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JUAN G. ANDRÉS - Sábado, 5 de Febrero de 2011 - Actualizado a las 05:41h
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La actriz Bárbara Lennie, en una imagen de la película "Mujeres en el parque". (Foto: alta films)
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DONOSTIA. Bajo la dirección de Miguel del Arco, Kamikaze Producciones ha adaptado Seis personajes en busca de autor, estrenada por Luigi Pirandello en 1921. Esta revisión de la obra la protagonizan Bárbara Lennie, Israel Elejalde, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez. La acción, trasladada al siglo XXI, comienza cuando dos actores son interrumpidos por cuatro personas en mitad de la obra que representaban. Entonces surgen las preguntas. ¿Quiénes son? ¿Forman parte de la función o quieren reventarla? ¿Desde cuándo se exige al público que se exprese durante una representación de teatro?
¿Es el texto fiel al original?
Queda lo esencial del discurso de Pirandello, pero el texto es actual, y pronto se plantea el conflicto entre lo real y lo irreal.
¿Qué personaje encarna usted?
Prefiero no desvelar mucho para que la gente no sepa con qué se va a encontrar, pero interpreto a una mujer que quiere contar y revivir su historia para poder liberarse de cosas que lleva tiempo arrastrando…
¿Se sorprenden los espectadores con el planteamiento?
Aspiramos a que sí. Jugamos a que haya algo desconcertante, a que unas cosas parezcan verdad y otras no... Por las caras y acciones de algunos espectadores, a veces lo conseguimos.
¿Y se percibe la incomodidad en el patio de butacas?
A veces sí, porque los espectadores pueden estar un poco despistados y no saben si les hace gracia o no, si lo que ocurre es verdad, si nos estamos riendo de ellos... El tono de la función es desconcertante, pasamos de la tragedia a la frivolidad total, y por eso también se incomodan, porque estamos acostumbrados a llegar al teatro y limitarnos a ver lo que se nos cuenta. Aquí hay un esfuerzo por involucrar al público en la historia, y a través de sus ojos puedes seguir contando cosas.
¿Pero el público participa en la obra activamente?
Algunos hablan, el público de Cuenca, por ejemplo, era bastante charlatán, y opinaba sobre lo que decíamos los actores. Otros, en cambio, no quieren ni que les mire.
Y si un espectador hace un comentario, ¿lo incorporan a la obra?
Claro, claro, hemos ido aprendiendo a hacerlo. Al principio daba mucho miedo porque el público impone mucho, pero después de un año de representaciones hemos logrado disfrutar de lo imprevisible que puede ser una función. De todos modos, aunque incorporemos cosas, luego siempre seguimos en la línea del texto.
El director de la obra utiliza el término "terroristas culturales" para definir a los cuatro personajes que irrumpen en mitad de la función.
Tiene que ver con esa cosa de intentar movilizar al que está ahí sentado, que no tenga una visión pasiva, sino activa, de lo que está contemplando. Es un texto complicado, con momentos cotidianos y elevados, que plantea cuestiones filosóficas difíciles de entender. El espectador tiene que esforzarse por entender el juego que planteamos.
¿Eso no puede ser un escollo para atraer al público que simplemente va al teatro a evadirse?
Es imposible llegar a todo el mundo, pero no se debe renunciar a cosas interesantes por miedo a que la reflexión espante a cierta gente. Hay que ser ambicioso y no cortarse para llegar a la masa, no hay que volar bajo para llegar a mucha gente. De todos modos, la función es muy lúdica, es un gran juego con distintos niveles de interpretación, y unos espectadores se quedan con unas cosas y otros con otras. Tiene un ritmo de infarto, casi arrastra al público, lo zarandea: pasamos del llanto a la risa, del silencio al estruendo total...
Es su segunda obra de teatro después de "Trío en si bemol". ¿Se siente más a gusto que ante la cámara?
Me siento muy bien en el escenario porque mi formación es teatral. No distingo mucho una cosa de la otra porque no he decidido convertirme en actriz para serlo en un medio determinado: me parece tan natural trabajar en cine como en teatro. He tenido la suerte de empezar muy joven en el cine, y soy una espectadora incansable. Pero el teatro no lo quiero dejar porque me aporta cosas que el cine no.
¿Por ejemplo?
La inmediatez, la capacidad de hacer las cosas en el momento y tener una respuesta inmediata. Eres dueño de ese instante, no hay más artificio que tu cuerpo, el escenario, la voz, tus compañeros y el texto. Hay algo muy brutal en la experiencia teatral, es difícil compararlo con nada. Pero también disfruto del artificio del cine, de la imagen, de trabajar a otro nivel, de permitirme un susurro, una mirada...
¿Tiene algún proyecto cinematográfico en cartera?
No. Voy a centrarme en otra obra de teatro, Veraneantes, una adaptación del texto de Gorki que también dirigirá Miguel del Arco. Pero este año tengo pendientes de estreno Dictados, un filme de Antonio Chavarrías con Juan Diego Botto, y La piel que habito, de Pedro Almodóvar.
¿Cómo ha sido trabajar con él?
Puedo contar muy poco porque mi personaje es pequeño y al guión completo sólo acceden los actores con más secuencias. Por lo que sé, va a ser muy potente, Pedro ha puesto mucho de él en esta película. Yo lo he pasado fenomenal, ha sido una experiencia preciosa, y la película tiene una pinta impresionante…
"Intentamos movilizar al público, que no tenga una visión pasiva, sino activa, de lo que está contemplando"
Gracias por su comentario
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