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por jon argeder - Lunes, 20 de Febrero de 2012 - Actualizado a las 05:27h
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HACÍA tiempo que no oía el trabalenguas al que hace alusión el título. Y, en cuanto lo oí, me conectó con la situación que llamamos Crisis, que consiste en un montón de ladrillos de números, de deudas, de conceptos y de paro, mejor expresado, de personas en paro. Esos ladrillos además de lo pesados y difíciles de digerir que son, representan muy bien el enredo en el que estamos inmersos. No en vano la burbuja inmobiliaria ha tenido mucho que ver, aunque creo que el problema está más en la argamasa financiera que ha permitido este desaguisado.
No sorprendentemente, los expertos, esos señores que en su gran mayoría nos han traído adonde estamos, se afanan en presumir de sus conocimientos sobre dichos ladrillos. Pero tiene que quedar clara una cosa, hay quienes son muy responsables. Los expertos, los gestores, destacan y tienen posiciones privilegiadas porque conocen el sistema y lo conducen. Si lo conducen son los que nos han traído aquí. Sobre todo ellos. Son los que debaten, compran y venden fondos, acciones, deuda, regulan y hacen proclamas y recomendaciones. No vale decir que es el sistema el que se ha atascado. Si solo fuera el sistema, si fuera autónomo, ¿qué mérito tendrían los expertos? ¿Por qué iban a cobrar tanto? Ante el desaguisado de la crisis, los expertos, saber, seguro que saben, pero desenladrillar, lo que se dice desenladrillar, que es lo que necesitamos ahora, pues va a ser que no. Yo, al menos, no me fiaría mucho.
Por eso es generalizada la opinión que culpa al sistema. Es preciso corregirlo dicen desde Sarkozy, hasta nuestros amigos de cuadrilla (no menos expertos visto lo visto). Pero además del sistema habrá que corregir los comportamientos de bastantes personas (no tantas, el 1% según un indignado USA que proclamaba "somos el 99%"). Y ahí está la dificultad. Corregimos (corrigen, ojo) el sistema, un suponer, pero ¿quién corrige a los que manejan el sistema? Y corregir personas está, pero que muy, muy difícil. Sobre todo si se sienten poderosos. ¿Usted ha corregido algún hábito? Pues eso, difícil.
Y tengo una serie de razones muy serias para pensar que son casi, casi, incorregibles. En primer lugar tienen miedo. Están interesados en que las cosas no se desarreglen demasiado (para ellos). Me explico. Ellos gozan de una buena situación, en la gestión de fondos, en el negocio bancario, en la administración pública, o en cualquiera de esos sitios que enladrillaron ellos mismos o sus colegas. Imaginemos que uno de dichos expertos, buena persona, que las hay, se desmarca diciendo: ¡¡Nos hemos equivocado!! Sus colegas, los poderosos, no iban a estar contentos. Un desenladrillador no es bienvenido en la tribu de los expertos. Así que, lógicamente, tienen miedo. Todos los expertos. Miedo a la pregunta: ¿y luego qué?
En segundo lugar, sus retribuciones. En la feria que se ha montado, el juego es circular: los expertos se montan sus bonus, que son refrendados por otros que quieren más bonus, que promocionan a otros con más bonus… y así hasta que me llega a mí, que así cobro más bonus. En los 70, un ejecutivo de gran empresa cobraba 25 veces lo de un empleado, hoy 250 veces o más. Algunos razonan que si no se hace así, la competencia le hará una oferta sensacional y se irá. Todo empezó cuando la generación de riqueza real, tangible, fue insuficiente. Insuficiente para los expertos financieros. Y montaron la economía financiera, para mayor placer y ganancia de los expertos, de ellos mismos, y de los ricos, que creció sin tener en cuenta la riqueza real, la que reconocemos todos. Y a ver quién es el que habla de este sinsentido inflacionario, porque seguro que no hará mucha carrera.
Y la realidad es que las retribuciones de los que ocupan posiciones de poder en la banca, en el mundo financiero, no tienen sentido, no tienen sentido en el mundo real. Y todavía se siguen jactando públicamente.
Una tercera razón que apuntaba J. Pfeffer (profesor de comportamiento organizacional en Standford) en un análisis, era que la mayoría de los gestores estaban (y siguen estándolo), demasiado orgullosos de sus logros. En el fondo ante un potencial fracaso siempre piensan: "No me pasará a mí". Y siguen pensándolo, porque esto, la Crisis no les ha ocurrido a ellos. Le ha ocurrido al sistema. Y lo pagan los demás. Los parados, los servicios sociales.
Una prueba de todo lo anterior está en la escasez de dimisiones o ceses que se han producido en los últimos cuatro años, a pesar del desastre causado. Querido lector, ¿conoce algún caso de cese por lo ocurrido desde 2007? Ni los accionistas cuentan en este mundo. Conclusión: casi todos los expertos concurren en que habrá que modificar el sistema en mayor o menor grado. Pero ¿solo el sistema? Opino que las personas también.
Cierto que el sistema condiciona el comportamiento de las personas. Las enseñanzas de Zimbardo demuestran que las personas tienen comportamientos que ni siquiera imaginarían como propias, cuando están en un contexto específico. ¿Quiero decir que chicos buenos estaban en un sistema malo? Pues en parte sí. Pero mucha parte, muchos chicos estaban muy a gusto en el sistema.
Finalizando, tenemos un problema: ¿quién va a desenladrillar la crisis? Seguro que el que lo desenladrillare buen desenladrillador será. Lo malo es que, a priori, no son los conocidos. Pero una recomendación surge de inmediato: no hay que recurrir a los de siempre. Esos ya han demostrado lo que saben hacer, y volverán a hacer lo que saben: otra crisis.
Necesitaremos desenladrilladores, gestores que sean retribuidos razonablemente, que no toleren aunque sea legal, ningún exceso. Que no utilicen paraísos financieros. Que no hagan trampas, que sean solidarios con la sociedad que sufre y padece.
¿Qué dónde buscar? Ninguna duda: entre los gestores de la economía real, en la industria y los servicios. Los que saben qué es generar riqueza, y además no quieren especular, porque no va con sus principios. Aquí, en nuestra geografía, tenemos muchos, por suerte. Los hay, claro que los hay.
Gracias por su comentario
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