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por iñaki urdanibia - Martes, 24 de Enero de 2012 - Actualizado a las 05:26h
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Desde que hace ya unos añitos, a mediados y finales de los sesenta, este sociólogo publicase un par de obras (Los herederos y La reproducción), en colaboración con Jean-Claude Passeron, sobre el medio estudiantil y la enseñanza hexagonal, su fama traspasó las fronteras de lo académico para convertirse en lectura apreciada e influyente en sectores amplios de la sociedad francesa. Desde entonces no ha parado de impartir enseñanzas en el Collége de France de la rue d'Ulm, y en otros centros, de dar conferencias sobre los más variados temas y ya en la última época sorprender a los libreros y críticos con una obra especializada que tomaba el pulso del estado de la sociedad francesa, La miseria del mundo (1993), enorme trabajo de campo que movilizó a numerosos colaboradores, al convertirse en un superventas entre gentes de la más variada condición. Coincidía tal ampliación del eco de su voz con las imágenes que se sucedieron del sociólogo con megáfono en mano a pie de obra , de asamblea, de encerrona, con los ferroviarios en huelga, con los inmigrantes y con otros colectivos en lucha, defendiendo las posturas de éstos y reclamando frente a la izquierda domesticada, una gauche de la gauche. Ya lo decía él mismo en una entrevista con Antoine Spire: "Si el mundo social me resulta soportable, es porque puedo indignarme".
La indignación no le surgió a edad avanzada sino que le venía de lejos y ello, por lo menos, en dos sentidos. Por una parte, el ser destinado a Argelia para cumplir el servicio militar le hizo conocer las infames condiciones de existencia de los bereberes en Kabilia, lo que le llevó a profundizar en las costumbres y modos de vida de aquella gente, además de en su precariedad; trabajo de campo que había experimentado anteriormente en el estudio de su sociedad natal, la bearnesa (nació en Denguin, Pyrénées Atlantiques, el 1 de agosto de 1930). Su indignación se forjó igualmente desde sus orígenes al pertenecer a una familia sin mayores recursos y pasar alguna temporada en internados que le dejaron, en sus recuerdos, una huella nefasta y un hábito de estudio reforzado (no hay bien que por mal no venga), al encerrase en su cuarto embebido en innúmeras lecturas y más lecturas mientras el resto de sus compañeros se divertían con actividades que a él le repateaban; a estos recuerdos se le vinieron a sumar, al trasladarse a París, para continuar sus estudios, las diferencias que constataba entre los estudiantes venidos de la periferia hexagonal y los parisinos, a lo que venía a sumarse una tajante distinción de pertenencia, de clase social que implicaba distintos modos de expresarse, de vestir, de comportarse, de gustos, etc.
Toda esta acumulación -y conste que no pretendo establecer un visión causalista- se dejaron ver en su quehacer teórico y han sido subrayadas por colegas suyos como Jacques Bouveresse, que coincidió con él como docente en la prestigiosa institución parisina antes nombrada, quien consideraba a nuestro hombre como un destacado "sabio y político", o por algún otro admirador, como Michel Onfray, que "celebraba el genio colérico" del bearnés, mirándose, eso sí como en él es habitual, paralelamente en el espejo de los parecidos de origen (el nombrado es normando, su madre era interina y fue abandonado en un insoportable internado).
Estos signos de distinción selectiva le marcaron y le condujeron a encaminar su mirada hacia las instituciones de las que participaba sin convertirse en papagayo de ellas; su comportamiento fue considerado como poco solidario para con sus compañeros de profesión al criticar sin ambages los chanchullos, los sistemas basados en la herencia que se transmitía en un cerrado ciclo reproductivo endogámico, lo que generaba por otra parte hábitos (habitus) que distinguían el estatus de quienes pertenecían a una profesión o a una categoría profesional. Se ha hablado de él como de un mandarín insumiso ya que aun siendo un mandarín respetado como un clásico en el campo de la enseñanza, y un hombre respetado dentro y fuera de ella, no se cortó ni un pelo en luchar contra el mandarinazgo y sus privilegios al modo de un tal Li Zhi que le servía de modelo.
Se cumplen diez años de su muerte y su voz sigue presente y como él mismo profetizó iba a costar hacerle callar
Su tarea intentará hurgar en el fondo de todas las cosas, de todas las formas sociales y las formas de dominación
Puede considerarse igualmente un signo de su compromiso rebelde el mostrado en su propio enfoque sociológico, que le llevaba a aplicar al estudio de nuestras sociedades modernas los instrumentos de la etnología, la antropología, el psicoanálisis y… de la sociología obviamente. Este giro supuso un giro discordante en los pagos de la sociología controlados por las visiones estadísticas y cuantitativistas propias de la sociología norteamericana, lo que tampoco es que le valiera ampliar el número de amigos dentro del colectivo profesional adocenado en la repetición de la repetición funcionalista, etc. Caminaba, no obstante, manteniendo en alto la bandera alzada por el fundador de la física o filosofía social (léase "sociología") Auguste Comte en su Curso de filosofía positiva, de saber para prever y prever para actuar, o dicho de otro modo: "ciencia de donde previsión, de donde acción".
Su mirada se abría en amplio abanico a campos que cubrían todas las esferas de la vida social: los gustos en sus distintos campos (literarios, culturales, artísticos, maneras de vestir…) los aparatos de reproducción como los medios de comunicación o las instituciones escolares, las concepciones acerca de las diferencias de género; los criterios acerca de estos distintos aspectos, que vienen a constituir un canon de lo que se debe pensar y de lo que se debe reproducir a las generaciones futuras para que las cosas sigan igual en "el mejor de los mundos posibles". Siempre guiado por un inagotable proyecto de erigir la ciencia como "un inmenso aparato de construcción colectiva colectivamente utilizado"; una "ciencia con conciencia" que diría Edgar Morin.
Su quehacer estaba guiado, tanto en lo político como en lo epistemológico ("la crítica epistemológica va indisolublemente unida a una crítica social") por una perspectiva histórica al considerar la realidad y nuestros valores como esencialmente históricos; su empeño consistía así en deshacer (deconstruir podría decirse) la historia consagrada para desvelar lo que tras ella en realidad se ocultaba, al haber quedado fosilizadas ciertas concepciones que parecían proceder de la eternidad, o como si fuesen consustanciales a la propia constitución del género humano, venidas del cielo o de la cohorte que desde él ordena las cosas del más acá. Su tarea intentará hurgar en el fondo de todas las cosas, de todas las formas sociales, de todas las formas de dominación, sacando a relucir todas las mistificaciones sedimentadas a lo largo del paso del tiempo; siempre buscando raisons d'agir (así se llamaba la editorial que él creo) para buscar un futuro fraternal y un mundo habitable. Labor infatigable de cara a construir un espacio público crítico, cuyas normas debían ser exigentes a la hora de introducir una politización de los saberes en ruptura con una lógica del embrutecimiento que sería la característica exclusiva de los grandes medias y otros instrumentos de reproducción social.
Ahora que se cumplen diez años de su fallecimiento, el 23 de enero de 2002, su voz sigue presente y como él mismo profetizase iba a costar hacerle callar. Como muestra de su permanencia y de la presencia pertinente de sus enseñanzas, ahí esta la consideración que dentro de la sociología se le presta, amén de la reciente publicación de uno de los cursos impartidos en el Collége de France, Sur l'Etat. Cous au Colége de France (1989-1992)", publicación con la que se inicia la edición de sus cursos (todos editados en colaboración por Seuil y Raison d'agir). Lecciones que recogen muchas de las ideas dispersas a lo largo y ancho de su obra y que nos son presentadas en su propia elaboración titubeante; reflexiones centradas en las relaciones de dominación que en lo referente al Estado no pueden limitarse a la definición weberiana del monopolio de la violencia física, sino al que han de sumarse, según el ahora recordado, la violencia cultural e informacional, económica y, muy en especial, simbólica (ampliando, desplazando, la concepción marxista del capital económico al capital simbólico). Siempre con la tenaz esperanza de que "sólo la conjunción ideal de todos aquellos, investigadores y militantes, que tienen algo que aportar a la tarea común, podrá construirse el formidable edificio colectivo digno, de una vez, del concepto trillado de proyecto de sociedad".
Y si este pensamiento continua vivito y coleando, podría recordarse el proverbio árabe de que "ladran los perros, avanza la caravana", o como decía el personaje cervantino: "ladran luego cabalgamos"; y mientras la marcha, bajo el estandarte de penser autrement que propusiese Michel Foucault, continua con éste mismo, con los Gilles Deleuze y Félix Guattari, con Jacques Derrida, y por supuesto con Pierre Bourdieu (nom de Dieu! Levantando cortafuegos y cortocircuitando pretendidos saberes consolidados)… por la brecha abierta en su momento por el engagement de Jean-Paul Sartre… al otro lado, junto al pesebre, el alboroto de las descalificaciones del coro de quienes proponen airados un rétour à l'ordre permanece chillón bajo la batuta de Luc Ferry, en su tiempo ministro chiraquiano, y su amigo en amalgamas simplificadoras Alain Renaut: "impostor", "populista", "neo-staliniano", "propagador de puro agit-prop"…¡ Así, Pierre Boudieu!
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