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Por Ruth Pérez - Lunes, 22 de Febrero de 2010 - Actualizado a las 07:46h
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Quique González, en el concierto del sábado en Donostia. (Juan G.Andrés)
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Fecha y lugar. 20/02/2010. Teatro Victoria Eugenia. Donostia. Intérpretes. Quique González (voz, guitarra, piano, armónica), Javi Pedreira (guitarra), Jacob Reguillón (bajo), Julián Maeso (teclados), Toni Jurado (batería). Incidencias. Quique González colgó el cartel de "No hay entradas" y se habilitaron 45 sillas supletorias, que también se completaron . El grupo tolosarra Bide Ertzean abrió el concierto con un set acústico de 20 minutos. El recital se prolongó durante casi tres horas.
El daiquiri es un cóctel de ron blanco con zumo de limón o lima, a gusto del consumidor. Para convertirlo en un Daiquiri Blues, Quique González le ha añadido unos grumos de poesía, una pátina melancólica y la mirada firme del desengaño. Si la bebida se utiliza como el primer aperitivo de una fiesta, el Daiquiri Blues toma cuerpo y los ingredientes, escogidos con tanto cuidado en un estudio de Nashville, adquieren intensidad: su sabor explota en la garganta.
Con ese propósito el músico madrileño presentó el sábado en Donostia su último disco, en el que está fuera de duda, como en sus seis trabajos anteriores -más el directo Ajuste de cuentas- su implicación personal: entre otras cosas, ha invertido 18.000 euros de su cuenta corriente. Quizá por eso se dirija a su audiencia como "amigos", porque en el caso de Quique González, los asistentes a sus conciertos se erigen en cofinanciadores de sus aventuras musicales.
En coherencia con esa apuesta, en el Victoria Eugenia abordó doce de los trece temas que componen Daiquiri Blues, sin importarle que sólo tres fueran mayoritariamente coreados -Restos de stock, Nadie podrá con nosotros y el single La luna debajo del brazo-. En honor a la verdad, hay que decir que, aunque faltaran escuchas, el entusiasmo no decayó entre la parroquia en ningún momento. A ello contribuyeron sus cuatro escuderos: el bajista Jacob Reguillón, con el que gira desde el principio de su carrera, el teclista Julián Maeso, el batería Toni Jurado y el guitarrista Javi Pedreira, incorporado de nuevo para obtener un sonido más rockero, que proporcionaron nuevos bríos a las concesiones al pasado. Entre ellas, la poderosa Pájaros mojados o la radiante Crece la hierba.
En el caso de Quique González, el secreto es la ausencia de misterio: un sonido clásico que arropa letras cuidadas de rutas, hoteles y mujeres ausentes cantadas por un tipo que cae simpático, entre sus peleas con las discográficas y la indisimulada seriedad con la que afronta su oficio. El sábado no escatimó los guiños locales. Dedicó el cuarto tema, Me agarraste, a Mikel Erentxun, que seguía atento los movimientos de la banda desde la fila cinco.
El recital se había abierto con un set acústico de los tolosarras Bide Ertzean, que sonó a preludio limpio y hermoso. El idilio con los hermanos Ubeda, que viene de lejos, cristalizó a mitad de concierto cuando entonaron juntos Non dira. Quique se introdujo definitivamente a la audiencia en lo más hondo de su bolsillo cuando confesó con la partitura a la vista: "Odio los atriles, pero en este caso me vais a disculpar, sólo estuve un fin de semana en la ikastola". Fue el momento intimista de la noche, junto al último corte de Daiquiri, Algo me aleja de ti, interpretado en medio de un silencio hipnótico.
En la primera generación de bises, cayó Salitre, que trajo auténticas olas de energía ciudadana, Su día libre y la siempre efectiva Vidas Cruzadas. En el segundo regreso, Quique flirteó con el jazz (Riesgo y altura) y, con el Victoria Eugenia puesto en pie, vino el rebis con el que han clausurado las mejores citas de esta gira, Miss Camiseta Mojada. Sin embargo, fue el penúltimo verso de La luna debajo del brazo el que quedó flotando en el aire: "¿Cuándo vas a venir otra vez por aquí?"
Gracias por su comentario
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