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juan ignacio vidarte director general del guggenheim bilbao y responsable de estrategia global de la fundación

"El éxito del Guggenheim no es casual, está en el ADN del museo"

Ahora que se cumplen los quince años de la apertura del museo Guggenheim de Bilbao, su director general, Juan Ignacio Vidarte, repasa la historia y el futuro de la institución, que se ha convertido en referente internacional y que aspira a seguir siéndolo en el futuro

maite redondo - Domingo, 20 de Mayo de 2012 - Actualizado a las 05:28h

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Vidarte asegura que el tiempo ha demostrado que nunca vendieron humo, y el tiempo le ha dado la razón, porque el Guggenheim Bilbao es ya una referencia internacional.

Vidarte asegura que el tiempo ha demostrado que nunca vendieron humo, y el tiempo le ha dado la razón, porque el Guggenheim Bilbao es ya una referencia internacional. (EFE)

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Donostia. Desde hace quince años Vidarte ha liderado el museo y ha visto cómo el denominado efecto Guggenheim ha puesto Bilbao en el mapamundi y se ha convertido en un referente internacional. Desde la apertura de sus puertas, metafórica y físicamente, se ha abierto de par en par una ventana al mundo y, como toda ventana, ésta ha servido para ver el mundo y para que el mundo nos vea. Vidarte suele contar orgulloso que el modelo Guggenheim de Bilbao se ha llegado a estudiar en algunas facultades del mundo. Desde 2008 Juan Ignacio Vidarte se encarga también de impulsar los nuevos proyectos en la Fundación Guggenheim como director general de Estrategia Global y, entre otros asuntos, trabaja en el proyecto del nuevo museo de Abu Dhabi.

¿Recuerda aquel 19 de octubre de 1997, cuando se inauguró el museo?

Perfectamente, son recuerdos que nunca se olvidan.

¿Estaba muy nervioso?

Recuerdo que estaba tan ocupado que no tenía ni tiempo para estar nervioso. Cuando el museo abrió las puertas fue un momento muy especial porque culminaba un proceso, pero también era un momento de mucha esperanza. Se había conseguido no solo que el edificio de Gehry empezara a ser ya reconocido, sino que, a pesar de las críticas iniciales al proyecto, el Guggenheim había recabado ya un enorme apoyo no solo de la Diputación de Bizkaia y del Gobierno Vasco, que lo habían impulsado, sino también de toda la sociedad civil.

¿Qué imagen le viene a la mente de ese día?

Recuerdo que estaba esperando, junto a parte del personal del museo, detrás de las puertas de cristal, y se empezó a formar una cola incipiente... Nos emocionamos.

¿Y en qué momento fue consciente de que el Guggenheim se había convertido en referente internacional?

Cuando se planteó hace 20 años ya aspirábamos a que cumpliera ese papel, el éxito no fue algo casual, sino buscado. Estaba en el ADN de este museo, en nuestra misión. Otra cosa es que los resultados se produjeron de una forma más rápida de lo que nosotros pensábamos. Pero si tengo que citar un momento, quizá fue cuando vimos que la ceremonia de inauguración se convirtió en portada del informativo de la cadena CNN en todo el mundo. Fue la confirmación de que aquello a lo que aspirábamos era factible, es decir, que nuestro museo podría atraer a una gran audiencia internacional. Luego llegaría la constatación de que lo que vislumbramos entonces era una realidad. En este tiempo han pasado por el museo más de 14 millones de personas.

¿Y cuándo cree que los bilbainos comenzaron a ver el Guggenheim como algo suyo?

También fue un proceso, aunque creo que ya era una evidencia cuando el Guggenheim nació con un colectivo de amigos muy importante. Para un museo que todavía no existía, nacer con este respaldo colectivo -muchos de cuyos amigos siguen siéndolo hoy- quiere decir que ya formaba parte de su identidad y de su ciudad.

¿Se sienten orgullosos del Guggenheim?

Los bilbainos se sienten orgullosos del Guggenheim. Año tras año se han dado cuenta de que el museo ha ayudado a Bilbao en su transformación, que se ha convertido en una ciudad que cada vez se visita más desde muchos lugares del mundo, atraídos principalmente por el museo, que ha servido de catalizador al proceso de transformación de Bilbao, que la proyección de la ciudad en el mundo se ha visto insoslayablemente unida al nombre del museo. Y se ha transformado en una imagen de marca en el mundo... Todo esto ha reforzado a los bilbainos en su sensación de orgullo y en el hecho de que el museo forma parte de su ciudad.

Más de 14 millones de visitas, 100 exposiciones de gran nivel artístico, 124 obras de la colección propia, un apoyo social en forma de 16.000 amigos del museo y más de 120 miembros corporativos... Quedan muy lejos aquellas críticas de que el museo se construyó para exponer el arte que no quería Nueva York...

Así es, se dijo que el Guggenheim iba a ser un almacén de lo que Nueva York no quería, que el museo iba a ser un elefante de papel, un envoltorio, un cascarón sin nada dentro... El tiempo ha demostrado que no estábamos vendiendo humo cuando afirmábamos que el museo aspiraba a convertirse en una institución de referencia a nivel internacional en el mundo del arte. Podemos estar contentos de lo que se ha conseguido en quince años, y hay que destacar de una manera muy clara el papel que han jugado las dos instituciones públicas que han apoyado al museo y a la configuración de la colección, la Diputación de Bizkaia y el Gobierno Vasco. Ambas administraciones han apostado por un esfuerzo continuado entendiendo que lo importante en una institución como esta no es solamente inaugurarla, sino también mantener la apuesta coherentemente y sin rebajar los criterios de excelencia y de exigencia. Ha habido una apuesta decidida porque el museo se vaya dotando de una colección propia, que es extraordinaria.

En estos quince años, ¿cuál ha sido la crítica que más le ha dolido?

El intento de utilización torticera que se hizo de una circunstancia desgraciada para el Guggenheim, como fue que el museo detectara el desfalco de uno de sus empleados, Roberto Cearsolo. Y que se intentara utilizar eso de una manera absolutamente injusta para tratar de desprestigiar al Guggenheim cuando fue el propio museo quien detectó esa irregularidad, quien lo puso en conocimiento de los tribunales y quien lo denunció.

¿Cree que fue un momento en el que se intentó hacer leña de lo que se creía que era un árbol caído?

Sí, afortunadamente las cosas han ido volviendo a su ser, pero, desde luego, fue un momento que a mí no se me va a olvidar nunca. Y las reacciones que hubo en aquel momento, en un sentido y en otro, tampoco.

¿Todavía le duele hablar de ello?

Lógicamente, fue muy doloroso. Fue una situación difícil por lo que implicaba, no tanto en lo personal, sino, sobre todo, en el daño institucional que creía que se podía estar haciendo y de una manera totalmente arbitraria e injustificada.

¿Y el mayor halago?

Lo que me hace más ilusión es que el museo vaya cumpliendo los objetivos para los que se creó. Ya lo he dicho en muchas ocasiones, estas instituciones no existen por derecho divino, surgen como consecuencia de una decisión, en este caso de las instituciones vascas y de la Fundación Guggenheim, apoyada después por muchos colectivos. La mayor satisfacción que tengo es que los objetivos se sigan cumpliendo.

Gehry ha afirmado que el museo va a necesitar más espacio...

Una necesidad que también coincide con las reflexiones que surgieron en torno al décimo aniversario del museo, cuando se empezó a pensar fundamentalmente en lo que el museo aspiraba a ser en un horizonte de diez a quince años. El espacio arquitectónico fue concebido hace 20 años; evidentemente, en este tiempo las cosas han cambiado mucho. En este sentido, el edificio está envejeciendo de una manera envidiable porque sigue proporcionando unos espacios únicos. Pero el arte se mueve de una manera vertiginosa, hay determinados creadores para los que espacios tan cerrados como los que tiene este museo no son los mejores.

¿Y de esa reflexión surgió el proyecto del Guggenheim en Urdaibai?

Efectivamente. No se trata tanto de una necesidad de metros cuadrados, aunque hay que recordar también que el museo nació con una reducción importante que nos ha obligado a crear espacios de almacén fuera del ámbito del museo. Pero el Guggenheim se beneficiaría con que, en un horizonte temporal cercano, pudiera tener espacios que le permitieran desarrollar actividades que aquí son más complicadas. El análisis de necesidades del museo nos obligó a pensar que la ampliación en Urdaibai, que hoy en día está sobre la mesa, podría ser un buen proyecto de futuro. Una reflexión que sigue siendo totalmente vigente para nosotros.

¿Cómo ve el Guggenheim Bilbao dentro de quince años?

Es muy difícil acertar en tal plazo cuando los acontecimientos se suceden de una manera tan vertiginosa. Pero creo que tenemos que mirar al futuro pensando en cuál es la posición que nos gustaría jugar en ese momento y qué es lo que necesitaríamos para poder jugarla. En ese sentido, el museo debería aspirar a seguir siendo, en mayor medida si cabe, una institución cultural internacional de absoluta relevancia. Creo que para eso es importante que se consolide su modelo de funcionamiento. Es complicado por la situación que atravesamos, pero se debe mantener esa apuesta por la que el museo se inclinó hace 15 años.

¿Y cómo se va a conseguir que sea puntero en 2020?

Se consigue siendo una institución muy centrada en sus visitantes, teniendo un modelo de funcionamiento sostenible, con capacidad de generación de recursos diversos, teniendo en cuenta que la mayoría de la audiencia es internacional, por lo que lo que se desarrolle tiene que tener en cuenta esos criterios de calidad, lo cual no quiere decir que se desprecie a la audiencia local. Además, para seguir manteniendo esa presencia internacional requerirá tener algunos espacios adicionales. La apuesta de Urdaibai fue un proyecto que tenía una gran capacidad de innovación y la sigue teniendo. Quizá no sea ese y sea otro proyecto, pero en quince años el museo necesitará espacios adicionales.

El acuerdo con Nueva York expira el 30 de diciembre de 2014. ¿Sobre qué bases se debería renegociar?

Sería inteligente que el museo siguiera intentando jugar un papel de mayor protagonismo en la red Guggenheim. Fue una decisión ambiciosa hace veinte años, pero sigue estando vigente. Además, lo que es hoy Bilbao en relación con la Fundación y lo que era Bilbao hace 20 años no tiene nada que ver. Hay que seguir apostando por ello.

¿Desprenderse de la marca Guggenheim sería un error?

Estoy convendido de que sería un grave error. Desprenderse de la marca Guggenheim sería un auténtico suicidio.

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