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La artista donostiarra Sara Morante da vida a las entradas del "Diccionario de literatura para esnobs", un compendio de escritores pintorescos, vivencias dramáticas, éxitos que parecen fracasos y desdichas que conceden la inmortalidad.
Ruth Pérez de Anucita
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Es relativamente sencillo reconocer a un esnob entre la multitud, porque una de las características de los adeptos a la pedantería es expresar abiertamente sus consideraciones, siempre minoritarias y con frecuencia a contracorriente. Pero ¿es posible que una ilustración capte en sus trazos el espíritu de esta culta pretenciosidad? El libro Diccionario de literatura para esnobs y (sobre todo) para los que no lo son (Impedimenta) de Fabrice Gaignault, director de cultura de la edición francesa de Marie Claire, demuestra que sí bajo la firma de la ilustradora donostiarra Sara Morante.
La treintena de dibujos que completan lo que se subtitula como el Glosario esencial de lo más puntero en literatura -su autor ya articuló un diccionario parecido en las disciplinas de rock y cine- pertenecen a esta estudiante de Artes Aplicadas en Dublín que, después, ríe, se hizo "mercenaria" y trabajó en una oficina. No llegó, sin embargo, a abandonar la ilustración. Desarrollaba su afición en Arteleku bajo el magisterio de Don Herbert, profesor de litografía, reconocido artista y "padre adoptivo", hasta que este, hace dos años, le animó a dedicarse a tiempo completo a lo que más le gusta.
Junto a su mentor, las redes sociales han constituido su mejor aliado. Facebook es una "gran herramienta de trabajo y de contactos", reconoce; allí cuelga sus ilustraciones y así la encontró el editor de Impedimenta, Enrique Redel. Se conocieron en la Feria del Libro de Madrid y Redel, que no había visto nunca un retrato de Morante, intuyó, sin embargo, que su estilo encajaba con un libro que le tenía fascinado y estaba decidido a publicar: el Diccionario de literatura para esnobs.
"El texto y las ilustraciones participan de un mismo espíritu: respeto, admiración y un toque malévolo", describe el editor a la vista del resultado. "Es un estilo muy elegante, las revistas de moda flipan con ella", piropea a la ilustradora. Algo que ha corroborado el propio Gaignault, que ha confesado que le gusta "más" la edición en castellano que en francés. Poco dado al elogio fácil, como se observa en su glosario, le ha escrito un efusivo mensaje a Morante en la que le ubica dentro del círculo: "Eres parte del equipo ganador; no eres una ilustradora, eres una artista".
Los textos de Gaignault, preñados de datos pintorescos y apuntes irónicos, han supuesto la principal fuente de inspiración de la dibujante, aunque también se ha documentado profusamente sobre algunas biografías, pero "más que nada por curiosidad".
Es un libro, efectivamente, que invita a investigar más, a descubrir o redescubrir a autores poco leídos en vida, o leídos y olvidados, o que ocultan con obstinación su identidad, o a quienes la historia rescata y arrincona sucesivamente. Como a Maurice Dekobra (1885-1973), el gran best seller de su tiempo (el periodo entreguerras), que vendió 90 millones de ejemplares, fue traducido a 75 lenguas y, en Nueva York, formó una cola de seis kilómetros de admiradores que esperaban una dedicatoria suya. Hoy: ¿quién lo recuerda?
Para entender el espíritu del libro, es revelador saber que de los hermanos Brontë, ignora a Charlotte y Emily, y recupera a Patrick Branwell, modelo para el Heathcliff de Cumbres borrascosas. Pero el criterio de la selección no es, como pudiera parecer, (únicamente) el fracaso. El diccionario incluye también entradas de escritores con éxito popular como Ian Flemming, que consiguió publicar su primer título de James Bond once años antes de su muerte. Probablemente el honor de pertenecer a la lista de Gaignault se deba a que, en cuanto se embolsó el dinero, se compró una casa en Jamaica donde cultivó "el amor por los libros antiguos y los cócteles muy alcoholizados". A Winston Churchill lo acepta porque se le considera candidato a la paternidad de la enigmática novela Madame Solario y, posiblemente, por su terrible sentido del humor. Cuenta el autor que una dama, hastiada de sus ocurrencias, le reprochó: "¡Si yo fuera su esposa, echaría veneno en su taza de té!". El político británico le contestó velozmente: "Si yo fuera su esposo, lo bebería".
El odio está presente bajo distintas y sutiles formas en el glosario. A Marguerite Duras le dedica una entrada venenosa: "Hacendada (y escritora) francesa, famosa por haber alquilado durante varios años una buhardilla al gran escritor español Enrique Vila Matas".
Prologado por José Carlos Llop, el volumen, en el que proliferan el hedonismo, la infidelidad y el culto a la juventud y a los finales dramáticos, también se acuerda de editores, como Christian Burgois, que manifestó en voz alta su deseo de "solo publicar para los dos mil auténticos lectores". "Hay, en efecto, algo de dandismo", le concede Gaignault, "en empeñarse en publicar los doce volúmenes de Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell, cuando el primero de ellos no había obtenido el menor éxito". "Para los esnobs literarios, tiene igualmente en su haber el mérito de haber tomado la decisión kamikaze de publicar Modelo matemático de la morfogénesis, una obra de René Thom, padre de la teoría de las catástrofes, de la que el editor confiesa no haber entendido ni siquiera el título", recoge con humor.
aforismos exquisitos
El contable Thompson
Existen referencias para fenómenos como el jersey de cuello vuelto -bastante denostado-. O lugares como el establecimiento neoyorquino de Los Algonquines, en la 44, que se convirtió en los años 20 (hasta el crack) en el centro de la vida literaria y teatral de Manhattan. John Fitzgerald Kennedy confesó que "siendo adolescente soñaba con tres cosas: convertirme en un héroe como Lindbergh (el aviador que cruzó por primera vez, en solitario y sin escalas, el océano Atlántico), aprender chino y ser admitido en la Tabla Redonda del Algonquin". Y también para géneros como el periodismo gonzo, neologismo acuñado por Hunter S. Thompson "para designar una forma de reportaje en parte basado en la confrontación de imágenes provocadas por la ingesta bestial de Chivas Regal y LSD". El autor cuenta que cuando le preguntaron qué habría sido de Thompson sin drogas y sin armas de fuego, Jan Wenner, redactor jefe de la revista Rolling Stone, declaró sin reparos: "Un contable. De eso no me cabe la menor duda".
Junto a la galería de personajes hermosos y malditos, como los bautizaría Scott Fitzgerald, en el libro abundan los aforismos. Desde el imperativo formidable de Oscar Wilde -"deberíamos ser siempre inverosímiles"- a la esperanza de Frédéric Berthet, aficionado al "mujerío y al copeo", que esperaba que "el mundo le concediera de noche lo que se empeñaba en negarle de día". La lucidez de Hélène Bessette, considerada "infinitamente superior" a Duras por los esnobs, que vivió cosida a la literatura y supo que todo terminaba con ella: "Esto es el final -les anunció a sus hijos-, ya no escribo con la cabeza". Y la impertinencia de la poeta Anna de Noailles, que interrumpió una discusión de Cocteau y Mauriac sobre la existencia de Dios con un improrrogable: "¡Ya está bien, si Dios existiera, habría sido la primera en enterarme!".
Gracias por su comentario
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