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Testigo excepcional del devenir de una ciudad inaccesible en otro tiempo pero que va dejando de serlo, Adolfo Bermel, en silla de ruedas desde hace dos décadas, acompañó ayer a NOTICIAS DE GIPUZKOA en un recorrido por Donostia.
Jorge Napal
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Adolfo Bermel frena su silla, ayer, ante una barrera insalvable, la acera que se encuentra entre el número 24 y 25 de la calle Bermingan, en el barrio donostiarra de Gros. (Gorka Estrada)
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Uno camina, puede hacerlo durante horas, sin reparar un solo instante en la cantidad de bordillos que debe sortear, al menos, en las entrañas de una ciudad. Esa misma travesía, a ojos de un discapacitado físico, se convierte en una sucesión de trampas, barreras e inconvenientes, en ocasiones, inimaginables. A lomos de una silla de ruedas, siempre se escruta el recorrido, se mide a conciencia cada uno de los resaltos de carretera que acechan en el camino. Lo sabe y lo cuenta Adolfo Bermel, de 72 años, que gobierna con maestría su silla, a lomos de la cual lleva 20 años que parecen "toda una vida".
Siempre de aquí para allá, desde aquel fatídico mes de febrero de 1990, cuando regresaba de la multinacional de acero en la que trabajaba y un ictus (accidente cardiovascular) le aguardaba. Y consumó su amenaza, arrebatándole la movilidad de la parte izquierda de su cuerpo, que no su sentido del humor, que mantiene, como las ganas de vivir, a buen recaudo. "¿Cómo estamos? ¡Cuántos años!", saluda el hombre mientras se ajusta sus enormes gafas refractantes y la gorra de cuero negro con la que frenar los rayos de sol. El atrezzo no es concesión coqueta. Padece fotofobia, la irreparable secuela que le dejaron las sesiones de rayos láser a las que fue sometido para frenar los embates de aquel accidente cardiovascular el maldito día que metió el coche en el garaje y ya nada volvió a ser igual. Este donostiarra es un viejo conocido siempre disponible, una de esas personas que jamás niega su colaboración si se trata de mejorar las condiciones de vida de las personas que, como él, tienen movilidad reducida. En el territorio hay en torno a 12.400 guipuzcoanos con una valoración legal de minusvalía, según datos de la Diputación, personas con discapacidad, cuyo día internacional se conmemora hoy.
Bermel no duda un solo instante en aceptar la propuesta de este periódico y se lanza a patear la calle, y sus aceras, las mismas que, a la chita callando, va consiguiendo rebajar de centímetros. A la chita callando, más bien, es una figura retórica. "Todo ha sido a base de machacar por teléfono. El concejal donostiarra Alberto Rodríguez algo sabe de ello. La verdad es que han mejorado mucho las cosas, aunque todavía resta trabajo por hacer", revela el hombre, que se cala la gorra poco antes de emprender el recorrido, cuyo destino es precisamente esa tarea pendiente en materia relativa a movilidad.
GROS
Un barrio con barreras
Bermel, lector empedernido y padre de cuatro hijos, se hace con el joystick de su silla de ruedas. "Vamos para allá", se arranca, para atravesar el Paseo de Francia, que "no representa ningún problema".
El objetivo de la singladura es Gros, barrio del que, dice, no está hecho para el discapacitado físico. Sus palabras comienzan a apagarse, en una relación inversamente proporcional al ensordecedor traqueteo de la maquinaria que, entre la calle Miracruz e Iparragirre, no conoce descanso estos días para socavar la carretera e instalar la red de Vodafone. "Aquí comienzan los problemas. Ésta es una de esas zonas que, si no eres un veterano como yo, quizá, hasta te pongas a llorar, cojas y te des la vuelta a tu casa con la silla de ruedas", aventura el hombre.
Son esos detalles invisibles para el ciudadano que camina con los pies sobre la tierra los que se antojan peligros, casi insalvables, para quien se desplaza en silla. "Es verdad que las chapas metálicas y los tablones son algo temporal, pero una silla de las que utilizamos pesa unos cien kilos, y cualquier voltereta puede ser irreparable", revela. La suya cuesta 5.000 euros, 3.000 de los cuales cubrió la Seguridad Social; el resto tuvo que poner él de su bolsillo.
Bermel detiene la silla en la calle Iparragirre, frente a una de esas chapas metálicas que acaba de mencionar. "Mira, esto parece una tontería pero resulta imposible", insiste el donostiarra ante la mirada cómplice de una mujer que tira de la silla de su marido en ese mismo lugar.
Alcanza el hombre la Gran Vía para tomar la calle San Francisco, "la autovía" que todo discapacitado físico de la zona coge para ganar el ambulatorio de Gros. "Es verdad que todo esto ha mejorado, pero a base de cansar al personal", concede él. Un sol de justicia le recibe en la calle Secundino Esnaola. "¡Esto me mata!". A partir de ahí es cuando comienzan realmente los problemas, entre el número 24 y 25 de la calle Bermingan, inaccesible a todas luces. "En este tramo es imposible cruzar la carretera. No es más que un ejemplo de todo el trabajo que todavía queda por delante. Como esta acera, hay un montón en este barrio", asegura Bermel.
Resulta curiosa la complicidad que despierta entre el vecindario la escena. Mientras se deja retratar por el fotógrafo en este mismo lugar, junto a una acera de unos 20 centímetros que impide continuar la travesía, gentes de a pie, con el carro de la compra, o simplemente de paseo, le animan en su propuesta y jalean su vena reivindicativa. "Ahí, ahí, es una buena idea. Este tipo de bordillos llevan aquí la tira de años", dice un hombre. Acabado el recorrido, Bermel comienza a hablar de establecimientos de hostelería. "Ésa sí que es una historia imposible", confiesa el hombre. Pero conoce uno accesible en la zona. Entra, se quita las enormes gafas, descubre su mirada azul, algo pícara, y se toma una manzanilla con leche templada, que endulza con una sacarina.
Gracias por su comentario
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