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Haití: grito de los pobres, grito de Dios

Ane Iturbe Mujika - Viernes, 5 de Febrero de 2010 - Actualizado a las 07:30h.

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El 12 de enero, en Haití, la gente se levantó de madrugada, como todos los días, y se fue a la vida. Pero a media tarde, a las cinco menos diez -los colegios cierran a las cinco-, la tierra se estremeció con dolores de parto, y el terremoto despertó todos los gritos y todos los llantos.

La tierra en la que uno nace es una piel amada; cuando tiembla, esa piel se desgarra y esa ruptura llega hasta el corazón. Haití es hoy un corazón roto, un corazón desolado.

Sólo desde el silencio desgarrador de la vivencia de la intemperie se puede estremecer solidariamente nuestro corazón.

Ayer Haití no existía. Los invisibles nunca existen cuando el río no suena. Hoy, dicen, Haití ya no existe. Ya no… Y, sin embargo, Haití sí existe. Dolor y miseria. Dignidad. Humanidad a gritos. Latido profundo de la tierra que gime.

¡Ay de ti y de mí si Haití no existiera!

La escucha profunda del dolor nos ha permitido tocar la pobreza con la punta de los dedos. Haití: ¡corazón herido de muerte y de humanidad!

Entre las piedras, el latir de la vida, la inmediatez del otro, el hermano de lejos tocando el alma del hermano de cerca. El de lejos… ése que alumbra una piel negra que brilla bajo el sol.

Desde este primer mundo, en silencio, miramos a Haití. No podemos dejar de sentirnos responsables.

Para que otro Haití, distinto al que era y al que es, sea posible, este primer mundo necesita cambiar su corazón. Este primer mundo necesita cambiar sus estructuras y sus andamiajes. Desde la vieja Europa miramos por la ventana y soñamos. Nada hay más educativo que mirar desde las ventanas. Luego, bajamos a la calle para reconocernos en el día a día. Lejos, el tambor de la tierra tiembla. La tierra se abre. Sus entrañas se desgarran. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde está Dios en Haití? Y alguien señala. Está ahí, enterrado, bajo los escombros de esa escuela en la que ayer estudiaban 300 niños que soñaban un mundo mejor y miraban la vida por las ventanas.

Haití sí existe. Haití sí existe… Es catástrofe de la naturaleza, catástrofe de la historia, escándalo de nuestra miseria y oportunidad de cambiar nuestro corazón de piedra por otro hecho de ternura y solidaridad.

Sólo echando raíces entre los pobres podremos sujetar la tierra para que no tiemble. El Dios de la vida no puede dejar de escuchar el lamento del mundo y el grito desolado de los haitianos…

Falsedades: A veces nos imaginamos una serie de cosas sobre la inmigración que nada tienen que ver con la realidad. Esto ocurre, por ejemplo, en relación a los derechos para acceder a determinadas prestaciones sociales, en cuanto a supuestos privilegios del inmigrante. Ocurre también cuando se ocultan las causas y consecuencias de la crisis económica o cuando fabricamos estereotipos sobre personas que no conocemos, de manera que muchas personas inmigrantes en lugar de ser vistas como víctimas pueden pasar a ser vistas como culpables, alentando el racismo y la discriminación.

Realidades: Las personas inmigrantes de fuera del Estado español son en Hernani el 5% de la población (similar al conjunto de la CAV). De ellas, la mayoría de las personas extracomunitarias están en situación regularizada y muy asentadas aquí. Ello ha sido posible después de haber superado muchos obstáculos legales, materiales y afectivos. Otras personas inmigrantes están en proceso de regularización. Tienen igualdad en algunos derechos pero se les niega o dificulta otros. El envejecimiento de la población vasca y europea en general está siendo compensado por este joven movimiento migratorio. La sociedad continúa hacia una mayor pluralidad y mestizaje y aunque existen conflictos y contradicciones, presenta un enorme potencial de enriquecimiento social. En resumen, podemos afirmar que todos somos necesarios en esta sociedad.

Algunos principios: Nuestra sociedad es enormemente compleja, con muchas interrogantes y falta de certezas, pero hay cosas que son fundamentales para tener en cuenta:

Existen recursos suficientes para evitar la pobreza y la exclusión social. La clave está en una distribución de los recursos que sea más justa y solidaria

La igualdad de derechos de todas las personas, también las inmigrantes, está muy por delante de otras consideraciones como el origen nacional, las diferentes creencias religiosas (o no creencias), las tradiciones, la cultura o el color de la piel.

La interculturalidad y la integración nos atañen a todos. Todos y todas tenemos que ir adaptándonos y avanzando hacia valores como las libertades, convivencia, solidaridad, que sirvan como motor del progreso y la cohesión social.

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