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Tribuna Abierta

Año Chillida

* Parlamentario del PP, por Carmelo Barrio Baroja - Miércoles, 8 de Febrero de 2012 - Actualizado a las 05:26h

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EstÁ claro que el año 2012 que acabamos de inaugurar va a estar marcado por grandes y profundas situaciones, decisiones o acontecimientos que han dado y darán título a muchos de estos 366 días. La definitiva (esperada pero no garantizada) derrota de ETA, las medidas propias y exteriores contra la crisis económica y el desempleo, la situación europea, las incógnitas de la mal llamada primavera árabe y su repercusión internacional (estabilidad, petróleo, dictaduras), la situación del pueblo saharaui y su definitiva liberación de la opresión marroquí, el contundente protagonismo de los BRIC, etc. irán dejando momentos transcendentales que fijarán, sin duda, nuevas formas de entender nuestro entorno y nuevas maneras de adecuarnos a nuestra realidad e interpretar las que nos rodean y condicionan.

Y, aquí, los vascos vamos a seguir viviendo con esos condicionantes y con las exigencias existenciales que surjan de los mismos. Sabremos adecuarnos a las dificultades, a los retos, a las inclemencias o la bonanza como lo hemos hecho siempre en nuestra historia a pesar de la mitología y los complejos. Pero también tenemos que ser capaces de percibirnos a nosotros mismos y de entender lo que hemos sido adentrándonos en lo esencial, no en lo artificial.

Por ello, 2012 debe de ser un año clave para dar solución a una asignatura pendiente que el País Vasco y sus instituciones tienen con quien ha sido el artista vasco más importante y un interpretador auténtico de muchos de nuestros conceptos existenciales. Eduardo Chillida, su legado y su memoria, no se merecen vivir hoy entre la desconfianza política, la ignorante prepotencia institucional y la infravaloración táctica de su magna obra y de sus geniales e indelebles huellas.

Años Chillida ha habido muchos desde que a principios de los años 50, en la fragua de Illarramendi de Hernani, el maestro realizase en hierro Ilarik. Ahí están sus premios y condecoraciones, sus encargos internacionales, sus exposiciones y participaciones en los mejores museos, bienales, certámenes, su presencia en las calles de las principales ciudades del mundo, sus nombramientos honorarios, su compromiso con los valores cruciales del ser humano, su visión del mundo y sus proyectos.

Año Chillida bien lo pudo ser 1960 cuando recibió el premio Kandinski o 1977 cuando apuntala a la inmortal San Sebastián con su Peine del viento o 1988 cuando la Bienal de Venecia le confirma entre los grandes o 2000 cuando inaugura para los vascos y para el mundo su gran obra, Chillida Leku.

El precio a convenir no es el problema, estaría muy por debajo de su valor real y eso es un hecho objetivo

no podemos cometer el error histórico de maltratar y desperdiciar nuestras señas de identidad

Desde 2002, diez años, precisamente, el maestro ya no está entre nosotros, pero su obra se difunde en progresión geométrica, el valor de sus creaciones no deja de aumentar, sus proyectos aún podrán ver la luz (sí, la luz, en Tindaya), sus referencias artísticas en cuanto al uso de los materiales, las formas, la ocupación del espacio, la dimensión del hombre, la naturaleza están en todas la Escuelas y Facultades de Bellas Artes y Humanidades, sus imágenes artísticas siguen identificando a nuestra Universidad, a Kutxa, a San Sebastián 2016.

Y mientras tanto, qué hacen por aquí las instituciones, sobre todo Gobierno Vasco y Diputación de Gipuzkoa, ¿perder el tiempo, quizá? ¿Permitirse el lujo de que Chillida Leku continúe cerrado desde hace ahora un año? ¿Permanecer insensibles a las razonables demandas que la familia del escultor traslada con humildad y con sentido de la responsabilidad a las instituciones? ¿Pensar que la inacción y el olvido puede traerles beneficios por desistimiento? ¿Por qué ese maltrato y desinterés hacia la familia Chillida por parte del Gobierno y la Diputación?

Los Chillida Belzunce han sido claros, directos y sin duda generosos en sus planteamientos para la pervivencia de Chillida Leku. Ellos no pueden soportar el mantenimiento, conservación y gestión diaria de un museo de estas características y se lo ofrecen a las instituciones. Y realizan esta oferta en unas condiciones asumibles y absolutamente beneficiosas para los departamentos de cultura foral y autonómico. El precio a convenir no es el problema, estaría muy por debajo de su valor real, muy inferior a las tasaciones artísticas, y eso es un hecho objetivo. Estaríamos hablando de que la operación tendría características de donación. Y el resto de condiciones son cuestiones de sentido común para garantizar que la obra de Eduardo Chillida se inmortalice y se perpetúe en Euskadi.

Chillida Leku necesita la garantía de un futuro estable, no un apoyo coyuntural ni un arreglo en forma de subvenciones, y eso lo da únicamente la adquisición por parte de las instituciones públicas. Y también necesita de cara a su pervivencia que se respeten las tres premisas consideradas esenciales por los herederos del maestro y están son: el carácter monográfico del espacio, la unidad permanente de la colección en los actuales terrenos y la responsabilidad sobre el legado de Chillida, es decir un voto de calidad de la familia del autor como medida de precaución para que no se varíe la concepción del museo, cuestión esta última que parece incomoda a la Sra. Urgell y a la Sra. Badiola, pero que es lo que garantizaría que fuera un museo de autor como lo son el Museo Rodin o el Museo Dalí.

Alguien tiene que ser capaz de reaccionar y en 2012 transformar la espeluznante expectativa del Chillida Leku cerrado y la amenaza de su desaparición en un nuevo año Chillida, en el de la ilusión de un definitivo museo auténtico, único, vasco y universal se materialice para siempre en Hernani y que solo se cuestionen, se discutan y se valoren nuevos los proyectos e iniciativas que alrededor de Chillida Leku podrían llevarse a cabo en el orden cultural, artístico, turístico, etnográfico, etc.

Los vascos tenemos muchos problemas, que seguro superaremos en nuestro marco de actuación español y europeo, pero no podemos cometer el error histórico, que nos marcará para siempre, de maltratar y desperdiciar nuestras señas de identidad.

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