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por alonso escalada - Lunes, 2 de Abril de 2012 - Actualizado a las 05:26h
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en plena campaña electoral Francia se ha conmocionado y se ha atemorizado con el caso del terrorista yihadista Mohamed Merah, calificado como el asesino de la moto, por los cuatro asesinatos en una escuela judía de Toulouse y la acción policial de extraordinario despliegue que acabó con la muerte del joven terrorista. A esta conmoción y estupor han contribuido, sin duda alguna, las imágenes de la acción y el cerco policial a la casa del asesino dadas por la televisión. Los franceses, tan adictos a ver episodios y sucesos fuera de lo común, han podido contemplar con lujo de detalles el cerco a uno de los barrios de la ciudad de Toulouse, hasta ayer un remanso de tranquilidad y de pacífica convivencia.
Pero Toulouse, como otras ciudades de la Francia republicana y acogedora de inmigrantes de sus excolonias, sufre ya los cambios de una sociedad antaño segura a una sociedad multirracial, menos segura y, sobre todo, marcada por la marginación. He aquí el gran cambio social, el fenómeno nuevo y desconocido de los grandes flujos migratorios y su instalación en las banlieus o barrios de las ciudades que los acogen, pero los relegan a una marginación de ciudadanos de segunda o tercera categoría. Las banlieus de Marsella, Lyon, París y ahora Toulouse están descritas como esas esquinas del primer mundo en las que la sensación de abandono y la ausencia de oportunidades acucia a miles de jóvenes originarios de las excolonias.
Los viejos pieds noirs argelinos descritos por Camus como los aventureros de una nueva vida o fugitivos de las malas noches de su convulsa Argelia son hoy los mentalizados por imanes que predican la guerra santa y transforman en héroes y mártires a los reclutas yihadistas señalados por el dedo del imán como los nuevos libertadores de la desigualdad y la marginación, de los invisibles ante la ley, aunque hayan obtenido la nacionalidad, en este caso, francesa. Pero el nuevo yihadista, antes que francés o alemán o inglés es, sobre todo, musulmán y, como tal, está reconocido en su barrio y en la mezquita.
La sociedad actual de Occidente, que, en el caso de Europa cuenta con unos 50 millones de musulmanes, cifra a todas luces que suscita temor y desconfianza, tiene un reto difícil y, en especial, digno de ser analizado y con mayor exigencia, digno de ser resuelto. Y es el gran problema número uno en toda sociedad multicultural: el de la integración. Tanto Francia, como Alemania, Gran Bretaña y España e Italia, han aceptado acoger a estos advenedizos reconocidos en su carné como inmigrantes. Si los países de acogida han aceptado a los provenientes de otras culturas con gesto de apertura generosa, se han impuesto, como consecuencia, no solo darles acogida sino también una educación y un alto grado de formación para desempeñarse como ciudadanos hábiles para el desarrollo personal y comunitario. Es decir, la aceptación del nuevo ciudadano, al que se le ha otorgado la nacionalidad, trae una exigencia doble: la de la integración y la del acatamiento, por parte del beneficiado por la nacionalidad, de las costumbres y modos de convivencia de su sociedad de acogida.
Pero he aquí el problema: que el hecho de verse instalado en la geografía de la desigualdad, el barrio de los marginados crea en la mente de esos miles de jóvenes una conciencia de despreciado, de reducido a su condición de inmigrante y, por tanto, apartado de la oportunidades de los más ricos o más favorecidos por la educación y la vida. Y el inmigrante, por lo general esclavo por el paro, va creciendo con un doble sentimiento de marginado y de odio hacia la nueva clase de esa sociedad que fomenta tales desigualdades.
El fenómeno de la inmigración, cuando ya es vista como una amenaza para la sociedad, se transforma en miedo y en un recurso a considerarla más como digna de una legislación que tiende a resolver el problema por la vía penal.
No es por esa vía por donde ha de solucionar el problema, sino por la vía de una integración que comience por la educación y el mutuo respeto, por el reconocimiento de su dignidad como personas y la voluntad política y social de abrirles oportunidades de desarrollo.
Gracias por su comentario
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