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El festival bate récord de asistencia, pero un aforo desaforado lo aleja de su filosofía de macrofestival civilizado y melómano. En lo musical, "bluff" de The XX, elegantes Pavement, convincentes Delorean, melifluos Beak>, arrasadores Yo La Tengo, brillantes Wilco y Pixies.
Angel Aldarondo
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El cantante y guitarrista Stephen Malkmus, del grupo estadounidense Pavement. (Foto: efe)
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SI una golondrina no hace la primavera, doscientas -tantas como conciertos- son suficientes para traerla consigo y llevársela con el viento hasta el año que viene. El festival Primavera Sound cerró sus puertas el domingo con un balance que, como siempre, es el ascua que cada uno arrima a su sardina. Como es lógico, la organización está satisfecha con el desarrollo del festival, arropados por un gran éxito en lo que a cifras de asistencia se refiere, batiendo su propio récord en el año de la crisis. Pero lo que es virtud para unos, no lo es tanto para otros.
En un intento de ponerle puertas al campo, instalaron absurdos circuitos entre escenarios que convirtieron al personal en borregos desorientados, incluyendo más de un embudo peligroso. Lo peor es que ese overbooking acentúa la dificultad de disfrutar de un concierto masivo cuando te hayas allende el escenario. Ese aforo desaforado es algo que se aleja de la filosofía de un macrofestival que alardea de ser el más civilizado y melómano. No creo que el éxito lo haya herido de muerte, pero deberían cuidarlo si no quieren convertirlo en una piara humana como ocurre con otros. Cobrar cuatro euros por una caña tampoco parece muy ajustado para los tiempos que corren. Hasta aquí llega la cuenta de cuitas.
El Indie-Andén El jueves por la mañana la Estación del Norte donostiarra ya tenía un andén indie, con los muchos abonados al festival que pasaron del avión para acercarse a Barcelona sobre raíles. Como comentaba el batería de Thee Brandy Hips "si ese vagón se estrella, desaparece el indie donostiarra". Esa agorera visión no se produjo. Amén de que en ese tren tampoco estaban todos los que son. La misteriosa ausencia del bardo local Giorgio Bassmatti -que a punto estuvo de figurar en el programa de este año- se hizo notar en el ambiente. Pocas horas después del desembarco en la primaveral capital catalana, uno ya podía cruzar filias, fobias y birras por los diferentes escenarios del apretado -en todos los sentidos- festival de festivales.
Por allí se pululaban músicos, diseñadores, programadores musicales, activistas culturales, miembros de Donostia Kultura y periodistas de otros medios que omitiré por celo profesional (el suyo, yo no gasto de eso). Aunque el intercambio de pareceres ayuda a confeccionar una visión más panorámica, sorprende comprobar cómo cada uno vive un festival completamente diferente, llegando a dudar incluso de si realmente nos encontramos en la misma ciudad y en la misma estación del año.
Jueves El amplio programa producía vértigo y cierta ansiedad a quien no deseaba perderse ninguna gema en esa enorme mina al borde del mar. Ebrio de nombres exóticos, apostar por un escenario implica descartar otros, y en esa ecuación el factor suerte es determinante. Se puede tener mala suerte con la suerte. Aunque a veces funcione, no es muy recomendable dejar que los pies decidan por la -atorada- intuición.
El primer bluff fue el de los consagrados The XX, una incógnita con saldo negativo, quizá lastrados por un escenario demasiado grande para una propuesta tan minimalista. Otro de los grandes grupos del cartel, los irreductibles The Fall, convencieron con su veteranía a un público más talludito y alejado de tendencias. Las primeras gotas de lluvia desafiaron la incendiaria actuación de Titus Andrónicus pero no pudieron aguar la fiesta salvaje de su frontman. Los sevillanos Pony Bravo ofrecieron un espectáculo desigual pero muy sugestivo, observados por un entrometido Curro (la mascota de su Expo) al estilo de espontáneo eurovisivo. Las complejas composiciones de Tortoise sedujeron a nuevos públicos como los miembros del colectivo donostiarra Nimu.tv, quienes no dudan en colocarlo en lo alto de su top de conciertos.
Para muchos, el feliz reencuentro de Pavement fue el salvavidas de una primera jornada algo desconcertante. Unos temas clásicos ejecutados con brío por su carismático cantante -un sosías de Bowie- congregaron a miles de gafapastas rendidos a sus pies. Elegantes y punkies, con su eterno repertorio recuperaron el merecido cetro que grupos como Pixies les arrebataron. Comparte mi opinión el músico donostiarra The Indio, que tampoco tiene dudas en colocarlos en la cima de su lista de favoritos de este PS.
En un broche festivo, los zarauztarras Delorean volvieron a convencer en un concierto que convocó miles de incombustibles zapatillas de baile. Había mucha expectación por comprobar cómo les había sentado su exitosa gira norteamericana, y a juzgar por las reacciones, estos chicos pueden conquistar los mundos que deseen. El teclista local Azetaekis -miembro de The Brandy Hips- da buena fe de ello.
Viernes Grupos como Low, Thee Oh Sees o Boat Beam supusieron un buen arranque para la segunda jornada abarrotada de gafapastas. Una decisión acertada fue abandonar la meliflua propuesta de Beak> y acudir a Condo Fucks, donde los componentes de Yo La Tengo arrasaron con versiones garajeras deluxe. El merecido descanso del guerrero llegó con los deliciosos Beach House, una de las actuaciones más celebradas del PS. Por favor, que los responsables del Jazzaldia tomen nota e instalen esa caseta en la playa de la Zurriola.
Los impecables Wilco volvieron a desplegar todo su saber hacer, a pesar de que un gigantesco escenario con problemas de técnicos hiciera que muchos añorásemos su concierto con el envolvente sonido del Kursaal.
Este servidor poco puede decir del concierto de los Pixies por ser un groupie irredento que ya levitaba con antelación. Sencillamente redondos -y orondos-, Frank y Kim nos demostraron que sus rencillas son mera anécdota cuando se suben al escenario.
King Khan y Major Lazer ayudaron a completar un viernes de quitarse la txapela.
Sábado Con el cuerpo molido tras tanta fiesta, The Drums no concedió tregua con un vitalísimo concierto, lleno de himnos inmediatos y sorprendentemente familiares. Su habilidad para mezclar obvias referencias musicales de ayer y hoy, hicieron olvidar la sospecha de si se trataba del gran hype de este año. Las actuaciones de Standstill, Built to Spill o Liquid Liquid ayudaron elevar un listón himalayista.
Como cantan los irónicos Pet Shop Boys, "no tienes que ser guapo, pero ayuda". Eso lo saben las Dum Dum Girls, tan hermosas físicamente como horrorosas musicalmente, lo peor del año, sin duda.
El colorista concierto-performance de los Pet Shop Boys fue un colosal fin de fiesta bailable, con un agradecido y creativo espectáculo marca de la casa. Poco después, tarareando su temas, cogimos rumbo al oeste, como golondrinas en primavera.
Gracias por su comentario
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