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Más de 600 delfines mulares han surcado el Cantábrico en una década
Los 30 kilómetros de mar entre Hondarribia y Bizkaia son "uno de los mejores lugares del mundo" para que sobrevivan
j.n. - Viernes, 13 de Abril de 2012 - Actualizado a las 05:26h
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Una pareja de deflines mulares, en euskera izurde haundia ('tursips truncatus'). (Foto: eibe)
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donostia. La aparición de cetáceos en la costa vasca no es ni mucho menos casual. Esos mismos delfines que irrumpen con sus aletas, que saltan como peonzas para ganarse finalmente el cariño de quien les observa están más presentes de lo que pueda intuirse. El trasiego de animales es constante. De hecho, durante la última década se han dejado ver en aguas guipuzcoanas ya más de 1.700 calderones comunes y unos 600 delfines mulares, según una primera estimación realizada por la Asociación Vasca de Amigos de los Delfines y Ballenas, Euskal Izurde eta Balezaleen Elkartea (EIBE).
Los datos, recogidos con infinita paciencia por los investigadores vascos, se antojan casi un esbozo de la verdadera presencia de estos cetáceos, con los que EIBE está realizando un importante trabajo reconocido en Europa, con el fin de garantizar su conservación.
El rico ecosistema de la costa cantábrica convierte sus aguas en un apetecible destino para los delfines, como lo fue en su día para el popular Paquito, instalado en la memoria colectiva desde hace casi una década, cuando irrumpió en la Bahía de La Concha convirtiéndose casi en un símbolo de la ciudad. Las constantes piruetas del simpático cetáceo fueron fotografiadas sin descanso y, como si de una estrella de cine se tratara, su imagen se acabó vendiendo en pósters que comercializaron hasta límites insospechados toda suerte de tiendas y librerías, que aprovecharon el repentino nicho de mercado.
Paquito era un delfín mular, la misma especie de cetáceo que volvió a irrumpir hace una semana en el Puerto de Pasaia, cuando un nutrido grupo de ejemplares se adentró en la ensenada permaneciendo varias horas en la bahía.
Son imágenes que sorprenden de cuando en cuando, pero incluso cuando no se les ven, están. Un número nada desdeñable de ellos ha encontrado en esta esquina del Golfo de Vizcaya un hábitat lo suficientemente rico y sano para alimentarse de manera permanente. En 20 millas de litoral, entre los 30 kilómetros que separan Hondarribia de la costa vizcaina, se han contabilizado nada menos que 17 especies de las 84 que habitan en el mundo. Todas ellas siguen una misma consigna: allá donde hay pescado, allá aparecen. Es el modo de vida de estos depredadores. Algo así debió ocurrir con los delfines pasaitarras. Surcaban las aguas de la bocana unos animales que, probablemente, acababan de recorrer en cuestión de horas muchísimas millas. Son cetáceos que comen de todo, desde merluza a txipirones o txitxarrillos pasando por crustáceos. Siguiendo su habitual estrategia de caza, estos animales acostumbran a rodear los bancos de pescado, protagonizando ciegas persecuciones en la que concentran todos sus sentidos, como probablemente ocurrió en Pasaia. Para cuando se dieron cuenta, ya estaban en la bocana del puerto.
Es la hipótesis más probable teniendo en cuenta la sensibilidad a los ruidos que muestran estos animales, lo que convierte en un extremo poco probable que los cetáceos se adentraran por su expreso deseo, en un puerto con tanta contaminación acústica.
El mejor lugar Pero más allá de la anécdota, los científicos se muestran tajantes: "El Golfo de Vizcaya es uno de los mejores lugares del mundo para estos cetáceos", asegura Enrique Franco, vicepresidente de Ambar, la sociedad para el estudio y conservación de la fauna marina.
Además del mular, la población de cetáceos residente en el Golfo de Vizcaya se completa con el delfín común, el listado, el calderón común y el zifio, el cetáceo más desconocido de todos ellos, que habita en grandes profundidades marinas.
Y si es uno de los mejores lugares del mundo para estas especies, es porque en la costa vasca hay otros muchos animales que están vivos junto a ellos, como se ha podido comprobar en una reciente excursión organizada por Ambar. A comienzos de mes salió desde Bermeo un barco con 45 tripulantes a bordo. Todos ellos pudieron observar en su travesía cinco especies de cetáceos distintas, entre los que avistaron dos rorcuales comunes -miden más de 20 metros-, delfines comunes, listados, mulares y calderones.
Enara Marcos, miembro de EIBE, conoce muy de cerca estas especies marinas que habitan junto a nuestras costas. La investigadora acaba de regresar de Irlanda, donde ha presentado los resultados de una tesis sobre el delfín mular. "Es una de las cinco especies residentes que tenemos. Constituyen una población que llevamos diez años estudiando y a la que vamos conociendo mejor en la medida que pasa el tiempo", revela la bióloga.
Son especies residentes porque, a pesar de sus largos desplazamientos, las crías de estos delfines nacen generalmente en aguas del Golfo de Vizcaya y, de algún modo, se acaban asentando en la zona siempre bajo la misma premisa: que haya pescado. "Que entren en los estuarios ha sido siempre algo relativamente normal. Hasta hace cincuenta años era habitual ver delfines en la ría del Bibao, en Urdaibai o en todos aquellos lugares donde había más concentración de alimentación", asegura la experta. Ahora, transcurrido el tiempo, el delfín mular se ha convertido junto a la marsopa en una de las especies más amenazadas de nuestras costas. En buena medida se debe a la calidad ambiental de las rías, que ha caído en picado, a lo que habría que añadir el dañino impacto humano que se recrudece conforme transcurre el tiempo. "Las especies más costeras son las que más han sufrido", dice la investigadora, a pesar de lo cual sigue existiendo todavía una importante población de delfines.
Saber exactamente el número de cetáceos que surcan las aguas del Golfo de Vizcaya puede antojarse tarea de chinos. Para ello, los científicos utilizan una técnica de fotoidentificación, por la cual realizan fotografías a las aletas dorsales de los animales. Según explica Enara Marcos, miembro de EIBE, esas aletas "son como nuestras huellas dactilares, todas diferentes". Los científicos crean catálogos con los que se realizan las estimaciones. Esta técnica tiene sus salvedades, puesto que no es posible hacerlo con todos los cetáceos. Los animales deben tener una aleta lo suficientemente grande, cualidad que muestra el calderón común y el delfín mular, no así los delfines comunes.
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