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por mikel recalde - Sábado, 25 de Agosto de 2012 - Actualizado a las 05:25h
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El Celta está muy ligado a la historia reciente de la Real; pese a que se recuerdan más otros duelos, me quedo con el de poco antes del descenso
EL Celta está ligado a la historia reciente de la Real. El equipo gallego protagonizó para bien y para mal los dos últimos duelos más trascendentales disputados por los txuri-urdin, sin contar la innombrable visita a Mestalla donde perdió la categoría 40 años después. Primero fue en el papel de verdugo, ya que en la penúltima jornada de Liga 2002-03 nos hizo llorar al derrotar a los de Denoueix y destrozar el sueño del tercer título de Liga. Después, como víctima propiciatoria para sellar el ascenso en 2010. Aquel día, Anoeta por fin pudo vivir una fiesta completa del todo, pese a que los gallegos nos metieron más de un susto en el cuerpo, sobre todo con un larguerazo de un tal Michu que apuntaba tan alto como está llegando ahora. Aunque me amargó la existencia aquella fatídica noche en Balaídos, cuando caían lágrimas en mi teclado mientras escribía la crónica para el Diario As (ya han pasado diez años, qué desastre), el Celta es un club al que le tengo cariño porque mi mejor amigo vive allí y me encanta tener motivos profesionales para visitarle, y porque su afición nos recibe siempre de maravilla.
En cualquier caso, si les soy sincero, yo guardo en la retina otro duelo contra los celestes. Fue el año 2007, en el que los dos equipos nos fuimos de la mano al infierno de Segunda. A falta de cuatro jornadas para el final, los gallegos visitaron Anoeta en un duelo dramático en el que el derrotado estaría sentenciado. La Real remontó el tanto inicial de Gustavo López, con goles de Kovacevic, Savio y Rekarte de vaselina desde 40 metros, lo que le dio algo más de oxígeno en una guerra que también acabaría perdiendo. Con el partido finalizado, una media hora después, cuando ya solo quedábamos en el estadio los periodistas que estábamos escribiendo las crónicas y unos pocos seguidores celestes, me fijé en que uno de ellos llevaba abrazado mucho tiempo a alguien que estaba dentro de las vallas, es decir, que era un miembro de la expedición oficial. Como me tenía intrigado, investigué y descubrí, para mi asombro y emoción, que era Borja Oubiña y que la aficionada a la que estaba abrazado, los dos llorando, era su madre. Este chaval, que era uno de los pocos canteranos que había en esa plantilla celtiña, representa mejor que nadie la resurrección del club de sus amores y la apuesta que han realizado por la gente de casa. Este centrocampista tuvo que emigrar al Birmingham City tras consumarse el descenso, pero a los once minutos de su estreno se lesionó gravemente la rodilla. Después tuvo que superar varias recaídas que frenaron la carrera de un futbolista extraordinario que llegó a ser internacional en dos ocasiones. Afortunadamente, Oubiña ha salido vencedor en su lucha contra sus limitaciones físicas y hoy será el capitán de un Celta plagado de canteranos, que seguro que tomó buena nota en Segunda de la regeneración que experimentó la Real para sellar su ascenso, y al que le auguró un futuro mucho más prometedor que al proyecto portugués de su vecino y eterno rival.
La imagen del abrazo de los Oubiña me enternece y me conmueve, porque podría haber pasado perfectamente con cualquier canterano realista. En unas semanas en las que algunas hinchadas a las que consideran referencia están quedando retratadas, y entendiendo que en muchas ocasiones son una minoría de energúmenos los que mancillan el nombre de casi todos los clubes, me enorgullece recordar que la afición realista nunca ha atacado a sus jugadores. Ni cuando se consumó la tragedia del descenso. En ese sentido, en el de respeto y admiración a los suyos, es como Mourinho, única.
Gracias por su comentario
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