Publicidad
[Entrar | Registrarse]
Martutene abrió ayer sus puertas para dar entrada a seis galgos que, de la mano de una ONG, protagonizaron una novedosa iniciativa.
Jorge Napal
votos
comentarios
Los galgos como terapia. (Rubén Plaza)
Vista:
una melodía del grupo musical REM se eleva por encima de los muros de la prisión. Poco más se oye minutos antes de entrar en el desvencijado recinto de Martutene, mientras una paloma alza el vuelo de un extremo al otro del presidio, y embarga cierta curiosidad por saber cómo viven las 230 almas que ayer moraban en su interior. La puerta metálica comienza a abrirse, lentamente, como el preludio de la fotografía real que guarda este centro penitenciario, en el que las condiciones de hacinamiento han sido recurrente objeto de denuncia.
el comienzo
Seis galgos, veinte reclusos
"Venimos de visita". Ester Callol y Lidia Díaz, integrantes de una ONG de Gerona que se dedica al rescate de galgos, acaban de llegar invitadas por Mertxe Marina, médico de la prisión, que hace posible el encuentro. La actividad dirigida a los reclusos está a punto de comenzar. Una veintena de ellos ha dado el visto bueno para seguir la sesión. Las integrantes de la ONG entran con seis galgos que se han salvado del infierno, con los que quieren despertar conciencias. Los puntos de sutura en sus lomos revelan el espanto del que han escapado. Javier, el subdirector de Seguridad del centro penitenciario, informa de que es la primera vez que se organiza una actividad así en Martutene, aunque la terapia con animales cuenta ya con largo recorrido en las prisiones de Nanclares de la Oca (Álava) y el penal cántabro de El Dueso. "Síganme".
Las puertas se abren a nuestro paso, y se cierran conforme avanzamos al epicentro de esta cárcel radial. "Os habréis dado cuenta de que esto no es como las películas", bromea el subdirector de Seguridad, dejando atrás un largo pasillo de paredes encaladas que se asemejan a las de un viejo hospital que ha conocido más de una mano de pintura. Alcanzado el centro de la cárcel, de donde se ramifican las distintas galerías con sus celdas, cuelga una réplica del Gernika de Pablo Picasso. Próximo a él, asaltan las primeras miradas curiosas de los internos, de quienes, a primer golpe de vista, llama la atención su juventud.
Aritz Saldaña, 23 años, es un vecino del barrio donostiarra de Bidebieta que lleva cuatro meses de presidio. Salda cuentas con la Justicia por un robo, y espera una autorización para reingresar en Proyecto Hombre. "Esto es como un colegio. El que busca bronca la puede encontrar, pero rara vez se da", resopla el chaval, que calza chanclas y bermudas y parece restar gravedad con sus palabras a eso de estar en el talego. Aitor Arnedo, de 26 años, también desmonta prejuicios. "A nadie le gusta estar aquí, pero esto es más normal de lo que parece. Hacemos cursillos, hay bibliotecas... la mayor parte de la gente cumple condena sin meterse con nadie", asegura el chaval, que tras dos años de ingreso penitenciario constata "la creciente entrada de magrebíes" en la prisión. Lamenta, eso sí, que los repuntes de internos se dejan notar en las colas del comedor. "Cuantos menos estemos aquí, mejor para todos", sonríe.
la sala de ordenadores
El relato de la barbarie
La veintena de reclusos que ha querido asistir a la charla ya está en la sala de ordenadores, donde las integrantes de la ONG comienzan a relatar, con el soporte de las imágenes de un proyector, la infamia que acaba con la vida de galgos y podencos, muertos por ahorcamiento, víctimas del maltrato más cruel. Aitor, Aritz y tantos otros compañeros escuchan cómo algunos de estos animales mueren con el cuello revirado.
Galgos cuya velocidad acaba por convertirse en su sentencia de muerte al chocar con los olivos. Ester y Lidia, las integrantes de la ONG, les explican que hay formas todavía más refinadas de sufrimiento, como colocarles una soga al cuello mientras dejan a los canes tocar con la punta de sus patas el suelo hasta que, desfallecidos, se dejan vencer, y la soga acaba con sus vidas.
Todos escuchan con atención y acarician, entretanto, a los animales, como necesitados de repartir cariño en una prisión en la que dicen no llevarse mal, pero donde, quizá, los seres queridos queden demasiado lejos. "Todos estos galgos que hemos traído han sido abandonados", prosigue Callol, mientras los animales ladran letanías y los presos, con sus arrumacos, parecen lamer sus heridas. El dolor es compartido, como el de José Domínguez, que lleva algo más de dos años encarcelado y espera la respuesta del juez para que mejore su situación.
Acabada la charla, la siguiente parada está en el patio, el centro de reunión de todos los reclusos hasta que a eso de las 20.30 horas, con la caída del sol en verano, llega el toque de queda. Un día tras otro, la rutina se impone en la prisión. Tal y como apuntaba el joven Arnedo, la nutrida presencia de reclusos magrebíes asalta en este espacio abierto, en el que se forman corrillos entre los extranjeros. Funcionarios de la prisión reconocen que buena parte de ellos llegaron siendo menores pero que, una vez alcanzada la mayoría de edad, encuentran en el delito su único asidero a falta de otras alternativas que les permitan llevar una vida más o menos digna. Entre el grupo, que mira al resto con cierto recelo, se encuentra algún usuario del centro de Deba que la Diputación habilitó para los chavales más conflictivos, y que este mes reabre tras un largo proceso de reforma.
Es en este patio donde los internos pasan las tardes dando patadas a un balón, en este mismo espacio, donde se ha formado un pequeño revuelo porque buena parte de los reclusos quieren salir en la foto, y un funcionario no da abasto repartiendo a cada uno de ellos el papel en el que deben mostrar su consentimiento para que su imagen salga publicada en prensa. La visita toca a su fin y, definitivamente, a pesar de sus viejas instalaciones y, en ocasiones, el hacinamiento que lastra la convivencia, la cárcel de Martutene no parece guardar relación con esas temibles imágenes que las películas americanas han grabado a fuego.
Gracias por su comentario
Publicidad
05:30
05:30
05:30
05:30
05:30
05:30
Publicidad
La "locura" de Shakira se transforma en canción
Tras el éxito mundial de “Waka Waka”, la cantante colombiana lanza su último sencillo. Escúchalo.
Nadal cerró la jornada ante un rival incómodo, el uzbeco Denis Istami, finalista en New Haven
Publicidad