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el Monte Igueldo cumple 100 años con la celebración de actividades conmemorativas
donostia, ane muñoz - Domingo, 29 de Julio de 2012 - Actualizado a las 05:24h
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El Monte Igueldo, en primer plano, ofrece desde su amplio mirador la postal más típica de Donostia. (javi colmenero)
Vista:
uN siglo repartiendo sonrisas es el lema que ha escogido la Sociedad Monte Igueldo para celebrar su centenario. Y nunca mejor dicho, porque ningún lugar como este parque de atracciones ha conseguido alegrar la vida de donostiarras y visitantes durante el último siglo. En un momento tan especial, echamos la vista atrás para recordar cómo empezó todo y de qué forma ha ido evolucionando, siempre en función del momento histórico y del pulso de la ciudad.
La historia del Monte Igueldo nace de la inquietud de un abogado navarro afincado en Donostia: Evaristo San Martín, su fundador. En aquella época, en la que tan de moda estaban los centros de ocio -que de hecho ya existían en Martutene y en Ulia- San Martín se fijó en aquel monte pelado, sin apenas vegetación, situado en el otro extremo de la ciudad y que, por lo abrupto del terreno, era conocido como Mendi-Hotza.
En lo más alto había tan solo unas ruinas, las del antiguo faro de la ciudad construido en 1778 por el Consulado del Mar y que, a pesar de que en su momento fue realmente innovador -tenía un alcance de nueve leguas- se abandonó porque, con relativa frecuencia, las nieblas cegaban su luz impidiendo guiar a los marineros hasta puerto. Abandonado el faro, y durante las guerras carlistas, su emplazamiento estratégico lo convirtió en un fortín que, al término de aquellas lo dejó destrozado.
Sin embargo, Evaristo San Martín supo ver en ese monte de roca -en el que, además de las ruinas, no había más que un abrupto sendero y tres caseríos, los Arrocas, con sus pertenecidos- un inmenso potencial: dominaba toda la ciudad, ofreciendo unas espectaculares vistas de la bahía de La Concha con la pequeña isla de Santa Clara en el centro y los montes Urgull y Ulia como fondo. Era el lugar perfecto para crear un nuevo centro de ocio. Y así, con la idea bien clara en su cabeza, decidió buscar socios capitalistas que respaldaran la inversión.
De esta manera, San Martín y sus socios fueron comprando el monte pero, como realmente no necesitaban todos los terrenos adquiridos, proyectaron parcelar y vender aquellos no necesarios para la ejecución de su proyecto. Ello daría lugar a la urbanización de la ladera y, por otra parte, contribuiría a financiar los enormes costes del centro de ocio.
El 10 de mayo de 1911 se constituyó la Sociedad Anónima Monte Igueldo e inmediatamente comenzaron las obras; tanto las explanaciones superiores, como la construcción de la carretera del faro. Además, y como en aquella época eran muy pocos los privilegiados que tenían coche, había que garantizar el acceso al recinto para el gran público, motivo por el cual se proyectó y construyó el funicular.
El centro de ocio contaba con un elegante Casino-Restaurante ubicado en un edificio de piedra arenisca -extraída de las canteras de Igueldo- así como con amplias zonas ajardinadas por las que pasear contemplando la ciudad de San Sebastián.
Las obras se ejecutaron muy rápidamente y en la primavera de 1912 el complejo estaba ya en funcionamiento, aunque habría que esperar hasta el 25 de agosto de ese mismo año para que, con la presencia de la reina, se procediera a su inauguración oficial.
A partir de 1913 el arquitecto Luis Elizalde, quien también firmó el proyecto de Casino-Restaurante, procedió a restaurar el antiguo faro que convirtió en mirador panorámico.
Desde su inauguración el centro de ocio fue un éxito rotundo: a unas instalaciones modernas e innovadoras para la época se unían las impresionantes y -dado el cambio de perspectiva- desconocidas vistas de la ciudad. Se cuenta que fue la propia reina quien, el día de la inauguración oficial, afirmó que estar ante "la vista más bella del mundo". De hecho, la postal típica de Donostia es la de esa foto entrañable da la bahía tomada desde el Monte Igueldo. Pero las primeras dificultades no tardarían en llegar. En 1924, Primo de Rivera prohibió el juego en todo el Estado, y al centro no le quedó más remedio que reinventarse. Así, los salones de juego se convirtieron en salones de baile. Había dos elegantes orquestas que amenizaban la tarde y, entre baile y baile, el chocolatito caliente con churros se convirtió en un clásico. Había también un pequeño teatro de variedades que, aunque existía desde el principio, se potenció en ese momento.
Sin embargo, solo una minoría podía permitirse ese tipo de ocio, por lo que hubo que dar otra vuelta de tuerca y, de alguna manera, socializar el monte. Fue entonces cuando se trajeron las primeras atracciones. El no va más de la época (la Montaña Suiza), el Río Misterioso, el Gran Laberinto y el Estanque de las canoas. Cuatro atracciones que todavía hoy funcionan. Un orgullo y un lujo del que muy poquitos parques en el mundo pueden presumir.
Con las primeras atracciones, la fisonomía del centro empezó a cambiar. Desde el principio habían funcionado una pista de patinaje y un frontón -que muy pocos saben que existió- y poco a poco se fueron añadiendo otras: la Casa de la risa, las casetas de tiro, el Pim-pam-pum… Incluso había shows de temporada, itinerantes. Una vez se trajo a una tribu de Senegal y se construyó un auténtico poblado para albergarla en el Monte Igueldo. También llegarían la osa Úrsula, la jaula de monos, etc. Eran pocas atracciones, pero suficientes para el tamaño y los gustos de la ciudad.
Cuando la afición al baile empezó a decaer, se introdujo el cinematógrafo. Llegó a haber dos cines de reestreno de doble sesión. A finales de los años 60 y principios de los 70, los cines y el baile dieron paso al actual parque de atracciones. Llegaron los Autos de choque o el Cosmicar y se potenciaron los carruseles, los ponys, etc.
La historia del Monte Igueldo es la de una adaptación constante a las costumbres y gustos en materia de ocio. Son muchas las cosas que han ido cambiando a lo largo de este siglo pero, por encima de todo, mantiene intacta su capacidad para dibujar sonrisas en los rostros de sus visitantes. Ese es su auténtico tesoro.
Gracias por su comentario
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