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73ª quincena musical > 73ª quincena musical

En el Olimpo de la armonía

la quincena musical inaugura su 73ª edición proponiendo momentos memorables en diez rincones de la ciudad

donostia, r. pérez de anucita - Sábado, 4 de Agosto de 2012 - Actualizado a las 05:25h

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El grupo Perkuenea, de Musikene, en su actuación matinal, junto al centro cultural Koldo Mitxelena.

El grupo Perkuenea, de Musikene, en su actuación matinal, junto al centro cultural Koldo Mitxelena. (ainara garcia)

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CLAUDE Debussy, uno de los músicos referentes de la 73ª edición de la Quincena, sostenía que la música es el espacio entre notas. A la vista de la jornada inaugural del festival donostiarra, bendecida por una climatología benigna, que salpicó la ciudad de diez recitales, habría que convenir que la música es percusión, belleza lírica, pasión escénica, y también emoción, desmayos y una armonía que trasciende el sentido de la partitura.

Al mediodía, en la calle Urdaneta, los ocupantes de varias hileras de sillas asistieron no solo a la eficaz actuación del grupo Perkuenea de Musikene, que adaptaron composiciones de música clásica y obras específicas de percusión armados con tambores o marimbas, sino que también brindaron una simpática escenificación, un buen antídoto contra la amenaza de la rutina.

También recurrieron a la teatralidad los componentes del Orfeoi Txiki, que elevaron los niveles de armonía habituales en el salón de plenos del ayuntamiento donostiarra. Dirigidos por Esteban Urzelai e Isabel Mantecón, y acompañados al piano por Javier González Sarmiento, los jovencísimos cantantes atacaban, tras dos Ave Maria (Hamilton y Andreo) y una versión arreglada de Ilargia de Ken Zazpi, el himno más popular de Mikel Laboa, Txoria txori, cuando dos de ellos se desvanecieron. El calor -y la emoción- hicieron mella, pero no evitaron que el coro bordara los últimos temas, con especial mención a la mímica -narices rojas de payaso incluidas- de Barre egin nahi dugu y Txirrista egingo.

En la categoría de público agradecido, los padres orgullosos se toparon con un importante rival: los habitantes de las residencias de Zorroaga, Berio y Txara II, que escucharon a la soprano Miren Urbieta y al tenor Iker Casares, acompañados por el pianista Borja Rubiños, en los dos primeros casos, y al Cuarteto Intermezzo, en el tercero, que se alió con Bach, Mussorgsky o Mozart.

Las voces hermosas tuvieron continuidad, por la tarde, con Aurora Parra y Natalia Lunar, quienes, con la complicidad de la pianista Elisabete Sirante, apabullaron al público del Palacio Miramar mediante la coloratura e intensidad de sus gargantas, que embellecieron textos de Rossini, Verdi y Donizetti. En una hermosa coincidencia, cuando Lunar abordó el aria de Norina Quel guardo il cavaliere, de Don Pasquale, la soprano Ana G. Schwedhelm, con el barítono Benito Arranz y Pau Casan al piano, la entonaba en Aiete.

Landarbaso Abesbatza puso una rúbrica insuperable en San Telmo y, en el Kursaal, al margen de las diez propuestas inaugurales, se imponía la Orquesta Hallé, pero por la mañana el cantautor Urko Menaia ya había demostrado, fuera de todo programa, actuando en el Boulevard, que el espacio que existe entre notas es inmenso, para fortuna de todos los melómanos.

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