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En el ecuador de la Conferencia sobre el Cambio Climático en Copenhague, las naciones tienen que asegurar decisiones firmes que incluyan una fecha límite para el acuerdo
Sábado, 12 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 10:21h
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DURANTE demasiados años los países en desarrollo han vivido de espaldas al respeto al Medio Ambiente, asumiendo una filosofía basada en la despreocupación por los perjuicios causados, al modo del rey Luis XV de Francia y su "Après moi, le déluge" ("Después de mí, el diluvio"). La Conferencia sobre el Cambio Climático que se está celebrando en Copenhague ha llegado a su mitad, y esta vez parece que los estados se están tomando un poco más en serio que se está acabando el tiempo y que se acerca inexorablemente la fecha límite en la que ya no habrá posibilidad de vuelta atrás. Es absolutamente necesario que de esta conferencia salgan decisiones firmes de cara a un compromiso tasado y fechado, jurídicamente vinculante. Parece que comienzan a plantearse decisiones concretas, como la contenida en el borrador oficial que aspira a limitar el aumento de la temperatura media del planeta entre 1,5º y 2ºC en comparación con los niveles preindustriales, lo cual ya es, al menos, rebajar en medio grado el acuerdo de los países del G-8 que en julio acordaron en L"Aquila limitarlo a 2ºC. Aunque sólo sea por temor a matar la gallina de los huevos de oro, y por una leve conciencia de culpabilidad ante el futuro, en Copenhague comienzan a vislumbrarse señales de toma de conciencia como el compromiso de la Unión Europea para destinar 2.000 millones de euros anuales durante tres años para que los países en desarrollo puedan adaptarse a la lucha contra el cambio climático. Habrá que tener en cuenta, también, los pasos para reducir sus emisiones que en las últimas semanas han dado países como Noruega, Corea del Sur, Rusia, Brasil, Japón, Indonesia y México. Obama ha anunciado un descenso del 4% en las emisiones respecto a 1990 y China también está dispuesta a dar pasos adelante. Esto demuestra que ha funcionado la convicción de que el tiempo se acaba y los líderes mundiales se han dado cuenta de que el precio político de no llegar a resultados concretos es demasiado alto. Se están dando cuenta de que para los pobres granjeros de Etiopía, que sufren largas sequías y desatadas tempestades, y para los habitantes de las islas cuyos hogares desaparecen bajo las olas, no hay ninguna explicación para que vuelva a producirse un nuevo fracaso.
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