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Tribuna Abierta

Charlas y debates

por Antxon Lafont Mendizabal - Lunes, 5 de Marzo de 2012 - Actualizado a las 05:26h

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NOS sirven, en programas de radio y televisión, copiosos debates que se desarrollan en un tiempo más bien largo, para lo que contienen, pero que por fin se autoliquidan aunque los contradictores sigan declamando.

El mensaje que se pretende comunicar se distingue, en algunos casos, por una liviandad reveladora de la esperpéntica condición cultural en la que se baña una España víctima de su reciente historia, alimentada por una chabacana post-movida, a cuyo desarrollo, directa o indirectamente, hemos contribuido.

Desgraciadamente las mugas son poco eficaces para preservarnos de los desatinos del vecino del Sur que a veces contribuimos a cultivar, situación que consigue que de Pirineos a Gibraltar nos parezcamos irresistiblemente a nuestra propia caricatura. Antes nos librábamos del contagio, ahora nos es cada vez más difícil preservarnos del asalto. Una minoría, que parece esconderse se salva de la pandemia, pero los efectos de la situación presente son devastadores. Las características fundamentales de un colectivo civilizado tales como la democracia natural, la solidaridad y el laicismo se desdibujan cada día.

Felizmente, a duras penas conseguimos borrar las conclusiones reaccionarias de esa tan importante cantidad de cohabitantes que, con orgullo en muchos casos, afirman "no hago política". Ese estrato social es políticamente correcto, es decir silencioso, pase lo que pase, con una marcada tendencia cagueta respecto a las posibles reacciones de los que apuntan con el apodo "progres", para ellos peyorativo.

Para muestra basta a veces un botón. Una singular agitación del colectivo desposeído de su predominio, parece ser incuestionable, se esfuerza en apoderarse del control de una población que desprovista de dirección habría cometido, en su mayoría, el disparate de "votar mal".

Se trata ahora de preparar al personal para redimir su error zarandeando el espantajo de posibles calamidades que traerán plagas devastadoras. Una programada campaña de artículos escritos, debates radiofónicos y televisados, con la preciosa ayuda solicitada a los que antes tachaban de adversarios, acabarán, así lo esperan, con las tentaciones diabólicas de salir de la senda trazada por batallones de cruzados dispuestos a acosar y a derribar los recientes electos. Se cambian y ya está. Algo parecido a lo que Samuel Beckett sugería a la sociedad política: "Si el pueblo no te conviene, cambia ese pueblo. La receta es bien conocida en todas las elecciones y, sorprendentemente, funciona. Los que llegan dicen encontrar los cajones vacíos y los derrotados no cesan de querer convencernos de que los nuevos rectores, o bien no hacen nada, aunque parezca lo contrario, o lo que hacen está mal. Unos y otros intoxican al elector que se presentará próximamente a las urnas. ¡Qué concepto de la democracia! Atosigamiento permanente que busca el efecto de empozoñamiento general.

Desgraciadamente las mugas son pocos eficaces para preservarnos de los desatinos del vecino del Sur

A las víctimas de la incontinencia verbal, ¿nadie les recuerda que es feo hablar con la boca llena?

Las múltiples dificultades de la vida cotidiana nos conducen al debate, aunque parezca envilecido y al diálogo, escenarios ambos de la utilización de significados que trazan los cauces de los conceptos.

Roguemos a los protagonistas de lo que debería ser una sana rivalidad a que se mantengan en su lógica natural y no se dejen despistar en el frondoso bosque de la lógica formal donde surgen las altas y malas hierbas de los tópicos facilones y gandules que alimentan ponzoñosas demagogias.

El diálogo socrático designa el horizonte de una verdad cuyo descubrimiento depende de la capacidad de los dialogantes a "dar luz a los espíritus".

No es fácil debatir en un espacio especulativo en el que el cruce de significados es permanente y causa el descontrol en la mesa de encuentro-desencuentro.

Esperamos del debate formador, como indagación socrática, una búsqueda especulativa guiada por la coherencia y la legitimación justificadas por una real capacidad de tratamiento del tema tratado. Si es necesario, se podría pensar en una utopía realizable que consistiría en el reconocimiento, por control, de una verdadera aptitud a debatir, convenido por una instancia neutra. ¿Posible? Las posiciones enfrentadas dejarían de ser asoladoras y los antagonistas tendrían la noble satisfacción de haber aportado, a la sociedad preocupada, elementos de un juicio propio en el momento de votar. Los medios de comunicación verían así cumplida la misión esencial que la sociedad les ha confiado: revelar parlamentando.

La formación de la población sobradamente mediatizada es la condición necesaria a la participación enriquecedora de la sociedad civil en su debate con una sociedad política que ocupa abundantemente el terreno en debates y apariciones públicas de todo tipo. En ambas sociedades pululan los personajes que se autosaturan, y no precisamente de ideas. A esas víctimas de la incontinencia verbal, ¿nadie les recuerda que es feo hablar con la boca llena, aunque sea de palabras?

Tres escritores nos llaman la atención por su simplicidad de acceso al juicio del encuentro real. Montaigne consideraba la conversación como una obra colectiva más rica por la manera de desarrollarse que por la materia tratada. Con su sarcástico humor, el actor y dramaturgo Sacha Guitry proclamaba, "charlemos, charlemos, hasta que tengamos algo que decir".

Dejo para el final al valioso broche del escritor Maurice Maeterlinck que, desde su sabia "belgitud", aconsejaba no escoger las personas con las que charlar, o bien debatir, pero sí aquellas con las que callarse.

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