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Períodico de Diario de Noticias de Gipuzkoa

Las llagas de la iglesia Debate sobre el rumbo a seguir

El nombramiento de José Ignacio Munilla ha abierto un viejo debate en el seno de la Iglesia. La mayoría de los fieles guipuzcoanos apuestan por la línea aperturista marcada por el Concilio Vaticano II. La jerarquía española prefiere otro estilo.

Aitziber Salinas

- Martes, 5 de Enero de 2010 - Actualizado a las 08:14h

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Decenas de fieles esperan a despedirse personalmente del obispo Uriarte, el pasado sábado.

Decenas de fieles esperan a despedirse personalmente del obispo Uriarte, el pasado sábado. (Foto: ruben plaza)

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"ESTA incapacidad de recibir serenamente la crítica y examinarse ante su Señor, nos parece la mayor señal de la crisis. Y lleva a que, cuando la crisis se reconoce, sea sólo para echar toda la culpa de ella a la maldad del mundo exterior, y añorar en silencio una antigua situación de poder eclesial y de cristiandad". Lo firman Xavier Alegre, Josep Giménez, José Ignacio González Faus y Josep M. Rambla en el cuaderno Cristianisme i Justícia (CI) número 153, en el que analizan ¿Qué pasa en la iglesia?

No es un planteamiento nuevo, de hecho, la publicación es de abril de 2008. En ella se recogen reflexiones en torno al camino que puede tomar la Iglesia y sus autores reivindican la vía emprendida con el Concilio Vaticano II. Es lo que piden también los párrocos, curas y laicos de la Iglesia de Gipuzkoa que muestran su disconformidad ante el nombramiento de Munilla como obispo de la Diócesis de Donostia: que les dejen trabajar como han hecho hasta ahora, conforme al Concilio Vaticano II. El teólogo alemán Karl Rahner (1904-1984) ya lo planteó el siglo pasado: "Los cristianos del futuro serán gentes con experiencia espiritual o no serán cristianos, como está ocurriendo".

"En lugar de esforzarse por despertar esa experiencia creyente, la institución eclesial prefiere protegerse reclamando un poder y una autoridad totalmente extrínsecos, y sintiéndose perseguida cuando la sociedad no se los concede", añaden Alegre, Giménez, González Faus y Rambla, con la intención de que el debate se dé en el seno de la Iglesia. Además, aportan una dosis de autocrítica con el objetivo de mejorar: "En España, la hostilidad que despierta cuanto huele a cristiano no es obra de un gobierno malvado nacido por generación espontánea, sino cosecha de un largo pecado de nuestra jerarquía durante la época de la dictadura y antes de ella".

Los autores de estas reflexiones buscan "ser una palabra en un diálogo más amplio, no excluida de antemano". Ya en 1832 el filósofo Rosmini publicó Las cinco llagas de la Iglesia, anticipándose de alguna manera a lo que años más tarde serían las ideas más aperturistas del Concilio Vaticano II. Poco después de su publicación, Pío IX lo puso en la lista de libros prohibidos, y ahora el autor acaba de ser beatificado.

En la mencionada edición de los cuadernos, de los que forman parte un equipo interdisciplinario de seglares y jesuitas formado por unos 70 profesionales de ciencias sociales y de teología, se hace un diagnóstico de la situación actual de la Iglesia con un objetivo: "Que toda la institución tenga la humildad de preguntarse si estaremos haciendo algo mal".

Primera llaga

Centralidad de los pobres

La primera llaga detectada por estos expertos en el siglo XXI es la del Olvido de la centralidad de los pobres. Más aún cuando "Dios escucha ese clamor de los pobres y de las víctimas de toda opresión (st 5,5). El evangelio los considera propietarios del proyecto de Dios sobre la historia". En opinión de los expertos analistas, a los pobres la Iglesia les ofrece "una benevolencia paternalista, pero no se logra expresar esa preferencia radical hacia ellos que sería sacramento del amor de Dios". Por lo que concluyen que dan la impresión de "ser una Iglesia de los ricos más que una Iglesia de los pobres".

Según los autores de este documento, en la comunidad eclesial no faltan personas, grupos o instituciones que optan decididamente por los pobres y "las víctimas de la historia", aunque éstos "encuentran con demasiada frecuencia gran cantidad de dificultades, de rechazos y hasta persecución por parte de los responsables de la comunidad eclesial".

Además, destacan que en los dos últimos siglos, la pobreza en el mundo no existe, como sucedía en tiempos anteriores, por insuficiencias, sino que "la existencia de la pobreza constituye un escándalo sin precedentes que es, además, fuente de continuas tentaciones de violencia". Hecho que, desde su punto de vista, hace más grave que la Iglesia no actúe de forma más contundente.

Vaticano II

El pueblo de Dios

"La Iglesia no está verdaderamente formada, ni vive plenamente, ni es representación perfecta de Cristo, mientras no exista y trabaje con la jerarquía un laicado propiamente dicho" (Ad G 21), recogió el Concilio Vaticano II. La Iglesia dejó así de definirse como "sociedad perfecta" para pasar a definirse como "comunión".

"La autoridad eclesiástica tendría aquí campo abierto para esa inversión evangélica de la autoridad en servicio que brilla tan poco en la Iglesia como en los poderes mundanos. La categoría de pueblo es el fundamento de esta comunión que define a la Iglesia: un pueblo de iguales, donde la autoridad podía hacer verdaderamente suya la frase de San Agustín: Soy un creyente como vosotros", dicen los autores del cuaderno.

Añaden que para el Nuevo Testamento, el denominado pueblo de Dios se trata de un pueblo santo y que, por ello, "esa santidad debe reflejarse no sólo en cada miembro particular, sino en su configuración como pueblo". Aunque otras visiones mayoritarias en la jerarquía de la Iglesia española actual consideran que esta comunión se debe dar de forma jerárquica.

Además, el equipo redactor de Cristianisme i Justícia añade en su análisis "otra consecuencia" que creen palpar con frecuencia: "El carrerismo, la búsqueda obsesiva de dignidades (mundanas en el fondo aunque se vistan de púrpura) que condiciona la actuación de muchos ministros de la Iglesia, más atentos a su propia promoción y seguridad que al cuidado del pueblo de Dios".

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