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por Iñaki Galarraga Aldanondo - Domingo, 1 de Abril de 2012 - Actualizado a las 05:25h
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Siguiendo la idea de Peter Sloterdijk, podemos aproximarnos al concepto de 'nomotopo' como aquel lugar o dimensión humana, donde se establecen y acumulan los usos y costumbres para la coexistencia comunitaria, según los estratos de la historia. Hábitos que posteriormente se convierten en leyes y tras de la sistematización ilustrada, consustancial a la Revolución francesa, nos definen los surcos por los que avanza, no sin dificultad, eso que conocemos como el "estado de derecho". Es el enunciado moderno de "todos iguales ante la ley". Por ello, para el buen comportamiento democrático, no sólo resultará necesario el cumplimiento de la ley, sino que a su vez será importante exigir los aciertos en su promulgación, tanto de la cantidad, como en la cualidad de las leyes, ante las cuales todos, cómodamente, seamos y nos sintamos iguales.
La primera de las condiciones para el equilibrio del proceso será la independencia y la virtud de quienes tienen encomendada la aplicación de las leyes, es decir el poder judicial, pero éste es un tema demasiado amplio, demasiado controvertido en estos tiempos y sobrepasa de largo la ingenua intención de esta breve reflexión sobre regulaciones en el nomotopo.
Preguntamos ahora ¿de qué ley estamos hablando?. O bien ¿cuántas son las leyes necesarias y suficientes? y ¿cuantas las redundantes, las enmarañadoras?. Esa tela de araña legislativa que nos envuelve y nos enreda y dentro de cuyo sistema enfermizo no resulta fácil orientarse, y de cuya confusión sacan partido tramposo los leguleyos y otros tipos de predicadores.
Regulación, frente a desregulación. Libertad o normativa. Orden frente a barbarie. Liberales e integristas en la sistemática política decimonónica española. Todas ellas constituyen polaridades sobre las que se mueve nuestra manera de sistematizar la sociedad: máxima libertad (para mí) frente a la total regulación (para los demás). Y siempre la letra pequeña, o la corrección de errores en el boletín oficial, en todos los procesos en los que sólo unos pocos ventajistas tienen la lupa de la interpretación cabal.
El nomotopo no deja de ser una "nueva ciudad", una "realidad creativa y necesaria para las interacciones sociales", eso sí, especializada en el establecimiento de las normas y otros criterios más o menos coercitivos, para el correcto comportamiento en comunidad.
Es apremiante establecer qué es lo que debe ser regulado y qué es lo que puede dejarse a un desarrollo más libre
Es el momento de poner límite a tanto falso liberalismo de corte tramposo y a tanta inmoralidad
En este estado de cosas lo que resulta apremiante, al menos a nivel intelectual, es ir estableciento algunas aproximaciones sobre qué es lo que debe de ser regulado y qué es aquello que puede, sin mayor peligro de desintegración social, dejarse a un desarrollo más libre en su propia vitalidad. El dilema entre "la regula" y el tratar infructuosamente de poner puertas al campo.
El capitalismo como sistema de organización colectiva sobre la base de la acumulación de poderes y prepotencias, significados fundamentalmente, en la acumulación de capital, como cualquier otro sistema de dominio e influencia, ansía para sí mismo por la mayor desregulación posible es decir libertad absoluta. Aquello que llamamos el capitalismo desbocado, sin límites, cual caballo jadeante y fuera de todo control. Marca el atributo fundamental de lo que llamamos "la derecha" en el plano de lo económico-social. Al mismo tiempo son estas mismas gentes, agrupadas en el sector de los ricos y poderosos, quienes quieren la más coercitiva de las normativas y regulaciones, para todo aquello que tenga alguna relación con el mantenimiento del orden establecido y del que extraen sus beneficios. Libertades infinitas para acumular dineros y prepotencias por un lado y controles férreos para evitar el desorden y el descontrol, es decir la quiebra de "su orden" y "su control". O, lo que quizá resulte peor, como complemento del "estado de sitio normativo" nos inundan a leyes y reglamentos de imposible comprensión y dudoso razonamiento, para que pareciendo que "todo está regulado", todo siga al albur de los tramposos y sin la más mínima regulación. Multas y más multas, castigos y restricciones continuas para equilibrar las caídas en la recaudación.
Procesos como los de las hipotecas irresponsables y abusivas, cuyas terroríficos desajustes recaen en las personas con menos asideros en el entramado institucional. ¿Quién concedió la hipoteca? ¿Con qué valor? ¿Quien valoró el bien a hipotecar? ¿Con qué precio y sobre todo con qué responsabilidad?. Y ahora, que el "corralito ha abierto su tranca" es el ingenuo que creyó al bancario que ya había llegado el "país de la cucaña" quien se queda desauciado, sin trabajo y sin cobijo, mientras que quien le asesoró y arrastró a este estado de cosas, sigue con su empleo, remuneración y alto prestigio dentro del ranking de los triunfos financieros.
¡Qué podemos decir de las viviendas vacías y de tantas fincas en espera de tiempos mejores, abandonadas y en especulación para volver a las andadas de una economía ansiada de "panderete y tabique -tambor".
Nada se está haciendo para restablecer de manera efectiva los equilibrios y separaciones del poder, y más ahora con la emergente reactivación de otros dos poderes sobre los tres ya clasicos de Montesquieu. ¿Quién controla al poder mediático y de la propaganda en ese terrible poderío que es la creación de opinión?. Pero sobre todo, ¿quién pone coto al poder financiero, en su escurridizo, abstracto, inefable, insensible e injusto proceder?
Es el momento de poner límite a tanto falso liberalismo de corte tramposo y a tanta inmoralidad. Que cada cual se responsabilice de sus propios actos. Que se legisle con rigor, economía y menos demagogia y que la aplicación de leyes y reglamentos necesarios no sea otro embudo con orificios de enorme desigualdad, sobre todo cuando su aplicación se hace con extremada prepotencia e infinita irresponsabilidad.
(*) Arquitecto
Gracias por su comentario
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