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por iñaki de mujika - Domingo, 2 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:26h
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Mikel González trata de frenar el avance del exrealista Víctor Casadesús. (efe)
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HAY cosas que no se olvidan en la vida aunque lo intentes mil veces. Aparecen más o menos, de vez en cuando, pero aparecen. Los realistas esta semana han debido recordar la goleada que recibieron en partido de Copa hace unos meses en el mismo escenario. En todas las ruedas de prensa apareció el set, aquel 6-1 que nos dejó más rebotados que las maracas de Machín.
Empeñados todos en que los partidos nunca son iguales, que no es bueno mirar atrás, sino adelante, que entonces jugaban unos y ahora otros, el encuentro de anoche en Palma se planteaba como una nueva oportunidad de hacer algo fuera de casa y no quedarnos de nuevo con el culo al aire sin necesidad de acudir a ninguna playa nudista.
Sucedía hace décadas que, en un recodo de la costa guipuzcoana, la sabia naturaleza ofrecía una clase de tesoro, una cala a la que se accedía por caminos y vericuetos insondables. A ella solo llegaban los frailes. Entonces estaba muy mal visto que los religiosos fueran a la playa y se pusieran en traje de baño delante de la multitud. La feligresía no estaba preparada para contemplar el esqueleto muy blanco de quien luego les iba a sermonear. Así que, con sotanas al viento, se metían entre zarzas para llegar al borde del mar, quitarse los capisayos, lucir un traje de baño color azul mahón y pegarse un chapuzón refrescante. Aquella era la denominada Playa de los Frailes.
Pasado el tiempo, llegó la apertura vaticana. Los frailes que decidieron seguir siéndolo se modernizaron. Abandonaron tejas y manteos para vestirse como la gente de la calle. Se atrevieron con muchas más cosas y aquel coto privado en el que se refrescaban pasó a manos de la gente joven, y menos joven, que decidió convertirlo en paraje naturista. Es decir, se pasó del sancta sanctórum eclesiástico a un ¡Viva Cartagena! La gente iba a tumbarse sobre las incómodas rocas y piedras para tomar el sol a la intemperie y bañarse con la misma ropa con la que vinieron al mundo, es decir, en pelote piquée. Obviamente ya no iban los religiosos.
Cuentan, a mí me parece que a modo de leyenda urbana, que un día estando el personal muy tranquilo, de repente un bañista comenzó a gritar en el agua llamando la atención de las dos decenas que por allí andaban diseminadas en aquel momento. La gente se asustó. Mucho más cuando vio salir corriendo del agua a un señor cercano a los cuarenta que llevaba agarrado a su miembro más viril un karramarro que con una de las pinzas apretaba la zona de conflicto. "¡Ay, ay, ay!", gritaba no acertando a quitarse de encima el crustáceo sin hacerse un estropicio en semejantes partes.
Incluso, creo recordar, llegó a circular el nombre del afectado y la noticia se publicó en algún medio, pero sin demasiada concreción. Si fue verdad, a aquel tío no se le olvida el momento aunque lo intente. Y estoy convencido de que si hoy nada en una piscina de agua dulce y purificada, recordará con pelos y señales aquel momento inesperado e inoportuno.
Son Moix no es una playa, pero lo parece cuando pega el sol en la grada del este y la gente se torra. Anoche, como era tan tarde, la cosa era más llevadera y soportable. Los realistas saltaron al campo a calentar. Nos faltaba Gonzalito Castro, El Chory. Se nos quedó malito en casa y nos quitó el punto de morbo que iba a darnos la posibilidad de ver en frente, con nosotros, al verdugo que aquella noche de enero abrió y cerró el marcador en un encuentro de guitarras y panderetas como en El corral de la Pacheca.
En siete minutos nos remontaron los dos goles de ventaja logrados en la ida y nos pusieron mirando a La Meca. Aquel día no había cangrejo enganchado, sino patada y martillazo a dos manos en la misma zona.
Gracias por su comentario
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