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final del cuatro y medio faltan cinco días

Al final del laberinto

Abel Barriola alcanza la final del Cuatro y Medio tras una lesión complicadísima y un buen verano, en el que ha logrado recuperar su mejor forma. Su motivación es absoluta: "Esta final me hace una ilusión especial", avisa.

Igor G. Vico

- Martes, 7 de Diciembre de 2010 - Actualizado a las 04:35h

Abel Barriola muestra su mano derecha, en la que se apoyará para tratar de tumbar a Juan Martínez de Irujo el próximo domingo.

Abel Barriola muestra su mano derecha, en la que se apoyará para tratar de tumbar a Juan Martínez de Irujo el próximo domingo. (FOTOS: DAVID DE HARO)

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"es importante el camino que escoges para ganar", señala Abel Barriola. Gesto sincero, mirada límpida y palabras seguras. El frío del Atano III hiela las manos -"pese a ello no me ha costado demasiado calentar", admite-, las cose con las agujas de la tiritona. Es gélido el ambiente. El leitzarra, sentado en las butacas del escenario de la final, se toma sus segundos para hablar. Mastica las palabras, las escudriña bajo su lupa. Para el zaguero, el camino hacia la final, se fundamenta en el fin, pero también en el cómo. La magia de los laberintos. La solución a los jeroglíficos del juego. "La clave es que he sido fiel a mi juego". Desentraña Barriola los beneficios de su juego a bote. Mirada al frente. Palpita, entonces, el verde del frontón donostiarra. Se remueven en sus adentros los cimientos del tiempo. "Soy un zaguero que, cuando toca, entro de aire, pero mi primer arma es el bote e intento jugar largo en esta época en la que parece que todo está cambiando y, de hecho, todo está cambiando. Es mi sexta final y creo que esa forma de juego, si la haces bien, da resultados. Aunque a veces las cosas no me han salido, he sido constante hasta llegar a 22", desvela el leitzarra.

Sin embargo, la larga marcha de Barriola, nueve finales se recuestan sobre su ancha espalda, seis de ellas del Cuatro y Medio y tres del Manomanista, en la presente edición de la jaula está salpicada con reminiscencia del pasado. Un pasado cercano que a punto estuvo de cercenar a un espléndido zaguero. Fruto de una rotura de ligamento cruzado anterior, amanecía de esta manera la peor dolencia posible, el leitzarra, hace apenas nueve meses, se encontraba encerrado en un laberinto. "Antes del verano, después de salir de la lesión, participé en el Manomanista y no pude entrar en las semifinales y, entonces, sí que pensé que iba a ser muy importante mi verano, porque en verano hay muchos partidos vestidos de blanco y, de cara al tema personal y al ritmo de competición, me iba a venir muy bien", desgrana el zaguero, quien apostilla, cejas arriba, que "para mí el Manomanista no fue precipitado. Yo si salí a la competición no fue para engañar a nadie, si salí fue porque veía que podía ganar partidos y que podía pelear". Corazón espartano. No en vano, el de Leitza luchaba a contracorriente para "quemar etapas". Olvidadas entonces estaban las dos txapelas conseguidas en 2001, Cuatro y Medio, y 2002, Manomanista, donde su armazón hercúleo, sus piernas de fondista y sus pulmones prodigiosos dieron un salto cualitativo hasta colocarlo en la primera plana del panorama. Obligado a estar fuera de los focos, Abel necesitaba volver. "La competitividad la tiene cada uno, pero es como si tuvieras que regarla y el agua es la competición", afirma Barriola. "Es un riesgo que hay que asumir".

Trenzado el frío de diciembre sobre el portalón azul que lleva a los vestuarios de la cancha donostiarra, a la que el leitzarra trata de aclimatarse, una mirada más atrás rescata una sonrisa en su rostro. "Las que mejor recuerdo son las que he ganado. Las primeras del Cuatro y Medio y el Manomanista", sostiene el zaguero. En ellas, Patxi Eugi y Rubén Beloki claudicaron. Después, seis derrotas consecutivas en seis finales. "Creo que he aprendido de todas ellas. La final no tiene nada que ver con el campeonato que has hecho. Es un partido independiente: por la atención de los medios, por el ambiente que hay en el frontón, por la atención de la gente, por el barullo que suele haber con la petición de entradas y por la tensión que conlleva una final", sentencia Barriola.

"¡Como para llevarlo mal!" El Atano III, verde e imponente, se desplega bajo el cielo gris donostiarra en el invierno costero de la ciudad guipuzcoana. Diciembre muerde bajo el techo de la cancha. Abel, enfundado en su chamarra, se recuesta pensativo en una de las butacas de cancha. Mira al horizonte. José Javier Zabaleta, camiseta blanca y deportivas a juego, se entrena apenas a unos metros junto a Arruti, Ongay y Olazabal. "¡José! Me han dicho que no andas con juego", bromea. Abel mira hacia a su alrededor. "¡Cómo vienen los jóvenes!", dice después. El leitzarra, bajo un halo de tranquilidad, se quita la presión en su pueblo. "Normalmente lo que quieres es buscar la tranquilidad. Cuando sales, los amigos ya saben que no quieres hablar de pelota. Te arropan y estás con ellos hablando de fútbol, de caza o de lo que surja", admite.

"Esta semana, sota, caballo y rey. Chapa y pintura. Ya el trabajo está hecho y solamente queda sudar en la cancha, sudar fuera y esperar al partido", declara Barriola, quien concienzudo, realizará pruebas hasta la elección de material del próximo jueves. Abel levanta las cejas, el trajín de una final, aquello que hace que sea un choque "diferente", algo especial, "hace que tenga que ser más disciplinado día a día". Las atenciones de los medios, los focos, arrebatan tiempo de preparación al pelotari. "De momento, lo llevo muy bien. ¡Como para llevarlo mal! Es muy bonito estar en la final", agrega el leitzarra, quien otorga mucha de la importancia de la contienda por la txapela al descanso previo. "No hay duda de que el día y la hora del partido es cuando hay que darlo todo, pero si no hay un trabajo detrás de eso no hay resultados y parte de ese trabajo es el descanso", remata Barriola.

"Esta final tiene para mí un extra" Abel, concentrado, se recuesta. Se pone más serio. Los componentes psicológicos y místicos, que rodean el Cuatro y Medio y todas las contiendas por una txapela, dirimen gran parte de un partido. "Todas las finales son diferentes porque todos los momentos son diferentes y todas las situaciones de la persona y de los pelotaris son distintos. A mí cada final me ha llegado en un momento diferente. Este es un momento para mí que viene después de todo lo que me ha pasado. Imagino que será por eso pero me ha hecho una ilusión especial. Esta se puede decir que tiene un extra", manifiesta el manista, quien, ambicioso, no se descabalga de su visión de la final. "Ha pasado muchas veces en la final que el que está en una forma excepcional, al salir a la cancha, por la razón que sea, no lo da todo y al otro pelotari, que a lo mejor no está en una forma muy buena, le sale un partido redondo y cuaja un partido excepcional. En las finales pasan cosas raras y hay que estar preparado para todo".

El próximo duelo, en el que se enfrentará a Irujo, será una reedición del encuentro que les enfrentó en la liguilla de semifinales. Barriola perdió. 22-16. "El dominio de los partidos y el dominio de los tantos lo tengo que llevar yo y en la mayoría de las ocasiones, quitando la segunda parte de la semifinal contra Irujo, lo he conseguido", remacha el zaguero, y se sacude del halo de superioridad que rodea a su adversario. "El favorito será Irujo, el dinero saldrá por él. En estos momentos tampoco me importa demasiado quién sea el favorito. Otras veces me ha tocado a veces ser el favorito y tampoco me ha importado".

El laberinto de Barriola, cimentado en el infortunio de finales perdidas y una lesión de grave factura, acaba con una final marcada a fuego en el calendario. "Esta puede que sea la final que más ilusión me ha hecho de todas, porque, tras estar fuera de las canchas, valoro lo difícil que es llegar a una final. Se necesita mucho trabajo y mucha disciplina", señala Abel, que, con un gesto, desgrana que "he sacrificado mucho para estar aquí y por eso me sabe de una manera diferente y me ha hecho una ilusión distinta".

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