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Los llamados niños tiranos se están imponiendo en los hogares. Tres psicólogas expertas en menores advierten de que hay "niños de tres años que ya mandan en casa" y piden que se diferencie entre la rebeldía propia de la adolescencia y la tiranía.
Arantza Rodríguez
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QUE se sofrían el pelo con las planchas, abandonen el futbito por el botellón o regateen a muerte la hora de llegada puede desquiciar al mismísimo Job, pero no debe hacer saltar las alarmas. "Una cosa es que un adolescente se ponga la falda más corta o empiece a fumar y otra que la comunicación con él sea muy agresiva, muy de insultar", diferencia María Escudero, psicóloga de Adi Egon, asociación que atiende a familias en las que los hijos ya se han mostrado violentos con sus padres. "No es lo mismo que un chaval te diga un día vete a la mierda o déjame en paz a que sea continuamente, a que te llame puta, te diga que eres una zorra, que has hecho todo mal. Depende de la cantidad y calidad de los insultos y las agresiones", da pistas su colega Sara Peciña, para que nadie confunda la rebeldía propia de la adolescencia con la tiranía más despiadada.
Lo mismo que algunos padres ponen el grito en el cielo porque sus hijos "están todo el día mirándose al espejo o dejan el grifo abierto mientras se lavan la cara", también hay quienes viven esclavizados, sin siquiera percatarse de ello, bajo el ordeno y mando del rey de la casa. "Muchos padres de adolescentes vienen preocupados por fracaso o absentismo escolar y cuando tiras de la cuerda te dicen: A mí me grita, me insulta, me ha lanzado alguna lámpara, un cenicero, pero ellos lo han normalizado tanto que igual no te lo cuentan hasta la tercera sesión. Es decir, no saben ya dónde está la raya del respeto. Por eso hay que tener muy claros los límites y lo que nunca se debe dejar pasar", advierte Alicia Banderas, autora del libro Pequeños tiranos y copresentadora del programa de televisión Escuela de padres... en apuros (TVE2).
Por mucho que electrice los nervios, lo grave no es que los chavales "se quieran duchar dos veces al día, se pinten como una puerta o sólo piensen en salir de fiesta", insisten las profesionales de Adi Egon. Por eso, hay que evitar morir en el intento, desgañitado, y luchar por lo fundamental. "Lo que ocurre a veces es que se quiere bregar por todo, no salgas vestido así, esta música está muy alta... y hay veces que hay que elegir las batallas que uno quiere librar, como comer o hacer los deberes, conductas que realmente son importantes para la persona", aconseja Banderas.
Si no hay que pasarse el día con el hacha de guerra en la mano, tampoco hay que dejarla eternamente enfundada. "A muchos padres les invade la culpabilidad. Como llegan tarde a casa, si su hijo tiene una rabieta o le pide dinero para salir, con tal de no discutir, ceden ante lo que sea. Dicen: Como no le he visto en todo el día, cómo me voy a poner a regañar y eluden la responsabilidad de padres de ponerles firmeza y normas", explica esta experta.
Aunque a veces resulte complicado negociar la hora de vuelta a casa con un adolescente, hay que tratar de llegar a acuerdos. "Si llega tarde, le tienes que decir: Tú has elegido no salir mañana. Es decir, yo no soy la madre ogro que te está castigando. Si hubieras querido salir mañana, habrías venido a la hora acordada. Hay que trasladar la responsabilidad al chaval", recomienda Banderas. Y si tarda tanto en volver que uno se lo cruza en el descansillo al ir a comprar el pan, una vez recuperado del disgusto, no hay que darlo todo por perdido. "Nos llegó un caso en el que la gran alarma era que el día de Nochevieja no apareció hasta la mañana. Sí, te asustas, pero es una conducta típica de adolescente", contextualiza Peciña.
abusos
En casa, como en un hotel
Tras agitar en su cabeza la veintena larga de casos que atendieron el año pasado, algunos de ellos derivados por la Fiscalía de Menores, Escudero sintetiza su denominador común. "El perfil es el de un chico o chica de 15 a 17 años, que lleva desde los 13 ó 14 dando malas contestaciones en casa, con mucha agresividad y una falta de comunicación tal con sus padres que ya están llegando al punto de no poder dirigirse la palabra. Las agresiones físicas son las menos, vienen por insultar, dar portazos... No toleran la frustración y cuando les dicen que no, explotan", detalla. Su compañera, Peciña, ahonda en detalles. "El caso tipo es violencia dentro de la familia, pero de romper el mobiliario, robar y mentir, de utilizar la casa como un hotel. Tú me tienes que alimentar, vestir, dar la paga y yo tengo todos los derechos, pero ninguna obligación", señala, al tiempo que destaca que el servicio que prestan es gratuito.
Antes de que la figurita de la primera comunión o el mando a distancia vuelen por el salón, los aprendices de tirano hacen sus pinitos desde su más tierna infancia. "Hay muchos niños de dos y tres años que ya mandan en casa. Los que mejor conocen a los padres son los hijos y enseguida empiezan a saber cuándo me puedo aprovechar de ama, cuándo le estoy poniendo nerviosa y la monto para que me deje hacer esto o lo otro", asegura Escudero, quien subraya la importancia de que no haya "discrepancias educativas" entre ambos progenitores.
"Muchas veces no se ponen de acuerdo, uno quiere ir por un lado y otro por otro. O van en bloque desde los dos años o ya, cuando llegan a los quince, no hay nada que hacer", advierte y pone como ejemplo de lo que no hay que hacer que "igual el padre le da la paga a escondidas y le dice: Toma, pero no se lo digas a la ama".
Dormidos todos parecen angelitos, pero en cuanto abren el ojo ya hay quien desde muy pequeño apunta maneras tiránicas. "A los seis años ya se les puede detectar porque muestran una crueldad poco acorde con su edad, pegan de forma violenta a sus hermanos o a los animales, rompen cosas, apenas tienen amigos, no buscan la aprobación ni el afecto de sus padres...", enumera Banderas. Consciente de que "las actitudes violentas hacen más ruido", esta experta no quiere "demonizar". "Hay adolescentes estupendos, con un gran sentido de la responsabilidad, la solidaridad y la cooperación". Haberlos, haylos, pero deben estar chateando o cocinándose el flequillo a la plancha.

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