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josé manuel ábalos expone en donostia más de cien obras creadas en tres décadas
Se puede recorrer la trayectoria artística del pintor guipuzcoano desde sus primeros cuadros, de 1982
ruth pérez de anucita - Martes, 31 de Julio de 2012 - Actualizado a las 05:26h
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Ábalos entre en sus primeras obras, en las que retrató a su familia, ayer en la plata baja del 'museo'. (ruben plaza)
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donostia. Hay vidas que pueden resumirse en tres pinceladas, como las que describe el famoso aforismo de Oscar Wilde: "A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante". Otras, en cambio, ricas y complejas, son inaprensibles y precisan una colección de detalles para obtener un retrato convincente.
Si la biografía de un pintor está contenida en sus cuadros, la vida de José Manuel Ábalos (Donostia, 1947) ha estado plagada de galernas, amaneceres, incendios hermosos, luces y nieblas, estudios de pintura, familia y mares que lo inundan todo. Durante los últimos treinta años ha conservado la tradición de exponer en su ciudad al menos una vez al año, casi siempre en agosto. Ahora recoge la obra de tres décadas en un imponente espacio en la calle Ramón María Lili, un pequeño museo en el que expone casi 150 obras de todas sus etapas. Inaugurada ayer, los adeptos al estilo Ábalos, que son numerosos, podrán recorrer la exposición hasta el 30 de agosto. Treinta días para repasar treinta años.
Es su última casa artística, tras haber pasado por gran parte de las galerías donostiarras: Echeberria, Altxerri, Ekain y, sobre todo, desde 1991, Delta Arte, primero en la calle San Marcial y después en la Plaza Zaragoza.
Son casi 150 obras de distinto tamaño, alojadas en aproximadamente 500 metros cuadrados, distribuidos en dos plantas. En el piso de abajo habitan sus incunables, concebidos en el 82, un año después de ganar el Certamen de Artistas Noveles, en los que pintó a su familia dibujando sus siluetas sobre los cuadros, como nos ha enseñado el cine que hacen los policías con los cadáveres de los asesinados. A su lado figura la obra La pareja en la escalera, que quedó finalista en la Bienal del 84 ("ahora ya no se hacen cosas como estas"), en la que ganaron ex aequo Zumeta y Goenaga.
"Cuando empecé a dibujar, hacía paisajes sin geometría, muy pronto comencé a pintar con poco color y mucho miedo -porque el color da mucho miedo-, y compensaba mis dudas con el color con un dibujo muy detallado", explica, rodeado de pinturas pálidas. En los 90, consiguió reconciliar sus dos dimensiones: el Ábalos arquitecto y el Ábalos pintor, y los dibujos adquirieron esa personalidad que los hace reconocibles para el espectador: geometrías, juegos de planos y transparencias.
En estos últimos años se ha ido mezclando otra idea, "en la que el color se ha impuesto al dibujo, al tema e incluso a la forma". Una pincelada gruesa, una pintura mucho más inmediata, que se observa en algunas obras que cuelgan del espacio de Ramón María Lili como Galerna brillante, Estudio de color en el horizonte, Impresión de playa o Incendio en Semana Grande.
Amante de los fenómenos atmosféricos -"me gusta la niebla porque cuando ves un paisaje no te das cuenta de que entre tú y el paisaje está lo más importante, el aire, y cuando hay niebla, ese aire se revela de verdad"-, Magritte figura como uno de sus referentes esenciales, con sus capas de surrealismo, aunque también se detectan en sus pinturas los guiños a Sorolla.
mapas vitales Las pinturas de Ábalos pueden leerse como biografías, incluidos sus periplos geográficos. Sus cuadros delatan el paso de la perspectiva que ofrecía su vivienda de San Roque sobre la bahía de la Concha, a su estancia en Ramón María Lili (vivió encima del espacio en el que se ubica ahora su museo temporal), que favoreció sus estudios sobre el río Urumea. Ahora, entre sus óleos más recientes, se asoman limoneros y una casa con piscina, que dan pistas sobre su última residencia, ubicada en Valencia.
Esté donde esté, Ábalos nunca se basa en una fotografía. "Pinto de aquí", dice, señalando a su cabeza, "como los pintores de Altamira, que no tomaban apuntes del bisonte, sino que lo observaban y después lo dibujaban en la cueva". "Yo observo mucho los paisajes, las luces, los tonos y los contrastes, y, después, dibujo". Aunque, advierte, de nuevo, Wilde, "es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte".
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