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Tribuna Abierta

Talibanes y "presuntos" chorizos

por PACO MARIN GURUCEAGA, * Físico - Jueves, 22 de Octubre de 2009 - Actualizado a las 07:35h

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Los comentarios e informaciones que siguen no son sólo del autor. En su mayor parte gozan de los derechos de propiedad intelectual de un amigo, -excepcional buena gente y con las espaldas escaldadas de bregar en la res pública durante muchos años- con quien tuve la oportunidad de charlar hace unos días.

Llegar a una determinada edad es lo que tiene. Por una parte el inconveniente -siendo varón- de que sólo te libras de acudir a las consultas de dos especialidades médicas: pediatría y ginecología. Pero, por otra, la ventaja de contar con personas con las que te une una estrecha relación que te permite estar al loro de lo que se cuece en el tejido social que nos rodea. Y con bastante objetividad, al estar poco mediatizada la información por las características del comunicante.

Decía mi amigo que había conocido a gente estupenda en la política: generosos, preocupados por sus conciudadanos y honestos a carta cabal. Estadísticamente los más veteranos. Hombres y mujeres que habían dedicado a dicha actividad unos años de su vida. y que ya la habían abandonado por propia voluntad o por decisiones ajenas. Tanto monta, monta tanto.

Pero que, por otra parte, sin haber pisado nunca Afganistán, había tenido la oportunidad de coincidir con muchos "talibanes". Más cortos que un picómetro, con menos luces que las inexistentes en el desierto de Wadi Rum y con orejeras más cerradas que las de los sufridos caballos de los picadores. Como todos los fanáticos y fanáticas.

(Ya sé lo que le gustaría a Vd en estos momentos es que le dijera los nombres y apellidos que afloraron en la conversación. Lo siento, no voy a hacerlo por ahora. Mi discreción me lo impide. O quizás sea el subliminal deseo de no incrementar el número de personas que retiran intencionadamente la vista cuando me cruzo con ellas por la calle).

Añadió que, además, se producía un efecto curioso. Esos integristas seguían ejerciendo como tales aunque cambiaran de chaqueta.

Ingenuamente le comenté: en los últimos meses estamos viviendo en Gipuzkoa el fenómeno de numerosos "cambios de chaqueta". Pero una cosa es cambiarse de chaqueta y otra, muy diferente, mudarse de toda la indumentaria, como los lepidópteros. Hasta los calzoncillos o las bragas, como algunos y algunas. ¿Estos mutantes, que eran "talibanes" en un partido político, lo siguen siendo en el nuevo, que incluso puede ser antagónico ideológicamente del anterior?

La respuesta fue digna de su enciclopédica cultura: Quod natura non dat Salmantica non praestat. Que traducido al lenguaje de andar por casa quiere decir: "El que nace lerdo del coco y cegato seguirá siéndolo esté donde esté". Cambian para continuar chupando del bote. Y afirmó con rotundidad: los y las hay. Lo malo del caso es que nos gobiernan o están indirectamente haciéndolo.

Citó algunos nombres y "nombras", próximas por su lugar de nacimiento, se quedó a gustito y cambiando de tercio, prosiguió: "¿qué te parece la que está cayendo con el caso Gürtel?...".

Todos los partidos que han tocado el poder se financian, presuntamente, a través de comisiones

Lo malo es que todo ese dinero nos los roban a todos los ciudadanos delante de nuestras narices

Puedo asegurarte que, por alarmante que parezca, sólo es la punta de un iceberg en un océano en los que hay cientos.

Todos los partidos políticos -incluidos los vascos- que han pillado cacho; todos los que han tocado el poder con las yemas de los dedos se financian -presuntamente- a través de las comisiones que perciben de los beneficiarios de la "pasta" que adjudican las administraciones y empresas públicas que gobiernan. No incluyo al partido Ciudadanos Agobiados y Cabreados -que consta como tal en el Registro del Ministerio del Interior- porque no tendría ese nombre. Digo yo. Pero todos los demás, ni lo dudes.

Tengo un conocido, que fue un alto cargo de una importante empresa de la construcción a nivel estatal, que me aseguró haber repartido maletines repletos de billetes -todavía no existía el euro y abultaban más- a intermediarios de todos y cada uno de los susodichos partidos. Incluso me dijo que, en alguna ocasión, tuvo que ir a entregar la "mordida" a sus propias sedes. Ésas que aparecen en televisión en época de elecciones, en las que todos ganan. Con razón.

Otra cosa es el número de presuntos mangantes que se quedan con una parte del dinero que arramplan para financiar las actividades o los sueldos de sus "compis". Probablemente haya un número similar de sinvergüenzas afiliados a los partidos de derechas que a los de izquierdas. Antes se decía que como los de la diestra ya eran ricos antes de dedicarse a la política, robaban menos. Pero por lo que se ve, afanan igual porque necesitan más para satisfacer sus caprichos.

A los del Gürtel les han calado porque algunos de los implicados han demostrado tener menos inteligencia que los bonobos, y similar actividad sexual. Otros más listillos se lo montan mejor. Sin perder pen drivers y sin ser privilegiados invitados a la boda del amigo de Briatore.

Pero en la "partitocracia" que padecemos -"demo" y "parti" se parecen lo mismo que un caracol a un Ferrari- todos los partidos políticos están, presuntamente, implicados en una financiación opaca que procede de donde procede.

O lo haces rematadamente mal como el PP o la Fiscalía Anticorrupción no es capaz de desentrañar las complicadas madejas de interconexiones económicas y financieras que construyen los partidos para seguir funcionando.

Lo malo del caso es que ese dinero nos lo roban a todos los ciudadanos y ciudadanas delante de nuestras propias narices. Con una jeta que se la pisan y una impunidad lacerante. Y nosotros, tan pichis. Impasibles al desaliento.

¿Te extraña que, según ha dicho un fiable comunicador, el 40% de la población esté hasta la cocorota de tragar y, en consecuencia, dispuesta a no votar en las próximas elecciones, como protesta ante los desmanes de estos presuntos mangarranes? Desde mi punto de vista, ésa no es la solución al problema de fondo. ¿Pero quién le pone el cascabel al gato?...

Así lo escuché y así lo escribo.

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