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* Doctor en Veterinaria, donostia, josé manuel etxaniz - Miércoles, 6 de Abril de 2011 - Actualizado a las 05:36h
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Libro de albeitería. (Foto: n.g.)
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dURANTE este año, diversos actos que se celebrarán en todos los países del mundo celebrarán el Año Mundial de la Veterinaria, coincidente con el de la Química, aunque por razones obvias el autor se referirá únicamente a los suyos. La justificación de tal conmemoración se debe a que precisamente hace 250 años, un abogado francés aficionado a la equitación, Claude Bourgelat, fundó, en una modesta posada del suburbio de la Guillotière de Lyon, la primera Escuela de Veterinaria del mundo.
Habrá que preguntarse qué ocurría con la salud de los animales, especialmente de los caballos, antes de la irrupción en la Historia del caballero Bourgelat y la respuesta, cuando menos en nuestras latitudes la tienen los albéitares, también llamados en el Reino de Aragón y otros países europeos, los mariscales.
Guillaume Anclier, cita, en catalán, el siguiente pasaje datado en 1276, en la Historia de la Guerra de Navarra: .......E viratz demandar meges e marescal. (Y veréis solicitar médicos y mariscales).
Al proclamarse Abderramán III califa de Córdoba y especialmente cuando accede al poder su hijo Haquen II, la ciudad andaluza se convertirá en la capital del occidente culto, desplazando a la Bagdag abásida, albergando a los continuadores y cultivadores de la cultura oriental grecobizantina y persa. De esta manera, se introducen en España las traducciones árabes de la Hippiatrika grecobizantina que mandara recopilar Constantino VII, junto a otros tratados que, especialmente sobre los caballos, fueron escribiendo otra serie de autores árabes. Esta ciencia constituirá la Albeitería y sus practicantes recibirán el nombre de albéitares.
La existencia de albéitares no herradores está registrada desde la Edad Media en las Siete Partidas del Rey Don Alfonso el Sabio, en El Libro de los Estados y en El Libro del Caballero y del Escudero de D. Juan Manuel, por citar algunos.
Finalizada la Reconquista quedó castellanizada la voz de albéitar, como el encargado de las actividades de los antiguos hipiatras. Si bien comenzaron como menestrales y mezclados con los herradores, perfeccionan sus conocimientos con la práctica y la abundante producción literaria especializada de albéitares españoles, adquiriendo una cultura que les permite titularse, como aplicación de sus estudios, sin confundir su actividad como artesano y como albéitar, representando en los siglos posteriores y hasta su extinción, una profesión culta y respetable de su tiempo, como médicos, cirujanos y boticarios y muy superior, en no pocos casos, a los mariscales y herradores del resto de los países europeos.
Este período empírico y práctico finalizará con la Carta Real de Merced de Isabel I de Castilla, fechada en Toledo el 24 de mayo de 1475, dirigida a Francisco de Peñalosa, estableciendo el Real Tribunal del Protoalbeiterato y nombrando examinadores al citado destinatario y a Juan Alonso de Valladolid.
Los examinadores eran expertos de reconocido prestigio que el rey nombraba entre los albéitares de las Reales Caballerizas; el tribunal tenía por esta razón el calificativo de Real, título que mantendría en los tres siglos y medio de su existencia y su sede estaba en la localidad que servía de residencia a los monarcas. Desde que Felipe II en 1561 señaló definitivamente a Madrid como capital del Reino y sede de su Corte, todos los servicios palatinos se instalaron en Madrid, incluido el Real Tribunal del Protoalbeiterato.
Posteriormente se crearía otro tribunal en Navarra, a comienzos del siglo XVI. De esa época datan cuando menos, los tribunales de Aragón, con sede en Zaragoza, Cataluña, radicado en Barcelona, y el del Reino de Valencia, en la capital del Turia.
Los aspirantes al título, adquirían sus conocimientos y adiestramiento en los establecimientos de los albéitares, a modo de pasantía, sistema que permitía adquirir práctica y teoría, que luego habrían de revalidar ante el Tribunal. Ya en el siglo XVIII, en las Ordenanzas del Gremio de Albéitares de Madrid, al lamentar la limitada duración del aprendizaje, se estableció como requisito previo hasta siete años, certificados por el maestro con quien se había formado el aspirante que, sin embargo, no se cumplieron.
Los exámenes consistían en ejercicios teórico-prácticos, respondiendo a las preguntas del tribunal, con la prueba final del arte de herrar y forjar y se establecían hasta un máximo de tres convocatorias con intervalos de hasta un año. La teoría se aprendía en los libros de la época que ya venían redactados a modo de preguntas y respuestas, facilitando el trabajo tanto a examinadores como a examinados.
Los aspirantes, una vez aprobados, debían acreditar su limpieza de sangre, dejando constancia de su origen y de que era notorio de sangre, christiano viejo, limpio de toda mala raza de judíos, moros, agotes y penitenciados por la Santa Inquisición y de otras sectas y manchas reprobadas.
Aunque la primera Escuela de Veterinaria en España se inaugurara en Madrid en 1793, los albéitares ejercieron hasta finales del siglo XIX, desapareciendo ante el avance de la Veterinaria moderna, científica y universitaria. Curiosamente, todavía hoy se denomina en euskera en nuestro medio rural al veterinario como albaitaria.
En otra próxima entrega nos referiremos a los inicios de la Veterinaria.
Gracias por su comentario
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