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Tribuna Abierta

Bolonia, una oportunidad para la innovación universitaria y empresarial

por Juan José Goñi Zabala, *Aldaizea. Ingeniería de ideas - Martes, 23 de Febrero de 2010 - Actualizado a las 07:43h

las recientes noticias de mejora de los resultados académicos de los alumnos que cursan en la universidad por este nuevo sistema son positivas. Con los mismos profesores y los mismos alumnos, conseguir mejorar es un ejemplo claro de una innovación con éxito. A pesar de las dificultades de este cambio, todos lo tienen, estamos enfocando una reforma que no ha de quedar sólo en una mejora de resultados en las evaluaciones sino que, adoptada de forma extensiva con la incorporación de más alumnos y más disciplinas, ha de permitir disponer de más capacidad personal y profesional para estos alumnos.

Para entender mejor lo que supone el cambio, la reforma de Bolonia tiene dos facetas: la primera es el reconocimiento directo de titulaciones entre universidades europeas, sin las complicaciones de convalidaciones basadas en acuerdos parciales; y la segunda, que es más importante, nos conduce a un nuevo método de organizar la docencia y la actividad de los alumnos. Hasta ahora un crédito era el contenido de la asignatura que en diez horas impartía un profesor. Tres horas semanales durante un semestre podrían ser 60 horas de clase, o sea, seis créditos.

Así hemos vivido durante muchos años siguiendo la estructuración de las asignaturas. Al alumno le tocaba atender, participar, estudiar, hacer los trabajos entre clases y examinarse. Pero era él quien decidía cuánto tiempo dedicaba a cada tema y cómo organizaba mejor o peor su tiempo. Los que estudiaban todos los días obtenían por lo general mejores resultados, pero otros preferían el atracón de estudiar junto a las fechas de los exámenes. Precisamente se hablaba de que éste era el diferencial en la actitud del alumno con respecto a etapas anteriores. Les decíamos a los jóvenes que en la universidad debes lograr organizar tu tiempo y tu libertad es mayor. Pues bien, Bolonia viene a cambiar esto con la incorporación del ECTS (European Credit Transfer System), o crédito europeo, para entendernos. Un crédito europeo es la cantidad de trabajo que debe hacer un alumno en diferentes tipos de actividades para lograr un avance en un tema específico de una materia o asignatura. Ya no son las horas de profesor sino las horas de los alumnos, las que se organizan en el diseño de una materia o asignatura. Ahora un crédito son 25 o 30 horas de trabajo de un alumno y un curso anual completo son 60 créditos, un total de 1.500-1.800 horas, que son la referencia de la actividad laboral en la empresa. O sea, que un alumno con Bolonia debe trabajar las siete u ocho horas de un oficio medio, es decir, todos los días y dentro de una organización planificada y más llena de actividades. Pasamos de la discontinuidad estudiantil de épocas muy distendidas y otras muy intensas, al trabajo continuo y diario en la actividad del estudiante universitario.

¿Pero cómo pasar de un crédito de diez horas de clase del profesor a otro de 30 horas de actividad del alumno? En las 30 horas de alumno se reducen mucho las clases presenciales, que si antes eran de 10 horas para un crédito ahora son sólo de tres o cuatro, y las restantes horas son actividades del alumno de carácter individual o grupal. Incluyen tiempo de estudio, ejercicios, trabajos prácticos, investigaciones, tiempo de examen, etc. Son actividades que inducen en el alumno una mayor proactividad, a tomar decisiones, a resolver problemas, a analizar información, a documentarse de manera autónoma, a resolver y diseñar en equipo y a otras actividades para ganar esa competencia o habilidad que se espera alcanzar en ese crédito que cursa, en esa parte de la asignatura de seis créditos. Y compete al profesor y al equipo docente diseñar el contenido, duración y método de ese ejercicio práctico y autónomo o en grupo que ha de realizar al alumno.

Los profesores necesitan actividades valiosas para activar las competencias del futuro de los alumnos

La puerta está abierta para dar contenido a esta nueva forma de encarar el diseño de lo docente universitario en relación con el trabajo anual de los alumnos. Si estimamos la dedicación anual de un alumno como 1.800 horas, sólo 600 lo son de clases y exámenes, y el resto, 1.200 -la mayor parte-, lo son de trabajos, tareas de diseño, de análisis de casos, de resolución de problemas, es decir, un trabajo intelectual específico y vinculado con la materia en cuestión. Son muchas las horas si pensamos en un grupo de 40 alumnos, algo así como 48.000 horas de trabajo del conocimiento, un auténtico filón de capacidad intelectual, de jóvenes preparándose para la vida laboral, si sabemos innovar en el diseño de este quehacer, conduciendo a un necesario gana-gana en la relación empresa universidad.

Por la otra parte, la empresa necesita innovación, pero está condicionada por un corto plazo y orientada a la obtención de resultados. La innovación que le es necesaria, pero requiere dedicar tiempo a cosas no urgentes, a cosas que serán cimientos de nuevos diseño, de nuevas técnicas, de nuevas capacidades y no dispone de tiempo.

Volviendo a Bolonia y a sus consecuencias en la organización del tiempo de los alumnos, los profesores necesitan diseñar actividades que sean valiosas para activar esas competencias que los alumnos deben adquirir de cara al futuro. Y no lo tienen, por su focalización en la parte académica distante obviamente de la problemática empresarial. Y en esta doble necesidad hay un punto de encuentro muy importante y realizable para esa necesaria y siempre anunciada cooperación entre la universidad y la empresa: el enlace entre profesores universitarios y cuadros medios de las empresas para diseñar listas de tareas que desarrollen los alumnos en sus temas prácticos. En esa parte de las 48.000 horas que no son de clase hay una oportunidad de la que alumnos, profesores, cuadros medios, empresas, universidad y sociedad saldrían beneficiados.

Los profesores ven actualizadas las materias y los contenidos prácticos, liberándose de un tiempo de difícil preparación de tareas prácticas desde lo académico. Las empresas disponen de respuestas a temas no de ahora mismo, no de la operación de cada día, en ese ir aclarando horizontes para una mejor toma de decisiones. La sociedad recibe un mejor retorno de la inversión en formación de los jóvenes que se preparan en lo nuevo en lo que habrán de hacer.

Las empresas también deben hacer un esfuerzo para innovar y eso requiere que introduzcan en sus actividades cuestiones no inmediatas pero importantes para su futuro. Para innovar hay que acometer la resolución de problemas de mañana, para los de hoy ya no hay tiempo y ésta es una tarea fundamental de la que recibir conocimiento de la capacidad de los jóvenes en formación. La empresa deberá crear una cartera de tareas o problemas no inmediatos, que poder transferir a profesores que organicen con ello el trabajo de prácticas de los alumnos. La relación entre empresa y universidad será asíncrona, no se trata de un trabajo para una fecha sino un trabajo que requiere tiempo y conocimiento para encarar una opción, un diseño, un forma de hacer. Esta conexión de alumnos con empresas reales, no para hacer trabajos de producción cotidiana sino para enfocar la resolución y el diseño de problemas de mañana, puede ser un catalizador vital de la innovación empresarial y de la transformación de esta reforma universitaria.

Bolonia puede servir para mejorar cualificaciones y para crear una nueva articulación entre la empresa y la universidad con importantes ventajas para todos. No será un camino fácil, pero no deja de ser una gran oportunidad que no deberíamos desperdiciar ahora que Bolonia se va a extender por todo el espacio universitario, con millones de horas de personas en formación que necesitan trabajar con casos prácticos y con nuestro tejido empresarial tan necesitado de repensar su futuro e innovar.

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