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Bautizarse en "Facebook" sirve tanto para cultivar amistades como berenjenas en una huerta virtual. La famosa red social es un mundo paralelo donde uno se puede encontrar con un amigo de la infancia o con su propio jefe, y acceder a sus mensajes y fotos personales.
Arantza Rodríguez
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Un internauta en Facebook. (DNN)
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ME enredo, luego existo, que diría, si levantara la cabeza, Descartes. Harta de ser una doña nadie virtual y de que en mi buzón no caiga un triste e-mail que echarme a la bandeja de entrada, agacho las orejas, me trago mis palabras -nunca digas nunca jamás- y me registro en Facebook. Un club virtual, sin derecho de admisión, en el que un astronauta australiano puede llegar a trabar amistad con un albañil en paro de Arrasate. Con más de 400 millones de usuarios en todo el mundo, una pregunta me retumba al ritmo machacón de Georgie Dann en la cabeza: ¿Mami, qué será lo que tiene Facebook?
dudas existenciales y taquicardia
Sólo llevo un minuto y ya saben con quién me relaciono. ¡Glups!
Ha llegado el día del bautismo. Virtual, se entiende. Todos duermen y me dispongo a comprobar, portátil mediante, si sumergirme en la red social más poblada del planeta es una experiencia religiosa o del montón. Tecleo www.facebook.com y me asalta, al rellenar un formulario, la primera duda. ¿Pongo mi verdadero nombre? Tras un debate interno de un par de segundos, decido entregarme toa, toa, toa y revelar mi identidad. Si me hago pasar por la Amiga atómica, como barajaba, nadie me arrejuntará, pienso. Craso error. Pronto descubro que la peña no discrimina y te quiere como amigo seas persona, cosa, dibujo animado, friki o animal.
Introduzco a regañadientes mi dirección de e-mail, discurro una contraseña y confieso, sin anestesia epidural que valga, mi edad. Todo sea por registrarme ya. La impaciencia me hace aceptar a la ligera las condiciones de uso y la política de privacidad. Reproduzco dos palabras encriptadas para validar el trámite y ¡voilà! Recupero de golpe y clicazo mi autoestima RAM. Ya tengo un perfil. No sé por qué me emociono tanto, si ya disponía de dos -el derecho y el izquierdo- en la vida real.
El siguiente paso, Agregar amigos, es de infarto. Por arte de birlibirloque me ofrecen seis candidatos con sus correspondientes caretos. Los conozco a todos y, del susto, me da una taquicardia. ¿Quién me espía? Porque nadie se creerá a estas alturas que es una casualidad... Si no fuera porque tengo canapé, pensaría que el CSI se ha instalado debajo de mi cama. Apenas llevo un minuto en la red y ya saben con quién me relaciono. De aquí a unos días ¿qué no sabrán?
Recuperada del impacto, les agrego a todos, ansiosa como estoy de fisgonear. Ahora tengo que esperar a que acepten mi solicitud. Parece que estoy pidiendo una beca, más que entablando una amistad. Se me da la posibilidad de buscar a más colegas escudriñando los contactos de mi cuenta de correo, pero paso. Prefiero que no hurguen ahí. Ya lo dice mi madre, que es una visionaria, mujer precavida, vale por 2.0.
Me "pocoyizo" para no poner foto
Me preguntan dónde curro, qué pienso y con quién me acuesto
En una continua invitación a que haga un striptease intelectual, con la excusa de que así encontraré mejor a mis amigos, me dan opción a poner dónde estudié y cuándo. También me preguntan por la "compañía", pero no me queda claro si quieren saber con quién me acuesto o dónde me gano el pan. De todos modos, me niego a contestar. Son insaciables y, como me temía, entrados en harina, quieren saber a quién voto, a quién rezo y a qué dedico el tiempo libre. Ni Perales interrogaba tanto, oiga. Y aún no la he descubierto, pero me apuesto mi mascota virtual a que en alguna letra pequeña te preguntan cuánto te mide. Todo, claro está, para que des antes con tu amistad.
Harta, me salto el tercer grado y me ofrecen un nuevo listado de caretos. Reconozco a un antiguo compañero de trabajo. ¡Qué pereza! Hago como que no le veo y sigo adelante. Cuando ya creía que lo tenía todo atado, me piden una foto para mi perfil. La radiografía de cuerpo entero debe estar al caer. Me devano los sesos con el dichoso retrato. No sé si poner uno que tengo con antenas de mariquita, el de la peluca afro o la foto del carné. Como no me pongo de acuerdo conmigo misma, termino pocoyizándome con un programa que te permite customizar con diferentes atuendos y peinados al personaje animado. Ahora que ya soy yo y mis circunstancias, puedo dormir tranquila.
Una amiga y mi cuñado me vacilan
Me regalan un conejo y se me pudre la cosecha de fresones
¡Qué nervios! Entro en Facebook por segunda vez. Ya tengo casi docena y media de colegas. ¡Yuju! Una amiga me ha escrito, irónica, un mensaje en mi muro. Vamos, que, a falta de nevera, me ha dejado un post-it virtual. "Por fin te modernizas, guapa!!! Anda que no te ha costado!!! Y ahora a poner fotos, muuuuchas fotos!!!", me dice. ¿Fotos? ¿Para que luego me pase como al pobre Llamazares? Ni hablar del peluquín. Mi cuñado también me vacila. "Un amigo me ha contado que en algunos cines tienen sonido", ironiza. Esto me pasa por obsoleta.
Uno de mis contactos me invita a jugar a FarmVille, una aplicación a la que están enganchadas más de 28 millones de personas. Acepto y me encuentro con un terrenito, herramientas y algunas monedas para comprar semillas. Enredando consigo plantar unos fresones. Miro la pantalla. No pasa nada. Espero. Sigue sin pasar. Añado como vecino de huerta a mi pareja, que está con su portátil a mi lado. Me regala un conejo virtual. ¡Qué detallazo! Le correspondo enviándole una gallina. "Prefería maderas para el establo", me espeta. "¡Anda y que te den!". Será desagradecido. Como no me crecen los fresones y me aburro, chapo el chiringuito. Duermo a pierna suelta. Aún no sé que se me va a pudrir la cosecha entera.
Veo cientos de fotos de una tacada
¡Alguien ha colgado fotos de mi boda y de las copas de después!
Por exigencias del guión y curiosidad malsana, vuelvo a entrar en la Red. Lo primero es lo primero. Echo un vistazo a mi huerta y ¡oooooh! Mi ignorancia la ha asolado. Los fresones crecen en cuatro horas y se echan a perder minutos después. Aprendo la lección y pruebo con las berenjenas, mucho más duraderas. Le regalo una vaca a mi primo, que me fertiliza el terreno de vez en cuando. Dejo de lado el rastrillo y reparo en que tengo cuatro solicitudes de amistad, incluso de gente que no conozco. Le doy a ignorar. ¿Seré una rancia? Uno de los desconocidos no se da por aludido y me la vuelve a mandar. No es por ser borde, pero le evito de nuevo. Parece que esta vez lo ha pillado porque no insiste más.
Pruebo a ver si encuentro a unos amigos de la Uni tecleando sus nombres en el buscador. Lo intento también con compañeras de la infancia. Pero sólo doy con una. Desisto y me pongo a mirar los álbumes de fotos del personal. Es como si los vieras en sus casas, pero te evitas que te metan la chapa del viaje al Caribe. La gente exhibe instantáneas de sus juergas sin ningún pudor. Insensatos. ¿No saben que en Facebook puedes darte de bruces con tu jefe a la vuelta de un clic? ¡Socorro! Mi primo ha colgado imágenes de mi boda y, lo que es peor, de las copichuelas que vinieron después. Al menos -me consuelo-, estoy vestida y de pie. Después de estar tres horas cotilleando -hay cinco mil millones de fotos prendidas en Facebook- cierro los ojos, no vaya a ser que se me caigan sobre el teclado.
a la peña se le va la olla pero bien
"Va a trabajar tu puta madre hasta los 67" tiene 489.000 fans
Reincido y, como buena horticultora que soy, recolecto mi cosecha. El conejo sigue vivo. Supongo que se alimentará solo. Si no es así, pronto me enteraré. Mi prima se ha unido al grupo A que conseguimos cuatro millones de personas pidiendo la dimisión de Zapatero. No es la única. Suscriben la iniciativa, sin más valor que el de una pataleta masiva, 243.000 internautas más. Otros 489.000 se han adherido a Va a trabajar tu puta madre hasta los 67 años y casi 157.000 a Apuesto a que encuentro a 200.000 personas que detestan a Aznar. Tampoco la Iglesia se escapa. De hecho, una página reza Que Munilla sepa que él sí es un mal mayor. Solidaridad con Haiti.
Hay grupos de plena actualidad, como Ya no canto en la ducha ni silbo por la calle porque tengo miedo de la SGAE. Algunos son puras confesiones -Yo también vivo con miedo a que no me guste el último capítulo de Lost-, otros revelan dudas existenciales -Cómo es posible que la Duquesa de Alba tenga novio y yo no- y también los hay amenazantes, como Una invitación más a Farmville y te quemo la granja y las putas vacas. Para terminar, los nostálgicos a la par que absurdos, como Yo también me comí el cola cao a cucharadas y me dio tos. A mí lo que me da es risa y mucho que pensar. ¿Y si invirtiéramos todo el humor e ingenio derramado en Facebook en la vida real?
Gracias por su comentario
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