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Períodico de Diario de Noticias de Gipuzkoa
47º jazzaldia, Crónica

La experiencia final

por nil ventós corominas - Miércoles, 25 de Julio de 2012 - Actualizado a las 05:25h

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Ker Ourio y Tejada bajo la bóveda de San Telmo.

Ker Ourio y Tejada bajo la bóveda de San Telmo. (Javi Colmenero)

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lAS noches de San Telmo se fueron a hibernar con una doble ración de música renovadora. La arriesgada programación de este espacio, que congregó el lunes a cerca de 600 personas, la noche con más afluencia, concluyó con un doble regalo para los oídos. El primer turno fue para la dupla formada por Gonzalo Tejada y Olivier Ker Ourio. El contrabajista donostiarra y el armonicista de La Reunión entregaron su prédica en la iglesia del antiguo convento.

Abrió el velo de la imponente sala el de casa, Tejada, que comenzó con un admirable solo al bajo eléctrico del preludio de la Suite nº1 para violoncello de Bach. Ayudándose con unos loops de su propio instrumento, el donostiarra deleitó con las finas notas que sacaba del bajo. Ker Ourio presentó luego sus credenciales. Este músico, considerado el sucesor de Toots Thielemans, demostró el lunes con su armónica cromática que de este instrumento se puede sacar algo más que unos acordes con regusto al Lejano Oeste.

Ya juntos, se celebró la comunión entre el virtuosismo de Ker Ourio con el ritmo pausado y grave del contrabajo de Tejada. La armónica sonaba dulce y en todo momento el dúo supo contenerse para evitar los perversos efectos de la tan temida reverberación de la iglesia. Por la profunda nave resonaron canciones de Joni Mitchell, Django Reinhardt y la famosa Moon River de Henry Mancini ("la única imagen que nos viene a la cabeza es Audrey Hepburn en la ventana", aseguró Tejada), entre otras.

El mayor reto, como confesó el contrabajista, fue uno de los últimos temas de la velada, el famoso Superstition, de Stevie Wonder. Los músicos se aventuraron por el funk de los 70 sin ningún tapujo y acertaron de pleno. El dúo terminó con una interpretación sosegada y elegante, acomodándose en plena armonía al espacio y al momento.

Más desbocada fue la segunda actuación, protagonizada por Nils Petter Molvaer y su banda bajo la estrellada bóveda del claustro de San Telmo. Fue un espectáculo de contrastes, con momentos demasiado cañeros para el reducido espacio y sonidos muy especiales. El trompetista escandinavo ofreció ayer un recital mucho más alocado que en sus anteriores visitas al festival.

El concierto fue un espectáculo completo, en el que la tensa atmósfera lograda por el conjunto estuvo acompañada de una exhibición visual proyectada en una pantalla y de un vibrante juego de luces y sombras proyectadas en las arcadas del antiguo cenobio. El trío sorprendió con la variedad de texturas que salmodiaron con sus instrumentos. La ambientación lóbrega se vio reforzada con la maestría a la trompeta de Molvaer, que conseguía unos intrigantes efectos cuando susurraba al micrófono instalado en la campana de su instrumento. Westerhus demostró la gran potencia de su guitarra y expandió su sonido tocándola con un arco, y Dahlen arañó una gran variedad de piezas percutivas de su instrumento, además de tocar la sierra musical y xilófono.

El resultado fue una actuación desigual, con unos toques de originalidad innegables, pero demasiado enclaustrados en las partes más distorsivas y aceleradas.

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