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La periodista Teresa Viejo, curtida en televisión, radio y prensa, se estrena en la ficción con 'La memoria del agua' (MR), un fresco del siglo XX recreado con la leyenda negra del balneario de La Isabela, una novela "emocional" que habla del pasado para recordar que sólo existe el presente
Ruth Pérez de Anucita - Jueves, 5 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 07:30h
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(Gorka Estrada)
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Donostia. Primero La memoria del agua fue un "humilde" documental y después una novela que va por la segunda edición, a la que su autora ha entregado "dos años de vida". Ahora "aparezco con más arrugas y un poquito más sabia", bromea.
"La memoria del agua" es una novela coral que cobija muchas tramas. Si hubiera un tema ¿sería lo efímero del placer?
Y de la vida. Cuando contemplé no el ocaso, sino los huesos del ocaso de un lugar magnífico, mi reflexión fue: Nada es eterno, que nos dicen las abuelas. Todo es frágil. Incluso lo negativo. Los que estaban cómodamente instalados en (el balneario) La Isabela pensando que aquello era para toda la vida estaban equivocados. Era una metáfora formidable de la vida: el blanco y el negro, y el color. El amor y el desamor, la salud y la enfermedad, la muerte y el renacer. Todo estaba ahí. Eso es lo que quería contar.
El balneario, el protagonista no humano de la novela, funciona como una metáfora del país. Los años 20, pese a las muertes, contienen más sueños que el periodo bélico y el contemporáneo...
Es que yo me he encontrado con unos años 20 muy interesantes. Era la España de las Hurdes, pero no sé por qué no se ha hablado más de la otra España que bulle, que se quiere quitar el corsé decimonónico. Era una dictablanda: dictadura en lo político pero en lo social se caminaba. Los gobiernos duraban dos meses... ¡Era la bomba!
En la etapa de la Guerra Civil se esfuerza por plasmar el dolor de los dos bandos.
Tenía una obsesión por huir del calificativo de la novela de la Guerra Civil porque no lo es. Pero cuando estaba escribiendo me di cuenta de que es imposible escribir de España sin hablar de la Guerra Civil. No podía caer en el maniqueísmo porque me había encontrado con un tejido humano que era una herida abierta en los dos bancos. La historia de la guerra era la historia de muchas gentes que a lo mejor políticamente estaban en un sitio pero emocionalmente estaban en otro, de gente que empezó en un sitio y terminó en otro. Y me encontré con la locura. Tenemos la percepción del loco como un tipo asocial, pero estos locos se enajenaban porque el país se había enajenado. Me ha causado mucho dolor y no podía dejarme llevar por lo político.
Se fija en los desertores, un tema poco habitual, para los que el honor se convierte en un valor casi inhumano y hace un alegato de la psiquiatría, aunque el médico de la novela parece ambiguo...
El médico entra en una gran contradicción, movido por esa locura de querer sanar y utiliza métodos que en el escenario contemporáneo en el que se encuentra no son bien entendidos. Y es un médico profundamente enamorado, cuya mujer le hace asumir una serie de compromisos... El amor planea en todos los personajes del libro: exorciza demonios, perdona pecados. Es el gran purificador. Los únicos personajes malos, malos son los que no quieren. A los demás se les perdona todo.
A muchos periodistas les tienta la ficción, pero esta primera novela no escatima datos ni personajes reales... ¿Le ha costado desprenderse de la periodista?
Ahí ha habido una guerra de la que yo no era consciente hasta que he tomado cierta distancia. La periodista ha estado fiscalizando a la narradora continuamente y diciéndole: "contrasta el dato". Cada vez que me permitía una libertad y me inventaba algo, tenía un conflicto. Son las debilidades de la inexperiencia de la narradora. Después, al hablarlo con la editora, me explicó que es normal, que ya alcanzaré ese grado de libertad donde no tenga que rendir cuentas a nadie.
¿De cuál de las dos partes nace la esmerada descripción de afectos?
Eso se debe a mis ensayos anteriores. Toda la urdimbre emocional del ser humano la tengo muy trabajada y me siento muy cómoda hablando de afectos, conozco bien al personaje masculino y femenino; me gusta que todos los personajes tengan conflictos porque es donde se demuestra cómo es uno, cómo solventa la dificultad, cómo avanza o cómo se estanca.
El libro está dedicado a Claudio y Piedad y en una nota, al final, habla de un Claudio que fue chófer en La Isabela. ¿Existe algún vínculo...?
Son mis abuelos.
¿Y fue el chófer del balneario?
Sí, pero lo descubrí muy, muy avanzada.
¿En serio? ¿No lo sabía?
No, no, no. El caso es cuando yo ya llevaba un tiempo investigando le pregunté a mi padre, él me dijo que habíamos hablado alguna vez de esto. Mi padre tuvo que vivir un año allí. Pero son estas cosas que a lo mejor te cuentan de niña y tú no recuerdas. Y se cerró el círculo.
Como un capítulo metaliterario.
A veces me pellizco y digo: es el destino. Yo soy una mujer muy de destino. La vida me ha llevado por caminos que yo ni imaginaba y han sido muy provechosos y muy enriquecedores. Y yo creo que la vida me llevó allí. Tengo clavado cada movimiento de aquel octubre de 2007 cuando descubrí el lugar. Me voy un fin de semana con un grupo de amigos, subo una colina y veo, a tres kilómetros de distancia, unas ruinas. Y recuerdo mi tenacidad, como una niña pequeña: quiero ir, quiero ir, quiero ir... Me dicen que es imposible, que no se encuentra el camino, que estará lleno de tierra, anegado... Al final llegamos cuando se estaba poniendo el sol, pisé las ruinas; me moría por un ordenador con Internet y googlear hasta que me dijeran qué narices es esto que estaba pisando. Han sido círculos que me han ido llevando, como si me transportara el agua.
Gracias por su comentario
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