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* Humanista y periodista, por Elvira C. García Vidales - Martes, 6 de Marzo de 2012 - Actualizado a las 05:26h
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Vivimos un momento complicado. La crisis, el mayor producto de consumo desde 2008 inyectado diariamente desde la clase política y los medios de comunicación a la ciudadanía como un veneno paralizador y no como una oportunidad regeneradora, ha destapado los excesos y miserias de los boyantes y espléndidos años del capitalismo. En ellos pocos/as alzaban la voz para denunciar la lacra del despilfarro, el consumismo, la producción incontrolada, la especulación, el fraude o la corrupción, porque casi todos vivían con la esperanza de apoderarse de un pedacito del pastel que jugosamente nos vendíamos unos/as a otros/as entre sueños de nuevo rico: invierte aquí, compra allá, no declares esto, no pagues aquello.
Pero cuando el fantasma de la crisis pide un plato en nuestra mesa y un sitio en el sofá de casa, la crítica aflora. "Tengo derechos; las instituciones deben asegurarme el presente y el futuro", reclamamos. Por supuesto, para eso se creó el Estado de Bienestar; pero no para darnos el futuro de nuevos ricos que soñábamos, sino, dentro de unos mínimos dignos, el que los tiempos posibilitan… Hemos olvidado que para llegar a ese estadio nos hemos esforzado y preocupado ética y legalmente de manera desvaída (no todos/as), pasando de soslayo sobre nuestras obligaciones y responsabilidades cívicas, sociales, educativas, morales, laborales; porque como hemos podido comprobar la crisis no es solo económica, sino de valores.
Pocos/as alzaban la voz para denunciar el despilfarro, el consumismo, la especulación, el fraude o la corrupción
Hay que ser responsables, informarse, ser conscientes y consecuentes, y saber qué queremos decir y cómo decirlo
Es indiscutible la vergüenza y el desasosiego que nos causa a muchos/as ser conscientes y comprobar día a día la putrefacción de este sistema, mientras otros/as siguen mostrándose indiferentes o regodeándose de su intacta o inmejorable situación. Un sistema que lejos de ser un ente abstracto e impersonal está conformado y se refuerza o mitiga por las personas que viven en él (en nuestras manos está, en las acciones cotidianas de cada uno/a de nosotros/as). Víctor Hugo decía que "la aceptación de la opresión por parte del oprimido acaba por ser complicidad; la cobardía es un consentimiento; existe solidaridad y participación vergonzosa entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo deja hacer". Y cuando la mayoría salíamos beneficiados/as mirábamos para otro lado y dejábamos hacer, olvidándonos de la situación precaria de otros colectivos, como los inmigrantes…, no lo neguemos ahora. Pero lo que es innegable es que antes, ahora y siempre ha estado, está y estará en nuestras manos y sueños la posibilidad de cambiar la realidad, uniéndonos, cooperando juntos/as; solo basta con luchar por ser sujetos y no objetos del sistema. La institución pública y la ciudadanía, a partes iguales, tienen la responsabilidad de hacerlo. No obstante, siento recordar a las administraciones que, como ya habréis podido comprobar, la ciudadanía no está dispuesta a callarse ante vuestros recortes, excesos, injusticias, actos corruptos y malversaciones; y que la única manera de subsanar la política y construir un futuro digno y humano es involucrarnos a todos/as en los procesos que nos afectan. Por eso, las dinámicas participativas cobran especial relevancia en este contexto de incertidumbre.
Pero la participación nunca debe ser entendida como una acción puntual que favorece el acceso a la institución a aquellos/as que no lo tiene habitualmente, preguntando u opinando gratuitamente sobre lo que se hace o se deshace; sino como un proceso que ayude a solventar satisfactoriamente los problemas convivenciales que se producen en una comunidad, que es para lo que teóricamente fueron creadas. Y es que el conflicto es inherente al ser humano, está asociado a su condición social, ya que uno/a se acostumbra a mirar por sus ojos y le resulta complicado andar con otros pies para conocer y empatizar con otras realidades. Pero no debemos olvidar que el conflicto es neutral, lo que es negativo o positivo es el modo en el que se soluciona, provocando así nuestra destrucción o desarrollo. Por esta razón, y para buscar respuestas compartidas que aseguren el bien común, debemos fomentar los procesos participativos en los que se incluya y valore de igual modo a todos los agentes afectados, ya que cada uno de ellos tiene una de las piezas (construida bajo su percepción del problema) que ayudará en la productiva y asertiva resolución del rompecabezas. Y así como la institución debe hacer esfuerzos por ser transparente, por acercarse a la ciudadanía, por demostrarle que se le escucha y se le tiene verdaderamente en consideración, venciendo el miedo al juicio y a la pérdida de poder; la ciudadanía debe salvar sus prejuicios, su actitud defensiva, aumentar su confianza y, sobre todo, educarse para formar parte de un proceso participativo. Porque este no es un foro donde informarnos de primera mano o quejarnos incombustiblemente; hay que traer los deberes hechos de casa. Hay que ser responsables, informarse, ser conscientes y consecuentes, y saber qué queremos decir y cómo debemos decirlo.
El error que debemos evitar es el de intentar solucionar el conflicto mediante la violencia. Y por violencia no me remito únicamente a las innecesarias y desmesuradas cargas policiales de plaza Cataluña la primavera pasada o las de Valencia estos últimos días (entre otras), que también, sino a la negación o justificación de estos comportamientos atroces, a la exclusión con premeditación y alevosía de las partes implicadas en los problemas, a la toma de decisiones unilaterales, a las faltas de respeto y descalificaciones por parte de políticos/as y medios de comunicación hacia personas, colectivos y movimientos sociales con los que no comulgan… Y es que como decía Gandhi "la violencia es el miedo a los ideales de los demás", ¿por miedo a que cambien los nuestros?; pero es absurdo seguir intentando mantener un pensamiento, una línea de actuación única ante una realidad posmoderna en la que la pluralidad de identidades, de culturas, de condiciones, de educaciones, de religiones, de experiencias, al fin y al cabo, de esencias, nos muestra la oportunidad, mediante su integración y no su exclusión, de hacer de este mundo un lugar para todos/as y no de todos/as contra todos/as. ¿Qué vamos a elegir?
Gracias por su comentario
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