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modesto romero, 'moxo', lleva cuatro años acudiendo a diario a aralar para trabajar de forma desinteresada
uharte arakil, Nerea mazkiaran - Jueves, 9 de Agosto de 2012 - Actualizado a las 05:28h
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Modesto Romero, 'Moxo', junto a las escaleras del santuario. (Foto: n.m.)
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haga sol, nieve o llueva, Modesto Romero, más conocido como Moxo, acude a diario a San Miguel de Aralar desde Ibarra. Así es desde su jubilación, hace cuatro años, cuando decidió ayudar de manera desinteresada en el santuario y sus instalaciones anexas. "Llevo 45 años viniendo, haciendo chapuzas. Un día vi a Mikel Larrambebere, el anterior capellán, haciendo los baños. No era una tarea para un sacerdote y me ofrecí a hacerlo yo. Hasta ahora", recuerda Moxo, de 63 años. "Para mí, San Miguel es muy importante. Lo hago por amor a San Miguel", confiesa.
Moxo comenzó su relación con San Miguel de Aralar estando de capellán Don Inocencio Aierbe. "Me solía llamar Mozoki porque le solía llevar gozokis", recuerda este guipuzcoano. Ya entonces ayudaba en muchas tareas. "Me compensa. Estoy a gusto. Desconecto de todo", asegura.
Lo cierto es que no va a Aralar a pasar el rato. Después de realizar los 50 kilómetros que separan Ibarra del santuario, llega todos los días hacia las ocho y media de la mañana. Su primer quehacer es revisar el estado de la depuradora, el cloro, los depósitos de agua, las fosas sépticas y el generador eléctrico, para después limpiar el refugio. Otras tareas cambian según la estación del año. En invierno enciende el fuego y si ha nevado, se encarga de retirar la nieve de los accesos. Y el blanco elemento suele ser palabras mayores en San Miguel, a 1.237 metros de altitud. Al respecto, recuerda la nevada del 1 de marzo de 2005, con tres metros de nieve en las inmediaciones del santuario. Este último invierno se ha llegado a 1,8 metros.
Ahora en verano, una de las primeras tareas del día es regar las flores y la huerta que ha habilitado en el exterior del santuario. El buen tiempo también trae más afluencia de visitantes a San Miguel. Por ello, uno de sus principales cometidos es mantener limpios los baños. "Estos días que anda mucha gente igual lo limpio más de media docena de veces", observa. De la limpieza del santuario se encarga su esposa, Nieves Clemente, que acude todos los fines de semana, aunque como observa Moxo, "una vez al mes paso la pulidora al suelo y queda muy bonito".
Siempre hay alguna tarea qué hacer en Aralar. Cortar y picar leña para apilarla para el invierno, arreglar cierres, averías, restaurar objetos..., "pequeñas chapuzas", como las denomina este voluntario de San Miguel, soldador hasta su jubilación. "Hago de todo, porque nos ha tocado de todo en la vida", confiesa.
Esta última primavera se dedicó a limpiar la hospedería, que cuenta con 33 habitaciones. "He sacado 1.500 kilogramos de basura", observa, añadiendo que "he preparado una habitación para cuando vienen los seminaristas, con agua caliente". Antes había acondicionado el comedor, donde realizó unas mesas de hierro. "Hay 35 metros lineales que se pueden alargar hasta 40", apunta. Y como no para, ahora está restaurando unos espejos que había en las habitaciones.
San Miguel tiene su propio custodio, Pedro Echavarren. "Él se encarga de recibir a las numerosas personas que acuden al santuario y temas informáticos. Hace más cosas de iglesia", resume Moxo, quien confiesa que son "una pareja bien avenida". Este guipuzcoano asegura que no busca ningún reconocimiento con su trabajo, aunque admite que le gustan las muestras de agradecimiento que recibe, felicitándole por el esmero y cuidado con los que realiza su labor.
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