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alejandro fernández aldasoro escritor y creativo

"Con estos libros he tratado de buscar la revancha y ajustar cuentas con los triunfadores oficiales"

Nació en Bilbao pero vive y trabaja desde hace años en Donostia. Allí ha creado a los insectos que protagonizan 'Asaltamontes. Un bandolero del montón' y 'Asaltamontes contra Sapurulento' (Alelare), dos novelas contadas en forma de fábula pero con grandes dosis de mala baba

Juan G.Andrés - Lunes, 23 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 07:50h

Fernández Aldasoro, minutos antes de la entrevista, en las oficinas de Noticias de Gipuzkoa.

(Gorka Estrada)

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Donostia. El personaje que protagoniza las dos primeras incursiones literarias de Fernández Aldasoro (Bilbao, 1970) es un saltamontes outsider, de profesión bandolero, mediocre pero lúcido. Un insecto que se resiste a vivir en un mundo de hormigas. Las odia "con una furiosa intensidad". "Tan previsoras ellas, tan pulcras, tan comprometidas, las hormigas, tan despersonalizadas, tan previsibles, tan estúpidas", escribe el autor, que trabaja desde hace 13 años como creativo publicitario. Una experiencia sin la que -dice- jamás podría haber escrito las historias de Asaltamontes.

¿Qué relación existe entre la literatura y su trabajo en la publicidad?

Mi oficio está muy delimitado. Por un lado, tienes que batir el récord de los 100 metros lisos en un pasillo muy estrecho y, por otro, tu trabajo es juzgado en tantas fases que al final no lo reconoces como tuyo; las cosas difícilmente salen tal y como las has pensado y eso es bastante doloroso.

¿Y ha probado con la literatura porque le permite ser dueño absoluto de sus palabras?

En parte sí, pero también por un sentimiento de venganza, por un deseo de ajustar cuentas. Es infantil e inútil, pero es un pequeño desahogo.

¿Con quién quería ajustar cuentas?

Con muchas de las hormigas de las que hablo, que están en todas partes, especialmente en mi profesión. Antiguamente no era así, la publicidad era mitad negocio, mitad arte. Pero eso se acabó, y ahora sólo es un negocio donde nosotros somos los bufones que hacemos reír a quienes pagan.

¿Cómo surge la figura de ese antihéroe llamado Asaltamontes?

Supongo que es una versión mejorada de mí mismo. En mi profesión hay triunfadores oficiales, gente convencida de que tiene la razón absoluta y que cae siempre de pie. Y tú sabes objetivamente que no son mejores que tú, da rabia, y por eso uno trata de buscar la revancha o ajustar cuentas. Asaltamontes se atreve a hacer aquello que yo no puedo hacer. El otro día, por ejemplo, escuché en una tertulia a una señora que decía que había que imponer el carné por puntos para peatones, y amonestar a quien cruzara un semáforo en rojo. Yo oigo eso y, claro, me gustaría ir a la radio y abofetear a la tertuliana, acabar con su atrevimiento y su odiosa convicción. No se puede mandar un mensaje tan pernicioso y nocivo a la sociedad. ¿Por qué hemos de tener la repugnante perfección de los robots? Y al final esa gente, los mandos intermedios de la sociedad, toman decisiones que nos afectan a todos, son los triunfadores oficiales, y yo quiero acabar con ellos. Pero claro. Como no estamos en el salvaje Oeste y no puedo hacer semejante cosa, escribo, me divierto y sigo siendo la misma persona inofensiva de siempre.

¿Y le ha funcionado terapia?

Yo me he quedado bastante a gusto, y creo que no podría haber escrito estos libros si no llevará más de diez años trabajando en la publicidad o si no estuviera vinculado a la dinámica del mercado laboral. Si hubiera sido un artista de verdad, no habría entrado en contacto con personas tan ajenas a mí pero que ejercen tanta influencia sobre lo que hago. Se ha producido una especie de resentimiento que ha desembocado en las novelas, y si acumulo suficiente rencor haré una tercera parte.

¿Por qué ha elegido "vengarse" a través de la fábula y no con historias de humanos? Podía haber "señalado" a sus objetivos directamente...

Por mediocridad. En realidad es un artificio, una metáfora que me permitía contar una historia más dinámica y que me daba juego para hacer más humor, sin ir tan a degüello. Apuntar directamente con el dedo es demasiado desagradable, así que preferí sugerir y que lo pille quien lo pille. Los insectos no me gustan especialmente, pero introducen un cierto concepto de bajeza.

De hecho, llamarle "insecto" a alguien es un insulto.

Sí, y la figura del insecto me parecía perfecta para el mundo en que vivimos: todos somos pequeños, insignificantes, tanto quienes creen que lo son como quienes no. En nuestra lengua, además, hay un montón de expresiones relacionadas con el mundo de los insectos: mariquita, persona avispada, mosquita muerta...

Sus personajes son insectos, pero están humanizados de algún modo, con costumbres equiparables a las de las personas.

Esa fórmula se ha utilizado desde hace tiempo pero lo que yo no había visto tanto es mezclar el siglo XX con el XVIII, con los bandoleros. Me parecía que el propio disparate de la historia permitía mezclar, por ejemplo, una terapia sanadora con un trabuco.

¿Los libros tienen moraleja?

El primero trata sobre la lucidez, que es un don de doble filo porque permite saber pero al mismo tiempo es doloroso porque no deja que te engañes a ti mismo. Uno detecta las trampas que se hace y los conceptos a los que se acoge el hombre común -familia, trabajo, patria- no le resguardan, porque sabe que se está mintiendo. El segundo libro habla más de la amistad, de los temas importantes, de que hay cosas que no se desmoronan cuando todo se viene abajo.

Cualquiera que lea estas líneas podría pensar que sus libros son oscuros y sesudos, cuando en realidad también tienen una carga de humor muy importante.

Como dicen los intelectuales muy listos, el libro tiene diferentes niveles de lectura. No puedes tomarte la vida en serio. No puede ser que yo me levante a las siete de la mañana porque tengo que escribir textos para una constructora. Eso tiene que ser un chiste porque si no, me vuelvo loco. Estaría toda la vida amargado. La lucidez puede llevarte a la amargura pero también te aporta distancia para darte cuenta de que la vida es una vueltita. Y quizá sería conveniente reírnos un poco de todos. El humor es la postura más civilizada frente a la barbarie. El otro día leí que la diferencia entre el bárbaro y el hombre civilizado es que el primero sabe cómo se hacen las cosas y el segundo sabe por qué. Reírse del bárbaro y de uno mismo es una buena salida.

Se nota que se lo ha pasado bien escribiendo.

La verdad es que sí, no esperaba encontrar lo que he encontrado, ha sido muy terapéutico. También es un truco para que la gente no abandone a la segunda página y a mí me hace sentirme menos ridículo, menos pomposo, menos digno. Porque los triunfadores son los dignos, los que jamás se ríen de sí mismos. Si alguien se ríe de sí mismo yo me lo tomo en serio, y si alguien se toma en serio, yo me descojono de él.

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