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Mi coche dormitorio

Ha caído por el abismo del desempleo, y trata ahora de enderezar el rumbo. El testimonio del tolosarra Pablo Sánchez, que se ha quedado sin trabajo y se ve obligado a dormir en su vehículo, es el reflejo más cruel de una vida pródiga en dificultades.

Jorge Napal

- Martes, 24 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 07:50h

Pablo Sánchez oculta su rostro, apoyado en una pared.

(Javi Colmenero)

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Su calvario dura lo que un embarazo, nueve meses de desvelos en un coche que ya ha dejado de sorprender a propios y extraños. En Lasarte-Oria, donde estacionó el vehículo hace ya demasiado tiempo, le van conociendo. No era así al principio, cuando todo aquel que se cruzaba con Pablo Sánchez se preguntaba en voz alta: ¿Pero quién es ese chico? ¿Qué hace ahí metido toda la noche? Él se sabía de algún modo observado, pero trataba de ir a lo suyo, echando mano de una pequeña radio con la que sigue escuchando programas de música, como Radio Tropicana, que le incitan al sueño, por el que se deja vencer abatiendo el asiento delantero del coche y tapándose con una manta para preservarse del frío. "Es duro vivir así, quizá lo peor sea la soledad", sopesa el tolosarra, camionero de profesión en los últimos años pero descolgado por el abismo del desempleo desde que arrancó una recesión de la que los expertos dicen que Gipuzkoa comienza a salir.

Si eran ayer ciudadanos de procedencia marroquí los que relataban en este periódico sus penalidades a cuenta del dichoso desempleo, es hoy este joven, de 36 años, el vivo retrato de tantas otras familias guipuzcoanas de vida normalizada que no han encontrado a su tiempo el asidero para salir a flote de una situación harto complicada. "Ante cualquier problema siempre me he venido abajo. Que me dejara la novia o tener cualquier conflicto con mis padres era motivo suficiente para sumirme en la depresión", admite Sánchez que, en su alocada huida hacia adelante, buscaba en el alcohol el remedio a unos males que no han hecho más que aumentar a cada trago.

"Llega un momento en el que incluso dejas de quererte". Pablo anticipa en su conversación un hondo proceso de reflexión interior, del que toma aliento ahora para coger fuerzas con las que salir adelante. "Todo ha sido gracias a la terapia de grupo que he llevado durante el último año y medio en Proyecto Hombre. Ahora me conozco más, es lo que me ha permitido darle la vuelta a esta situación", confiesa.

Fontanero, soldador, camionero… Sánchez jamás había estado más de un mes en paro, pero le atrapó la crisis, y pronto se dio cuenta de que las cosas iban a torcerse. Cobraba 2.000 euros al mes, que despilfarraba en correrías nocturnas, aunque ahora no es más que un lejano pasaje de su vida. "He pasado de tenerlo todo a echarlo todo por la borda", asume autocrítico el tolosarra, que no deja estos días de echar curriculum para encontrar el empleo que le permita salir del atolladero. "Hay que ser fuerte y no perjudicarse más. No estamos para perder sino para sumar". El mensaje lo ha hecho suyo.

Desde hace medio año Sánchez mantiene una relación sentimental con una chica a quien le costó decirle la verdad. Cómo hacerlo. Cómo decirle que cuando se marchaba del piso de ella tras la cena y le decía que se iba a la casa de aquel supuesto amigo, en realidad, profundamente avergonzado, cogía el autobús con destino a su domicilio, los tres metros cuadrados de chapa fría de su Megane.

Adiós al recelo

Sin apoyo familiar

"Por lo menos ya no me miran los vecinos con recelo", insiste él, que agradece el bidón de cinco litros de agua con el que suele asearse, gracias a la ayuda desinteresada de un baserritarra cercano. Cerca del coche-casa también hay un bar, en el que le suelen regalar pan cada vez que se queda con hambre o le cobran no más de veinte céntimos por barra para no hacerle de menos.

"Es duro, difícil, y más cuando no cuentas con apoyo familiar", comenta dolido el joven, que asume su condición de "oveja negra" en el seno de una familia en la que su hermano -"el figura"- era a ojos de sus padres el ejemplo a seguir, la maldita comparación que dejó en Pablo un estigma que probablemente le acompañe para los restos.

Al menos cuenta con una novia, que no es poco, aunque su situación económica tampoco es para tirar cohetes. La mujer no vive precisamente holgada. Cobra 500 euros al mes, y comparte piso con su hermana y otras compañeras. Algún día, dice él, se irá a vivir con ella. Ha dejado de beber, ya ni siquiera fuma y pronto podrá recuperar el carné de conducir que le quitaron en una alocada velada en la que cometió alguna que otra imprudencia por llevar encima más alcohol de la cuenta.

El tolosarra, en el transcurso de la charla, que tiene lugar en un bar del centro de Donostia, imprime a sus palabras un brío que nace de la convicción:

- Se le ve con las ideas claras, Pablo.

-Sí -responde- aunque no quiere decir que no me esté costando.

El joven, que acude todos los días al Aterpe de Cáritas en Donostia, se ha convertido en usuario y voluntario de este servicio al mismo tiempo. "Qué menos puedo hacer. Es una manera de agradecer la comida caliente, los juegos de cartas y la ropa que se nos presta", contesta el hombre. "Hay gente muy perjudicada, otros tienen el bicho (modo con el que llaman al sida) y al menos yo no tengo ningún problema para echar una mano y colaborar", añade.

Su aspecto aseado, bien peinado, vestido con una camisa de manga larga y cuello alto, no coincide con la imagen desarrapada con la que habitualmente se asocia a un usuario de estos servicios. Él dice que no se trata de nada casual. Que en ese ánimo de salir algún día de la situación en la que hoy se encuentra, cuidar la imagen no es un tema menor. "Tengo proyectos, ¿sabes?, y por eso intento que no se me note el momento que estoy viviendo", razona.

Esos proyectos pasan por un curso que está a punto de comenzar. Dos semanas de teoría sobre forestación, y a partir de ahí medio año de contrato, empleado en la limpieza de montes y jardines. Pablo ya ha sido seleccionado para comenzar a realizar el curso, y está esperando a que le llamen de un momento a otro. "La asistenta ya me ha dicho que me vaya moviendo, que vaya preparando para el cambio en mi vida que puede estar a punto de venir", revela esperanzado el joven, ilusionado por la posibilidad de emplear el dinero que gane en el alquiler de un piso que compartirá con su novia.

Gabriel

Desempleado a los 50

Si la situación de Pablo es difícil, la de Gabriel, de 50 años, no lo es menos. Es otro de esos casos, incluso dramáticos, de familias guipuzcoanas que transitaban por la cuerda floja y la crisis acabó por descolgar. "Me quedé en paro hace nueve años, pero durante todo este tiempo he ido tirando a base de hacer mil trabajos", relata el hombre, poco después de comer en el Aterpe de Cáritas, donde también duerme porque no tiene otro remedio.

"El mayor problema para mí llegó hace seis meses. Vivía con una mujer, que era dueña del piso en el que me alojaba, y al final ella volvió con su ex marido. Desde entonces estoy en la calle", confiesa el hombre dibujando una sonrisa amarga tras sus gafas, que le dan cierto aspecto melancólico y bonachón al mismo tiempo.

El hombre entrelaza sus manos mientras charla con una de las trabajadoras del Aterpe, que le dicen que están preparándole la kirol txartela para que pueda hacer uso de este servicio. "Eso sería genial", dice él agradecido. Gabriel mira el reloj. Ya va quedando menos para marchar hacia el barrio donostiarra de Herrera, donde acude a unos talleres de Cáritas en los que elaboran diferentes piezas, un suerte de empleo protegido por el que el hombre obtiene una remuneración simbólica con la que, al menos, cubre sus necesidades más apremiantes.

"La suerte hay que buscarla, es cierto, pero no sé yo cómo se presenta el futuro", dice dubitativo, sin demasiada convicción.

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