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por iñigo arbiza - Miércoles, 18 de Abril de 2012 - Actualizado a las 05:27h
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Matheuz, durante el recital el lunes por la noche, en el Kursaal. (Foto: ruben plaza)
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Fecha y lugar. 17/04/12. Auditorio Kursaal. Donostia. Intérpretes. Maxim Rysanov (viola), Orquesta Sinfónica de Euskadi, Diego Matheuz (director). Programa. M. Lavista: Tres cantos a Edurne. C. Saint- Saëns: Concierto para violoncello y orquesta nº 1 en la menor, Op. 33. N. Rimsky- Korsakov: Sherezade, suite sinfónica, Op. 35. Incidencias. El compositor mexicano Mario Lavista saludó tras el estreno absoluto de su obra. El ucraniano Maxim Rysanov ofreció la Sarabanda de la suite nº 2 para cello de Bach a modo de bis. Aforo prácticamente completo.
Combinar en el escenario a un director que procede del ya establecido y popular sistema venezolano como el joven Diego Matheuz -apoyado por Abbado- , y Maxim Rysanov, reputado intérprete de viola ucraniano, es como poner frente a frente dos modos de entender y vivir la música bien diferentes. La pasión del primero requiere lo mismo de la medida técnica del segundo, y para que esa combinación pueda fluir y dar un óptimo resultado o se produce cierto feeling entre ambos, o no hay nada que hacer.
Afortunadamente Rysanov se dejó llevar por la energía del joven Matheuz que actualmente está vinculado a La Fenice de Venecia, a lo largo del Concierto para violoncello y orquesta nº 1 en la menor, Op. 33 de Camile Saint- Saëns, con arreglo para viola de M. Sitkovskaya. Aunque Matheuz se empeñó en intentar sacar el máximo rendimiento de la partitura su gesto energético, lleno de pasión y fuerza, no siempre fue entendido por parte de algunos músicos, sobre todo en la sección de cuerdas, y los desajustes fueron muy notorios sobre todo en el inicial Allegro non troppo. No obstante, Rysanov exprimió las posibilidades que le ofreció su viola Giuseppe Guadagnini de 1780 y ofreció interesantes cotas de expresividad, controlando la situación por encima de la batuta. De hecho, la Sarabanda de la suite nº2 para cello de Bach evidenció la gran calidad interpretativa del ucraniano.
Los cantos dedicados a la Virgen, en los Tres cantos para Edurne del mexicano Mario Lavista, tuvieron como denominador común a lo largo de sus poco más de cinco minutos de duración, un sonido envolvente y muy expresivo. El estreno absoluto que se enmarca en el proyecto Estela fue acogido sin grandes alardes pero los aplausos resultaron quizás más sonoros que con las anteriores obras también estrenadas en el citado marco.
Las energías de Matheuz sin embargo se vinieron arriba ante la maravillosa Suite sinfónica Op. 35, Sherezade de Rymski- Korsakov. Su agilidad gestual se tradujo en una orquesta que vivió con fuerza la obra, una cuerda compacta, aunque no siempre ajustada, con el concertino Aitzol Iturriagagoitia estupendo manteniendo en perfecto lirismo el final de la obra. Sonoridad exótica donde el venezolano dirigió disfrutando, y dejando patente el sello del citado sistema bolivariano.
Gracias por su comentario
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