Publicidad
[Entrar | Registrarse]
dos madres de niños superdotados relatan las dificultades que rodean a esta realidad
La mayor complejidad en su educación reside en que la edad mental de los chavales no concuerda con la emocional
jorge napal - Domingo, 6 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 10:17h
votos
comentarios
Begoña Suárez y Leire Lekuona, madres de niños superdotados de diez años, en un momento de la entrevista con este periódico. (Foto: javi colmenero)
Vista:
donostia. Pronto, muy pronto comienzan a aparecer los primeros síntomas de que algo fuera de lo común se está cociendo. El hijo de Leire Lekuona, a la tempranísima edad de nueve meses, amenizaba sin ser consciente de ello a quienes le rodeaban en la playa. Parecía increíble, pero el niño era capaz de construir frases perfectas en castellano y alemán para sorpresa de su audiencia. No callaba. A una edad en la que todavía se balbucea, el niño daba rienda suelta a todo tipo de inquietudes. "¿Qué hay después de la vida, ama?", le preguntó pocos meses después. "¿De qué material están hechos los balcones?", le insistía cuando le llevaba de paseo en la sillita. Todavía no lo sabían, pero en el seno de esa familia había nacido un niño superdotado. El 5% de los críos lo son, pero la mayoría no lo sabe, y la paradoja de todo ello es que su alta capacidad puede acabar derivando en un rotundo fracaso escolar, por no detectarse a tiempo las necesidades reales de estos chavales.
confusión El embrollo de términos suele ser habitual. Una cosa es tener talento y otra ser precoz. Pero la superdotación presenta rasgos propios, como una vertiginosa agilidad mental con una inteligencia muy por encima de la media, acompañada de una personalidad y creatividad propias. A este perfil responde el hijo de Lekuona. "Son como esponjas, lo preguntan todo". "No dejan de absorber conocimiento", asegura la madre, que no tardó en percatarse de que su pequeño interrelacionaba cuanto aprendía.
En ese punto, a esa edad, todavía no hay ninguna conciencia del problema, menos aún con unos chavales que dan pie a una serie de situaciones que resultan muy divertidas, casi cómicas. Cuentan habitualmente con el guiño cómplice de su audiencia.
La donostiarra Begoña Suárez, madre de otro niño superdotado, es consciente de que la sonrisa en el hogar comienza a desdibujarse una vez que se inicia la etapa escolar. "Un día llama la profesora y te dice que el chaval no juega con otros niños, que está siempre con sus tutores o quiere jugar con otros niños mayores que él". El crío ha cumplido tres años y, de repente, algo deja de encajar.
¿Qué ocurre dentro de su cabeza? Hay dos palabras que no pueden resumir mejor la situación: se aburre. Todo lo que le rodea en clase le parece un tostón porque no encuentra ningún interés en ello: colorear, las preguntas que hacen los compañeros de clase... Además, es muy raro que entren en el juego de las peleas y empujones diarios. Optan por camuflarse, como si se esforzaran en parecer mediocres para no destacar. ¿Para qué hacerlo, si sólo da problemas?, Se dicen. Por eso se quedan en una esquina, sin hablar con nadie. Se notan diferentes y no saben por qué. Muchos de ellos, que no son detectados a tiempo, acaban padeciendo problemas de ansiedad y depresión.
Los hijos de estas dos madres tienen un perfil diametralmente opuesto, pero guardan un denominador común: un interés desmedido por la lectura, además de su hipersensibilidad. "Se le quedan más marcadas las cosas", apostilla la donostiarra Suárez. Habitualmente, en el barullo diario de clase, si a un chaval le llaman tonto, le entra por un oído y le sale por el otro. A estos críos no. Todo permanece grabado a fuego. Y no sólo eso. "Además tiene que buscar una razón, un motivo para proferir ese insulto", apostilla Lekuona.
encajar la ecuación La explicación de todo ello es que los chavales de alta capacidad tienen una edad mental que no concuerda con su edad emocional. La razón les lleva a una serie de conclusiones, pero los derroteros que toman sus emociones infantiles alcanzan destinos bien distintos.
Ahí reside el quid de la cuestión. A estos niños se les puede hablar como si de adultos se tratara, pero sus emociones no dejan de ser las de un niño. "Puedes caer en el error de tratarle como a un adulto o exigirle como a un adulto, algo que de ningún modo se debe hacer", precisan ambas madres.
Esta dualidad es la que confunde sobremanera, sobre todo a los profesionales del entorno escolar, que ven cómo esos chavales no quieren jugar con los niños de su edad y se arriman a los profesores. "Me aporta más hablar con los tutores porque son quienes tienen el conocimiento", les dicen ellos. Los padres se encuentran entonces ante el dilema de encajar la ecuación, ya que sus niños sólo piensan en aprender, pero descuidan el juego y no le dan importante a socializarse, algo tan necesario como alimentar su intelecto.
A las dos madres les ha costado lograr ese equilibrio. Por ley, existen tres posibilidades: agruparlos, que salten de curso o llevar a cabo una ampliación curricular. A esta última medida se ha acogido el hijo de Begoña, que sigue en el mismo curso que sus compañeros de clase pero se le acelera en determinadas asignaturas. "Eso le permite seguir con sus compañeros, porque a nivel emocional no deja de ser un niño, pero intelectualmente se le adapta en lo que puede destacar", explica su madre. El hijo de Leire ha tomado otro camino. El año pasado, para el mes de enero las profesoras constataron que el chaval ya tenía hecho cuarto de Primaria. Por eso, este año ha saltado un curso y se muestra ahora mucho más equilibrado, sin la ansiedad que padecía antaño. "Era curioso lo que me decía antes", asegura su madre. "Venía del colegio, se montaba en el coche y me decía: Vámonos a casa que necesito crear algo. Estaba convencido de que en el colegio se socializaba, pero era en casa donde se aprendía". Ahora con el salto de curso, la ecuación ha comenzado a encajar.
Gracias por su comentario
Publicidad
21:54
21:35
21:27
21:25
21:22
21:10
Publicidad
Publicidad