hacer. Y no hablo de entrar en su juego de patadas, sino de agarrar de la pechera a algún rival para que no te vuelva a pegar. Desgraciadamente, los nuestros volvieron a demostrar que lo suyo no es el cuerpo a cuerpo. Ni, por supuesto, lo de su entrenador, que prefirió tirar de la manida lista de excusas a las que tantas veces recurren para justificar los fracasos a domicilio. Una pena, porque una vez más, y ya son demasiadas, su carácter quedó en entredicho y la cosa no parece que vaya a cambiar. Ni en Pamplona, ni en Los Yébenes, donde les aseguro que tendría claro a quien votar si estuviera censado allí.

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