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A la búsqueda del reconocimiento de los hijos

por iñigo ochoa de alda - Domingo, 25 de Octubre de 2009 - Actualizado a las 10:45h.

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Un padre observa con sus hijos la crecida del río.

Un padre observa con sus hijos la crecida del río. (Foto: j. sellart)

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uNA cita de Sócrates en el siglo IV antes de Cristo decía: Nuestros jóvenes de hoy en día aman el lujo, tienen pésimos modales, desdeñan la autoridad, muestran muy poco respeto por sus superiores, están siempre dispuestos a contradecir a sus padres y tiranizar a sus maestros. Esta cita confirma que tras 25 siglos la esencia de la adolescencia no ha cambiado tanto. Es ley de vida que en la adolescencia debemos luchar para forjar la personalidad que nos guiará en la vida adulta y también es cierto que construir algo sólido no es nada fácil, de ahí que la adolescencia sea esa época de deseo de crecer, pero también de coger atajos. Hasta aquí nada nuevo. Lo que sí es preocupante es que cada vez esta falta de respeto, este inconformismo y este rechazo a la autoridad se va haciendo más patente y más peligroso. Así lo refleja el aumento de demanda psicoterapéutica para violencia intrafamiliar y el aumento de porcentajes de casos en los que los agentes sociales deben asumir las tutelas que muchas madres y muchos padres se ven obligados a delegar por incapacidad parental ante las amenazas y agresiones de sus hijos e hijas.

A mi entender en este aumento están jugando un papel vital los estilos educativos que predominan en la actualidad. Herederos del autoritarismo, el control, la carencia afectiva y la maduración temprana de los estilos educativos de nuestras figuras parentales y de nuestro momento social, eran el trabajo, la acción y la alimentación lo primero, y se delegaba lo emocional, la comunicación y la empatía a un segundo plano. Esta herencia nos está llevando en muchos casos a no repetir nuestras carencias y compensar con la siguiente generación lo que nos faltó. Queremos dar a nuestros hijos el afecto que no nos dieron, hablar con ellos de cosas que nunca hablaron con nosotros, pero esos deseos muchas veces se convierten en necesidades y esa necesidad no respeta la de nuestros hijos e hijas. Además, se convierte en nuestra esclavitud, hemos pasado de necesitar el reconocimiento de nuestras figuras parentales a necesitar el reconocimiento de nuestros hijos.

Esta necesidad, evidentemente es rechazada por ellos y nos lleva a sentirnos rechazados, aunque lo que están negando son nuestras actitudes, y nos llegamos a creer que nos necesitan y a sobreprotegerles aún más.

En un estudio realizado por nuestro equipo en el 2007 sobre 1.000 adolescentes de Gipuzkoa, encontramos que la mayor parte de ellos sentían a sus padres y madres de forma adecuada, afectuosos y, a la vez, normativos. Pero el 35% en el caso de las madres y el 36% en el de los padres eran percibidos como sobreprotectores, infantilizando a sus hijos e hijas, sintiéndose éstos controlados normativamente pero también afectivamente, se sentían tratados como más niños de lo que eran y además percibían que sus padres necesitaban de su aprobación para sentirse buenos padres y buenas madres.

Los adolescentes que percibieron así a sus madres y padres fueron los que mayor riesgo presentaron para padecer un trastorno de la conducta alimentaria, eran los que más consumían drogas y los que peor autoestima tenían.

Por esto, uno de los mayores indicadores de estas conducta violentas de los hijos hacia los padres es que el hijo perciba que su padre o madre necesita de su aprobación. No hay nada más confuso que sentirte con más poder que aquél de quien dependes.

Creo que esta ambivalencia sentida por algunos adolescentes les lleva a reaccionar de manera violenta ante sus figuras parentales. Se sienten fuertes en casa, dominan el hogar y tiranizan, creyendo que son más de lo que son, debido a la sobreprotección. Pero esa ilusión inmadura e ilusoria de omnipresencia, autosuficiencia y prepotencia se convierte en vergüenza, desengaño y frustración en la adolescencia, y los lleva al fracaso en una sociedad también ambivalente, mucho más libre pero más competitiva y tirana. Por eso en casa necesitan mostrarse poderosos para compensar la debilidad social, como diría mi irakasle Gontzal: Kalean uso, etxean otso.

Por todo esto creo que debemos ayudar a retomar la autoridad positiva de los padres y de las madres sin que la confundan con el autoritarismo sufrido, alimentada con el afecto y la contención emocional. No podemos dejar a nuestros hijos huérfanos, queriendo ser sus héroes, sus amigos o pretender cubrir con ellos nuestras necesidades, privándolos de sentir sus propias necesidades al llenarlos tan pronto de mucho de lo que aún no han necesitado.

Debemos recuperar el apoyo social para recuperar la congruencia jerárquica de la estructura familiar, para que nuestros hijos e hijas puedan de nuevo luchar contra nosotros y fortalecerse en lugar de compadecerse de nosotros. Si no, como decían nuestras abuelas: A tus hijos edúcalos o padécelos.

* Profesor Facultad de Psicología de la UPV

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