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por javier Vizcaíno - Martes, 6 de Marzo de 2012 - Actualizado a las 05:28h
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CUANDO a un amigo mío, gallego de manual, le saludan con el clásico "¿qué tal?", él responde con otra pregunta: "¿Comparado con quién?". Más allá de lo ingenioso de la salida, en ella hay mucha filosofía. Si nos paramos a pensar, lo que somos o cómo estamos depende de con qué o con quiénes se relacione. Al lado de George Clooney, somos más feos que Picio, pero junto a Quasimodo podemos llegar a tener un aquel. Esta versión de andar por casa de la teoría de la relatividad de Einstein la aplicamos a casi todo. Muchas veces nos sirve como consuelo -siempre hay otros que están peor-, pero en demasiadas ocasiones nos conduce también a callejones sin salida e inútiles discusiones bizantinas.
Es lo que nos está ocurriendo respecto a la clasificación y estabulación de las víctimas de conculcaciones de derechos humanos según su victimario. Frente a lo que dictan el sentido común y unas gotas de empatía, se ha interpuesto una palabra perversa: equiparación. Como si el sufrimiento no fuera estrictamente íntimo y personal -y por tanto, imposible de comparar-, alguien ha decidido establecer categorías con las personas que han sido objeto de padecimiento. En el escalón más alto estarían las víctimas de ETA y de ahí para abajo, cuando no directamente fuera de consideración, todas las demás.
Lo peor es que esto no obedece a sentimientos primarios, que serían tal vez humanamente comprensibles y hasta excusables, sino a la fría y calculada determinación de no ceder el monopolio del dolor. En ese empeño, los que se pasan la vida acusando de insensibles a los demás llegan a la bajeza zafia de negarse a reconocer, por ejemplo, que los muertos de Gasteiz de marzo de 1976 lo fueron por una actuación policial intencionadamente homicida. No se dan cuenta, o quizá sí, de que su cerrazón los retrata como justificadores o incluso cómplices de un tipo de vulneraciones de derechos. Solo de uno, por supuesto.
Gracias por su comentario
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