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Un hecho real que conmocionó la Gipuzkoa de finales del siglo XVI inspira 'Árbol de sinople', la novela en la que el donostiarra Manuel Vázquez Martínez de Ordoñana ha invertido más de tres años de trabajo y toda la ilusión de un escritor debutante
ruth pérez de anucita - Sábado, 26 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 10:17h.
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Donostia. Con un lenguaje que recupera algunas expresiones en desuso -malencólico por melancólico-, Árbol de sinople recoge los avatares que padece una pareja de enamorados que deciden casarse en contra de la voluntad de sus familias en la Gipuzkoa del siglo XVI. La situación se complica y conduce a una denuncia por rapto presentada por los padres de la novia ante los tribunales civiles y religiosos, la alcaldía de Mutriku, el Obispado de Pamplona y la Chancillería de Valladolid.
"Mucha gente piensa que Gipuzkoa es un territorio en el que han sucedido pocas cosas de importancia hasta épocas recientes y eso es totalmente falso; esta provincia ha vivido sucesos muy importantes de la historia como frontera entre las dos potencias más importantes de Europa durante muchos años, y ha producido un montón de figuras de gran talento y relevancia internacional", reflexiona el escritor, que firma bajo el seudónimo de Manu de Ordoñana. Por el libro desfilan Juan de Ydiáquez, el hombre más influyente de la Corte en el reinado de Felipe II y su sobrino, Martín de Ydiáquez, secretario de Estado y hermano del protagonista.
¿Por qué escribir?
Desde muy joven he tenido la ilusión de escribir una novela. Mi padre era periodista deportivo, escribía de fútbol y ciclismo en La Voz de España. En Unidad estaba Erostarbe y en El Diario Vasco, Iturrioz. Él siempre me transmitió su cariño por las letras. Teníamos un cuarto de los libros, una especie de biblioteca siempre desordenada, y a menudo me metía a enredar… Siempre he tenido el gusanillo. Aprovechando que mi padre era redactor jefe de Deportes, escribí alguna cosa de baloncesto y fútbol cuando era estudiante. Creo que él quería que yo entendiera lo que era escribir. Me transmitió varias ideas, desde luego una muy clara: que en un artículo sólo se pueden decir una o dos cosas, que no pretendiera decir mucho, sino vender una o dos ideas. Eso a mí se me quedó grabado, porque es verdad, también en la vida profesional: quieres transmitir muchas cosas y la gente no tiene capacidad para recibir tanto. Siempre he querido escribir, pero también he sabido que no soy capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo: trabajar en la empresa y escribir una novela no son para mí compatibles.
Esperó a jubilarse.
Eso es. Cayó en mis manos el libro Historia de un rapto de José Antonio Azpiazu. El relato, que está contado desde el punto de vista de un historiador, me encandiló. Y decidí que iba a ser el argumento de mi novela. Eso fue el año 2000, aproximadamente, y desde entonces empecé a buscar información, leyendo libros que también recogían la historia. Cuando me jubilé, con 64 años, ya tenía material suficiente para empezar a escribir, pero me faltaba la técnica. Me apunté a un taller literario de Kutxa, que impartían dos filólogas -Ane Mayoz y Ana Merino, que siguen haciéndolo- y aprendí bastante. No todo, porque este oficio es muy complicado, pero me sirvió para saber cómo hay que escribir; ellas me ayudaron en la elaboración y corrección. Creo que la tendencia en las primeras novelas es a repetir mucho las cosas. Este libro tenía inicialmente 345 páginas y se ha quedado en 259. Ha habido mucho trabajo de criba.
¿Ha sido lo más difícil?
Eliminar textos que tanto te ha costado componer ha sido la experiencia más dolorosa de mi nuevo oficio. No me olvido de que tardé un mes en escribir el primer capítulo -el tercero de la novela- de apenas cinco páginas.
¿Y cómo le fue con las editoriales?
Terminé la redacción en mayo o junio, presenté la primera prueba a una editorial y me dijeron que no, que era demasiado extenso. Yo entendí que por ahí no iba mi guerra y me decidí a hacer una autoedición. He hecho cien ejemplares en digital, básicamente para regalar, y ahora 500 en imprenta, con nuevas correcciones incorporadas.
La parte histórica es la que se sustenta en los datos reales y la ficción ¿se dedica a la recreación de sentimientos y a completar los vacíos de la historia?
Exacto. Me he basado mucho en documentos históricos, he estado analizando los archivos tanto en Valladolid, como en Simancas, la Real Academia de la Historia en Madrid, el Archivo de Indias en Sevilla, y los locales, donde hay mucha información, de todo en general, pero de esto en particular muchísima, porque fue un hecho muy sonado en aquel tiempo: las actas notariales, los protocolos del corregidor... En el archivo Diocesano de Pamplona existe un legajo de 348 folios que recoge el proceso que entabla la familia de doña Isabel contra don Pedro de Ydiáquez; es un precioso documento que aporta vasta información sobre el caso y sobre las costumbres de la época. La novela histórica es un género que siempre me ha gustado. Además de explicar la historia te ayuda a comprender el sistema de valores vigentes en tiempos pasados y te permite inferir cómo ha evolucionado la sociedad hasta nuestros días.
La novela incide mucho en el exceso de privilegios, del clasismo llevado al extremo en los que la vida y la muerte de la plebe no significan nada.
Es uno de los aspectos que quiero subrayar: había una gran diferencia de clases. Los estamentos privilegiados tenían una gran influencia: eran capaces de elegir alcaldes, vicarios, corregidores, así como manipular en su favor el poder judicial; hacían lo que les daba la gana. Martín de Ydiáquez era patrón de la iglesia de Azkoitia, lo que le facultaba para presentar al obispo el candidato a párroco, así como a cobrar los diezmos y las primicias. Calcula el poder que podrían tener los Ydiaquez en Gipuzkoa: don Juan de Ydiaquez era el personaje más importante de España después del rey... ¡del mundo! Porque entonces España y Portugal dominaban tres cuartas partes del mundo conocido. Martín era el secretario, tenía un futuro excelente, pero murió con 39 años; había muchas esperanzas depositadas para suceder a su tío Juan. Don Juan de Ydiáquez, aunque nació en Madrid, era originario de San Sebastián; su padre, Alonso de Ydiáquez, fue secretario y consejero del emperador Carlos I desde 1520; fundó el convento de San Telmo , donde puede verse su estatua yacente junto a su esposa Gracia de Olazábal. Tenían un poder terrible.
El núcleo de la novela es una tesis insólita en ese tiempo: el amor que consigue eludir las reglas del juego.
Es muy raro. Ella era una mujer -una niña en realidad, pues apenas tenía trece años cuando suceden los hechos- de armas tomar, como ha habido muchas y como ha habido siempre en este país. José Antonio Azpiazu tiene escrito un libro Mujeres vascas. Sumisión y poder, que refleja muy bien que en aquel tiempo la mujer no tenía ningún derecho, pero que de hecho practicaba el poder. Era la que sostenía muchos negocios, aunque en teoría no podía ser titular... Dice Azpiazu en su libro: "Sojuzgada por las leyes, menospreciada por la sociedad y considerada por la Iglesia como culpable de la miseria de la condición humana, la mujer ofrece a través del examen de la vida cotidiana una imagen que rompe los esquemas que sobre ella se nos habían formulado".
Pero que se saliera con la suya fue algo excepcional.
En el momento en el que interviene la Chancillería, el equivalente al Tribunal Supremo, llega a la provincia un tal Portocarrero, nombrado para investigar el rapto de la doncella. Viene con todos los poderes -incluso por encima del corregidor- y pretende prender a los culpables. Es entonces cuando se interpone don Juan de Ydiáquez y ordena que se paralice la pesquisa. Si no hubiera sido por él, la denuncia habría prosperado…
Otro aspecto que llama la atención en la novela es el proceso de transformación que está experimentando la Iglesia en aquel tiempo.
Sí; el concilio de Trento tuvo una gran repercusión en la vida religiosa de la época, pero todavía -33 años después de su conclusión- las reformas habían sido tímidas y se mantenían las viejas costumbres. Los eclesiásticos tenían una formación muy pobre y muchos de ellos no tenían ningún tipo de vocación. Los segundones o tercerones de las familias no tenían más remedio que meterse en la Iglesia o en el Ejército. Muchos de ellos se hacían clérigos con un beneficio: les asignaban una tarea y por esa tarea cobraban un determinado dinero, pero luego no lo hacían, vivían con sus concubinas, no iban a la iglesia, no conocían la liturgia... Por eso el Concilio de Trento, que tiene mala fama en algunos sectores, sirvió por lo menos para que la Iglesia adoptara ciertas medidas ante la actitud del clero, que hacía lo que le daba la gana.

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